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MI NUERA SACÓ LA FOTO DE MI ESPOSO DEL ALTAR, PERO EN SU CAJA ENCONTRÉ ALGO QUE ELLA TEMÍA
Capítulo 6 / 7

Capítulo 6

XIMENA GUARDÓ LO QUE TODOS CREÍAMOS PERDIDO

1445 palabras

Marta no durmió.

A las seis de la mañana ya estaba vestida y sentada frente a la mesa del comedor con una libreta.

Escribió una lista.

No de emociones.

De hechos.

Ramón había autorizado doscientos mil pesos.

Habían salido aproximadamente un millón doscientos mil.

Julio había participado en el uso del dinero.

Ximena había utilizado parte para deudas personales, según Mauricio.

Existía un intento de trámite sobre la casa.

Había una firma atribuida a Marta que ella no había puesto.

Y ahora Julio decía que Ximena conservaba dinero en una cuenta separada.

Marta miró la lista.

Durante años había resuelto los problemas familiares hablando, perdonando, esperando.

Esta vez necesitaba pruebas.

Llamó a Gabriel.

El abogado le pidió que no intentara acceder por su cuenta a ninguna cuenta ajena y que conservara mensajes, documentos y grabaciones obtenidos legítimamente.

—Si su hijo tiene estados de cuenta o documentos que pueda entregar legalmente, que los traiga

—dijo.

Julio llegó al despacho esa tarde.

Llevaba una carpeta.

Ximena no sabía que estaba ahí.

—Esto va a terminar mi matrimonio —dijo antes de sentarse.

Marta respondió:

—Tu matrimonio ya tiene problemas que no empecé yo.

Julio sacó varios estados de cuenta impresos.

—Los encontré hace dos años.

Gabriel los revisó.

La cuenta estaba a nombre de Ximena.

Había depósitos que coincidían aproximadamente con fechas de movimientos vinculados al proyecto de Mauricio.

No bastaban para determinar el origen de cada peso, pero sí justificaban seguir investigando.

—¿Por qué guardaste esto? —preguntó Marta.

—Porque empecé a desconfiar.

—¿Y aun así seguiste con ella?

Julio se encogió de hombros.

—La quería.

—Querer a alguien no obliga a cerrar los ojos.

Julio la miró.

—Tú también cerraste los ojos conmigo.

La frase dolió porque era cierta.

Marta no se defendió.

—Sí.

Julio pareció sorprendido.

—Tu papá me dijo varias veces que estaba

preocupado por tus deudas. Yo le pedía que no fuera duro contigo. Pensé que estaba exagerando.

—¿Me estás culpando?

—No. Estoy reconociendo mi parte. Yo confundí ayudarte con evitar que enfrentaras consecuencias.

Julio bajó la cabeza.

Gabriel dejó los papeles sobre la mesa.

—Esto es una conversación importante, pero debemos volver a los documentos.

Durante las siguientes semanas, el asunto avanzó lentamente.

No hubo una escena milagrosa en la que todo se resolviera de un día para otro.

Hubo llamadas.

Solicitudes.

Copias certificadas.

Revisiones de movimientos.

Declaraciones.

Fechas que no coincidían.

Mensajes recuperados de correos viejos.

Y discusiones.

Muchas discusiones.

Ximena contrató a su propio abogado.

Negó haber falsificado deliberadamente la firma de Marta.

Sostuvo que Julio le había dicho que Marta estaba de acuerdo con regularizar la propiedad.

Julio lo negó.

Mauricio aseguró que recibió documentos ya firmados.

Cada uno trataba de alejarse del centro.

Marta observaba aquello con

una mezcla de tristeza y cansancio.

—Todos se acuerdan perfecto de lo que hizo el otro —le dijo un día a Clara—, pero nadie recuerda lo que hizo él mismo.

Clara respondió:

—Por eso existen los papeles.

Mientras tanto, Marta recuperó algo que no sabía que había perdido: su casa.

No la propiedad legal.

La sensación de que era su hogar.

Sacó las cajas de mercancía de Ximena del estudio.

Volvió a colocar los libros de Ramón.

Mandó reparar su vieja silla.

Encontró una pluma que todavía tenía tinta seca en la punta.

También encontró una fotografía de Julio de niño sentado sobre los hombros de su padre.

La puso junto al escritorio.

No quería convertir a Ramón en un santo ni a Julio en un monstruo.

Los dos habían sido seres humanos.

Ramón podía ser terco.

Julio podía haber sido cariñoso.

Y aun así, lo que había ocurrido estaba mal.

Una tarde Julio fue a verla.

—Ximena y yo nos separamos.

Marta no celebró.

—Lo siento.

—¿De verdad?

—Sí. Un matrimonio que termina duele, aunque haya razones.

Julio se sentó.

—Dice que la traicioné.

—¿Tú qué piensas?

—Que los dos nos traicionamos desde hace años.

Marta sirvió café.

—¿Dónde estás viviendo?

—Con un amigo.

—¿Y tus deudas?

—Estoy vendiendo el carro.

—Bien.

Julio sonrió con tristeza.

—Papá habría dicho “por fin”.

Marta también sonrió.

—Probablemente.

Hubo silencio.

—Mamá, quiero preguntarte algo.

—Dime.

—¿Me vas a perdonar?

Marta dejó la taza.

—No sé.

Julio asintió, herido.

—Gracias por no mentirme.

—Perdonar no significa fingir que no pasó. Y tampoco sé cuánto tiempo necesito.

—Entiendo.

—Pero sí quiero que arregles lo que puedas arreglar.

—Lo estoy intentando.

—Entonces sigue.

Julio miró hacia el estudio.

—¿Puedo entrar?

Marta dudó.

Después asintió.

Julio se quedó frente al escritorio de Ramón.

Vio la fotografía de su infancia.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Él guardó esto.

—Sí.

Julio tomó la foto.

—Yo pensaba que papá solo estaba enojado conmigo.

—Estaba enojado.

—Pero también guardó esto.

—Una cosa no borra la otra.

Julio lloró en silencio.

Marta se acercó, pero no lo abrazó inmediatamente.

Esperó.

Fue Julio quien finalmente se inclinó hacia ella.

Entonces sí lo abrazó.

No fue un perdón completo.

Fue un abrazo.

Nada más.

Y por el momento era suficiente.

Días después, Gabriel llamó.

Habían conseguido reconstruir una parte importante de los movimientos.

No podían afirmar que todo el dinero de la cuenta de Ximena proviniera de Ramón, pero existían transferencias rastreables que permitían reclamar determinadas cantidades.

Además, la operación sobre la casa nunca había quedado formalizada.

La propiedad podía ser protegida conforme al proceso sucesorio correcto.

—¿Entonces la casa está segura? —preguntó Marta.

—Podemos decir que el intento que encontramos no produjo el cambio que ellos buscaban. Seguimos formalizando su situación para evitar problemas futuros.

Marta respiró aliviada.

—¿Y el dinero?

—Eso tomará más tiempo.

—Está bien.

Había aprendido que “más tiempo” no significaba “nunca”.

Una semana antes del siguiente Día de Muertos, Marta recibió un sobre.

No tenía remitente.

Dentro había una carta de Ximena.

“Marta:

No espero que me crea ni que me perdone. Sé que lo que hice con los documentos estuvo mal. En ese momento pensé que todo se arreglaría cuando recuperáramos el dinero. Después se hizo más grande y tuve miedo.

También sé que quitar la foto de Ramón fue cruel.

Estaba enojada con él incluso después de muerto porque sentía que había sido quien empezó a desconfiar de mí. Ahora entiendo que tenía motivos.

No sé si algún día pueda reparar algo.

Ximena.”

Marta leyó la carta dos veces.

Clara, que estaba preparando café, preguntó:

—¿Qué vas a hacer?

—Guardarla.

—¿Nada más?

—Por ahora.

—¿No vas a contestar?

—No tengo nada que decir todavía.

Clara asintió.

Marta dobló la carta y la puso en la carpeta azul.

No junto a las pruebas.

En un bolsillo separado.

Porque una disculpa era una disculpa.

No era una absolución ni un documento legal.

Pero tampoco tenía por qué tirarla.

Aquel año, Marta empezó a preparar el altar una semana antes.

Julio llegó con flores.

—¿Puedo ayudar?

Marta le entregó unas tijeras.

—Corta los tallos.

Trabajaron en silencio.

Julio sacó una fotografía de su mochila.

Era otra imagen de Ramón, más joven, cargándolo cuando tenía cuatro años.

—Encontré esta entre mis cosas.

Marta sonrió.

—Ponla.

Julio colocó la foto.

Después sacó otra.

—También encontré esta.

Era doña Elvira.

Marta lo miró sorprendida.

—Ximena me la dio.

—¿Para el altar?

—Dijo que si tú querías.

Marta tomó la fotografía.

Recordó el año anterior.

La caja.

Las palabras.

“Está muerto, suegra, déjele el lugar a alguien más.”

Sintió dolor, pero ya no el mismo.

Miró el altar.

Había mucho espacio.

—Ponla junto a las flores.

Julio lo hizo.

—¿No te molesta?

Marta negó.

—Nunca me molestó ella.

Julio entendió.

Continuaron trabajando.

Cuando terminaron, Ramón estaba en el centro, acompañado de otras fotografías familiares.

No porque fuera dueño del altar.

Sino porque aquel era su lugar dentro de una historia que nadie tenía derecho a borrar.

Esa noche, antes de irse, Julio dejó un sobre sobre la mesa.

—¿Qué es?

—Mi declaración completa.

Marta lo miró.

—¿La que te pedí?

—Sí. Todo. Incluso lo que me deja peor parado.

Marta puso una mano sobre el sobre.

—Gracias.

—No lo hago para que me perdones.

—Mejor.

Julio sonrió con tristeza.

—Ya aprendí.

Cuando se fue, Marta abrió el sobre.

Había diecisiete páginas.

Leyó hasta la madrugada.

En la última, Julio había escrito:

“Papá me dijo que todavía podía arreglarlo. Durante años pensé que se refería al dinero. Ahora creo que hablaba de mí.”

Marta cerró los ojos.

Luego miró la fotografía de Ramón.

—Ojalá tengas razón, hijo.

Pero al día siguiente Gabriel llamó con una noticia inesperada.

Había aparecido un documento más entre los archivos de Ramón.

No hablaba de la casa.

No hablaba del dinero.

Era una carta dirigida a Julio.

Una carta que, por alguna razón, nunca había llegado a sus manos.

Capítulo completado

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