Marta pasó la noche revisando papeles.
Capítulo 5
Marta pasó la noche revisando papeles.
No encontró ninguna referencia clara a un millón de pesos.
A las siete de la mañana llamó a Julio.
Contestó después de varios tonos.
—¿Mamá?
—Necesito verte.
—¿Pasó algo?
—Mauricio me llamó.
Silencio.
—¿Qué te dijo?
La rapidez de la pregunta confirmó que Julio sabía de qué podía haber hablado.
—Ven a la casa.
—Ximena está conmigo.
—Tú solo.
—Mamá...
—Tú solo, Julio.
Llegó cuarenta minutos después.
Marta lo esperaba en la cocina con café.
No le ofreció.
—Mauricio dice que desapareció más de un millón de pesos de una cuenta de tu papá.
Julio se quedó inmóvil.
—No fue así.
—Entonces sí hubo dinero.
—Sí.
Marta sintió rabia.
—¿Cuánto?
—Un millón doscientos mil.
—¿De dónde?
—Papá tenía una inversión que tú casi no revisabas.
—¿Y por qué salió el dinero?
Julio se sentó.
—Yo se lo pedí prestado.
Marta lo miró fijamente.
—¿Ramón te prestó un millón doscientos mil
pesos?
Julio no respondió.
—Te hice una pregunta.
—Al principio sí aceptó ayudarme.
—¿Cuánto aceptó?
—Doscientos mil.
Marta cerró los ojos.
—¿Y el millón restante?
Julio empezó a hablar deprisa.
—Mauricio dijo que la inversión iba a regresar el dinero en semanas. Ximena estaba convencida. Yo también.
—¿Sacaron dinero sin permiso?
—Teníamos acceso temporal.
—¿Cómo?
—Papá me había dado autorización para hacer unos movimientos cuando estuvo enfermo de la presión.
—Eso fue un año antes de morir.
—La autorización seguía activa.
—¿Y usaste eso para sacar un millón?
—No de golpe.
Marta sintió ganas de levantarse y gritar.
No lo hizo.
—¿Ramón lo descubrió?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Como un mes antes de morir.
Marta pensó en las últimas semanas de su esposo. Ramón había estado callado, preocupado, revisando papeles.
Ella creyó que era estrés del trabajo y de la jubilación.
—¿Qué te dijo?
Julio bajó la mirada.
—Que tenía treinta días
para devolverlo.
—¿Lo devolviste?
—Una parte.
—¿Cuánto?
—Ciento cincuenta mil.
Marta sintió incredulidad.
—¿Dónde está el resto?
—Se perdió en el proyecto.
—¿Se perdió o se lo quedaron?
—Se perdió.
—¿Quién manejaba el dinero?
—Mauricio.
—¿Y Ximena?
Julio se puso tenso.
—Ella ayudaba con las cuentas.
—Entonces sí sabía todo.
—Sí.
—¿Y después de que tu papá murió?
Julio se quedó callado.
—¿Qué hicieron?
—Intentamos recuperar el dinero con otro proyecto.
Marta soltó una risa amarga.
—¿Usando la casa?
Julio no contestó.
—Dilo.
—Sí.
Marta se levantó.
Caminó hasta la ventana.
Necesitaba espacio para respirar.
—Tu papá murió creyendo que su propio hijo le había sacado dinero.
—Yo iba a devolverlo.
—Pero no lo hiciste.
—No.
—Y después intentaste usar la casa para tapar el agujero.
—Yo estaba desesperado.
Marta volteó.
—Deja de usar esa palabra como si borrara lo que hiciste.
Julio tenía los ojos rojos.
—Sé que estuvo
mal.
—¿Ximena falsificó mi firma?
Él cerró los ojos.
—Julio.
—Sí.
La respuesta fue apenas audible.
Marta sintió una calma extraña.
—¿Tú lo sabías?
—Me enteré después.
—¿Y qué hiciste?
—Le reclamé.
—¿Y?
—Me dijo que Mauricio había dicho que era solo para avanzar el expediente, que después tú firmarías correctamente.
—¿Y le creíste?
—Quise creerle.
—No es lo mismo.
Julio se tapó la cara.
—No.
Marta lo observó.
Por primera vez no veía al niño que se había raspado las rodillas ni al adolescente al que Ramón enseñó a manejar.
Veía a un hombre de treinta y siete años que había tomado decisiones graves y después había permitido que sus padres cargaran con las consecuencias.
—¿Por qué no me dijiste nada después de que murió tu papá?
—Porque me odiabas si te enterabas.
—Y preferiste que yo creyera que Ramón murió tranquilo.
Julio lloró.
—Lo siento.
Marta también tenía lágrimas, pero no se acercó.
—¿Sabes qué es lo peor?
Julio negó con la cabeza.
—Que durante cinco años pensé que tu papá estaba distante conmigo al final porque estaba preocupado por su salud. Ahora sé que estaba intentando protegerme y no me dijo todo porque seguramente no quería romperme el corazón contigo.
Julio bajó la cabeza.
Marta respiró.
—Quiero todos los documentos que tengas.
—No tengo muchos.
—Todos.
—Sí.
—Y quiero que escribas una relación completa de lo que pasó. Fechas, cantidades, quién hizo qué.
Julio levantó la vista.
—¿Para qué?
—Para mi abogado.
—¿Me vas a denunciar?
—No he decidido nada.
—Mamá.
—No me presiones.
Julio asintió lentamente.
Antes de irse se detuvo frente al altar.
La fotografía de Ramón estaba de nuevo en el centro, junto a la de doña Elvira.
Julio la miró.
—Papá me dejó de hablar casi una semana cuando descubrió lo del dinero.
Marta permaneció detrás.
—Tenía derecho a estar enojado.
—El último día que lo vi me dijo que todavía podía arreglarlo.
Marta sintió un nudo.
—¿Qué le contestaste?
Julio lloró más.
—Que estaba cansado de que me tratara como un niño.
Marta cerró los ojos.
—Y fue la última conversación.
—Sí.
Julio salió.
Esa tarde, Marta llamó a Mauricio.
—Quiero verlo.
Se encontraron en un restaurante pequeño, en una mesa del fondo.
Mauricio tenía cuarenta años y parecía mucho menos seguro que en las fotografías familiares.
—Gracias por venir.
—No vine por usted.
—Lo sé.
Marta puso el celular sobre la mesa.
—Voy a grabar esta conversación.
Mauricio tragó saliva.
—Está bien.
—Cuénteme del dinero.
Mauricio explicó que había organizado una inversión inmobiliaria con otros dos socios. Julio y Ximena aportaron dinero que provenía en parte de la cuenta de Ramón.
—¿Usted sabía que Ramón no había autorizado todo?
—Ximena me dijo que era dinero familiar.
—No le pregunté qué le dijo Ximena. Le pregunté qué sabía usted.
Mauricio bajó la mirada.
—Después supe.
—¿Cuándo?
—Cuando Ramón me llamó.
Marta se quedó helada.
—¿Ramón habló con usted?
—Sí.
—¿Qué le dijo?
—Que devolviera hasta el último peso.
—¿Y usted?
—Le dije que el dinero estaba invertido.
—¿Era verdad?
—Parte.
—¿Y la otra parte?
Mauricio respiró.
—Ximena usó una cantidad para pagar deudas personales.
Marta sintió rabia.
—¿Cuánto?
—Como doscientos ochenta mil.
—¿Julio lo sabía?
—No al principio.
—¿Qué deudas?
—Tarjetas, un préstamo y gastos de su negocio.
Marta apretó los dientes.
—¿Y luego falsificaron mi firma?
—Yo preparé el trámite. La firma llegó puesta.
—¿Quién se la llevó?
—Ximena.
—¿Le preguntó?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Que usted había firmado en casa.
Marta lo miró con desprecio.
—Y usted aceptó.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque yo también estaba tratando de salvar el proyecto.
—Todos estaban tratando de salvarse con lo nuestro.
Mauricio no respondió.
Marta guardó la grabación.
—¿Tiene pruebas?
—Mensajes.
—Quiero copias.
—Se las mando.
—Todas.
Mauricio asintió.
Cuando Marta regresó a casa, tenía treinta y cuatro capturas nuevas en su correo.
Las leyó una por una.
En una conversación, Ximena escribía:
“Si Marta pregunta, Julio se encarga. Ella nunca revisa nada.”
En otra:
“Con Ramón era imposible, pero ahora ya no está.”
Marta sintió que se le helaba la sangre.
La fecha era cuatro meses después de la muerte de su esposo.
No era una interpretación.
No era un recuerdo confuso.
Era una frase escrita.
“Con Ramón era imposible, pero ahora ya no está.”
Marta pensó en la foto boca abajo dentro de la caja.
Cinco años después, Ximena había repetido el mismo gesto de otra forma.
Ramón estorbaba cuando estaba vivo porque decía que no.
Y ahora estorbaba hasta muerto porque su fotografía ocupaba un lugar que Ximena quería para alguien más.
Marta imprimió el mensaje.
A la mañana siguiente recibió a Adriana y a un abogado recomendado por ella, el licenciado Gabriel Ortega.
Les entregó todo.
Gabriel revisó la documentación durante horas.
—Hay que separar varias cosas —dijo—. Una es el dinero. Otra son los documentos y la firma. Otra, la situación de la casa. No debemos asumir responsabilidades que todavía haya que probar.
Marta agradeció esa claridad.
—Yo no quiero inventar nada. Quiero saber qué pasó.
—Eso es lo correcto.
—Y quiero proteger mi casa.
—Eso sí podemos empezar a hacerlo de inmediato.
Gabriel le explicó las medidas documentales y legales disponibles para dejar clara la situación de la propiedad y reducir el riesgo de nuevas gestiones sin su conocimiento.
Marta firmó únicamente después de leer cada página.
Por primera vez entendió por qué Ramón había guardado tantas copias.
Al terminar, Gabriel le preguntó:
—¿Qué quiere hacer respecto a su hijo?
Marta miró por la ventana.
—Todavía no lo sé.
Esa noche Ximena apareció en la puerta.
Marta la vio desde la ventana antes de abrir.
—¿Qué quieres?
—Hablar.
—Puedes hablar desde ahí.
Ximena miró hacia la calle, molesta.
—¿En serio?
—Sí.
—Mauricio está mintiendo.
—Tengo sus mensajes.
Ximena se quedó quieta.
—Los sacó de contexto.
—“Con Ramón era imposible, pero ahora ya no está”. ¿Cuál es el contexto correcto para eso?
Ximena perdió el color.
—Estábamos hablando del trámite.
—Exactamente.
—Yo nunca quise hacerle daño a Ramón.
—No estamos hablando de daño físico. Estamos hablando de dinero, firmas y una casa que no era tuya.
Ximena bajó la voz.
—Julio también participó.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué toda la culpa es mía?
Marta la observó.
—Porque estás acostumbrada a que si alguien más hizo algo malo, eso borra lo que hiciste tú.
—No es justo.
—Justo era que Ramón pudiera confiar en su hijo y en su nuera.
Ximena apretó el bolso.
—Si hace esto legal, va a destruir a Julio.
Marta sintió el golpe de la manipulación.
—No. Las decisiones de Julio tienen consecuencias. No soy yo quien las inventó.
—Es su hijo.
—Y Ramón era su padre.
Ximena la miró con rabia.
—Siempre lo va a poner por encima de nosotros.
Marta negó lentamente.
—No. Lo que pasa es que ustedes se acostumbraron a poner sus necesidades por encima de todos.
Cerró la puerta.
Del otro lado, Ximena golpeó una vez.
—¡Se va a arrepentir!
Marta no abrió.
Caminó hasta el altar.
Encendió una veladora.
—No sé qué voy a hacer, Ramón —susurró—. Pero esta vez sí voy a leer todo antes de firmar.
Su celular sonó.
Era Julio.
Contestó.
—Mamá, Ximena no regresó a casa.
Marta miró hacia la puerta.
—Estuvo aquí.
—¿Qué te dijo?
—Que Mauricio miente.
Julio guardó silencio.
—¿Miente?
—En algunas cosas, sí.
—¿En cuáles?
Julio respiró.
—Mamá, hay algo que no te he contado.
Marta cerró los ojos.
—¿Otra cosa?
—Sí.
—Dímela.
—El dinero que faltaba... no todo se perdió.
Marta se quedó inmóvil.
—¿Dónde está?
—Ximena tiene una cuenta que yo no puedo tocar.
—¿Cuánto?
—No sé exactamente.
—Julio.
—La última vez que vi un estado de cuenta había casi cuatrocientos mil pesos.
Marta apretó el teléfono.
—¿Dinero de Ramón?
—Parte puede ser de ahí.
Marta miró la llama de la veladora.
La historia todavía no había terminado.
Capítulo completado
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