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MI NUERA SACÓ LA FOTO DE MI ESPOSO DEL ALTAR, PERO EN SU CAJA ENCONTRÉ ALGO QUE ELLA TEMÍA
Capítulo 4 / 7

Capítulo 4

LA FIRMA QUE YO NUNCA PUSE

1437 palabras

Marta llegó a la notaría acompañada de Clara.

Esta vez no discutió cuando su hermana insistió en ir.

Adriana las recibió en una sala privada y colocó varias hojas sobre la mesa.

—Antes de enseñárselas, quiero aclarar algo —dijo—. Estos documentos forman parte de un expediente que no concluyó. No significa que la propiedad haya cambiado de dueño.

Marta asintió.

—Pero alguien lo intentó.

—Hubo gestiones.

Adriana deslizó una hoja.

En la parte inferior estaba escrito el nombre completo de Marta.

Marta Salgado Hernández.

Debajo había una firma.

A simple vista se parecía a la suya.

La “M” grande.

El trazo final hacia arriba.

Pero Marta supo de inmediato que no era su firma.

—Yo no hice esto.

—¿Está segura?

Marta la miró.

—He firmado con mi nombre desde que tenía dieciocho años. Claro que estoy segura.

Clara tomó la hoja.

—¿Quién presentó esto?

Adriana señaló una sección.

Aparecía Julio Salgado como interesado y Mauricio Vega como gestor.

Marta sintió náusea.

—Mi hijo.

—El expediente no nos permite concluir quién puso la firma —aclaró Adriana—. Solo quién figura en el trámite.

—Pero él sabía.

—Eso tendrá que determinarse con más información.

Marta agradeció la precisión.

No quería inventarse culpables.

Ya había suficiente con lo que sí podía ver.

—¿Qué querían hacer?

Adriana explicó que el trámite buscaba acreditar derechos sucesorios y preparar una operación posterior sobre la propiedad.

—¿Venderla?

—Podría haber sido una venta, una garantía o alguna otra operación. No llegó a formalizarse.

—¿Por qué?

Adriana revisó el expediente.

—Faltaban documentos y hubo observaciones.

Marta soltó el aire.

Por un error, una revisión o simple suerte, aquello no avanzó.

—Quiero copias de todo.

—Se las prepararemos.

Al salir, Clara estaba furiosa.

—Yo iría directo a denunciar.

—Primero voy a hablar con Julio.

—¿Otra vez?

—Necesito escucharlo mirándome a la cara.

—¿Qué más necesitas escuchar?

Marta se detuvo

en la banqueta.

—Necesito saber hasta dónde llegó mi hijo.

Clara bajó la voz.

—Y si te miente.

—Entonces también necesito saber eso.

Julio aceptó verla esa misma tarde en una cafetería.

Llegó solo.

Parecía no haber dormido.

—¿Dónde está Ximena?

—Con su mamá.

Marta puso una copia del documento sobre la mesa.

Julio lo miró.

Su rostro cambió.

—¿Qué es esto?

—Dímelo tú.

Julio leyó.

—Yo no hice esa firma.

—No te pregunté si la hiciste. Te pregunto qué es.

—Mauricio preparó esos papeles.

—Tu nombre aparece aquí.

—Porque yo iba a iniciar la sucesión de papá.

—¿Sin decirme?

—Mamá, tú no querías hacer ningún trámite. Pasaron meses.

—¿Y eso te daba derecho a firmar por mí?

—¡Te estoy diciendo que yo no firmé!

Varias personas voltearon.

Marta no levantó la voz.

—Entonces dime quién.

Julio miró alrededor.

—No sé.

—¿Ximena?

—No.

Respondió demasiado rápido.

Marta lo notó.

—¿Mauricio?

Julio se quedó callado.

—Julio.

—Él decía que podía arreglarlo.

—¿Arreglar qué?

—Los papeles.

—¿Falsificando mi firma?

—Yo nunca le pedí eso.

—¿Viste este documento?

Julio tragó saliva.

—No recuerdo.

Marta sintió una tristeza enorme.

—Sí recuerdas.

—Han pasado cinco años.

—Y yo sigo recordando dónde estaba la foto de tu padre hace tres días.

Julio cerró los ojos.

—Mamá, yo estaba desesperado.

—Eso no es una respuesta.

—Debíamos dinero. Mauricio nos prometió que si conseguíamos financiamiento podíamos recuperar todo.

—¿Con mi casa?

—Yo pensé que después te lo explicaríamos.

—¿Después de qué? ¿Después de comprometerla?

—No iba a pasar nada.

Marta apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Tu padre dijo que no. Yo nunca dije que sí. ¿En qué momento decidiste que nuestro consentimiento era opcional?

Julio no respondió.

Marta guardó el documento.

—Tienes hasta el sábado para sacar tus cosas.

—Mamá.

—El sábado.

—¿Y después qué?

—Después necesito distancia.

Julio se quedó mirándola.

—Ximena dice que quieres dejarme sin nada.

—¿Sin nada?

Marta casi se rio.

—Te pagamos la universidad. Tu papá te ayudó con tu primer carro. Te prestamos para tu boda. Te dejamos vivir casi un año en nuestra casa. Y todavía crees que “nada” significa que no te entregue también la propiedad.

—No estoy diciendo eso.

—Eso es exactamente lo que has estado diciendo con tus actos.

El sábado, Julio llegó con una camioneta rentada.

Ximena venía con él.

Marta había pedido a Clara que estuviera presente.

No quería una pelea.

Ximena entró sin saludar.

—¿Dónde están mis cajas?

—En el estudio.

—Ese cuarto era nuestro.

Marta la miró.

—Era el estudio de Ramón.

Ximena apretó los labios.

Mientras Julio cargaba cajas, Marta permaneció en la sala.

El altar seguía puesto.

La fotografía de doña Elvira estaba donde Ximena la había colocado.

Marta no la había quitado.

Clara se dio cuenta.

—¿Por qué sigue ahí?

—Porque ella no tiene culpa de nada.

Ximena escuchó.

Por un instante pareció avergonzada.

Pero la expresión desapareció enseguida.

—Mi abuela merece estar ahí.

Marta respondió:

—Nunca dije lo contrario.

—Entonces todo este problema por una foto fue ridículo.

Marta se volvió hacia ella.

—No. El problema fue que para poner a tu abuela decidiste que mi esposo sobraba.

Ximena soltó una risa seca.

—Ramón nunca me quiso.

—Eso no te daba derecho a borrarlo.

—Él siempre me trató como si yo estuviera detrás de su dinero.

Clara intervino.

—¿Y estabas?

—No estoy hablando con usted.

Marta levantó una mano para que Clara no respondiera.

—Ramón dejó pruebas de que intentaron usar la casa.

Ximena palideció apenas.

—¿Pruebas de qué?

—Tú sabes.

—No, no sé.

—Entonces pregúntale a Mauricio.

Ximena recogió su bolso.

—Julio, vámonos.

Julio apareció en el pasillo con una caja.

—Falta mucho.

—Pues apúrate.

Marta observó a su hijo.

Él parecía atrapado entre las dos.

Durante años, Marta habría sentido la necesidad de rescatarlo.

Esa tarde no.

Cada adulto debía cargar sus decisiones.

Cuando terminaron, Julio se acercó.

—¿Puedo llamarte?

—Sí.

—¿Vas a contestar?

—Depende de para qué llames.

Ximena estaba junto a la puerta.

—No te preocupes, Julio. Cuando tu mamá se quede sola va a entender.

Marta la miró.

—Estuve sola cinco años después de perder a mi esposo. Créeme, Ximena, eso me asusta menos que vivir rodeada de gente que espera quedarse con lo mío.

Ximena salió.

Julio bajó la cabeza y la siguió.

Marta cerró la puerta.

Clara exhaló.

—Pensé que le ibas a aventar una veladora.

Marta soltó una carcajada inesperada.

Fue la primera risa sincera de toda la semana.

Esa noche volvió a colocar la foto de Ramón en el altar.

No quitó la de doña Elvira.

Puso ambas.

Dos personas queridas podían compartir memoria sin desplazar a nadie.

—Mira, viejo —susurró—. Sí cabían.

Al día siguiente recibió una llamada de un número desconocido.

—¿Señora Marta Salgado?

—Sí.

—Mi nombre es Mauricio Vega.

Marta se puso rígida.

—Sé quién es.

—Necesito hablar con usted.

—Yo no necesito hablar con usted.

—Es sobre los documentos que encontró.

Marta guardó silencio.

Mauricio continuó.

—Julio me dijo que fue a la notaría.

—¿Y?

—Hay cosas que él no le está contando.

—Entonces que me las cuente él.

—No puede.

—¿Por qué?

—Porque si le cuenta toda la verdad, pierde a su esposa.

Marta sintió un escalofrío.

—¿Qué hizo Ximena?

Mauricio tardó unos segundos.

—No quiero hablar por teléfono.

—Pues tendrá que hacerlo.

—La firma que aparece a nombre de usted no la puso Julio.

Marta cerró los ojos.

—¿La puso Ximena?

Silencio.

—Señor Vega.

—Yo solo le digo que su hijo no es el único responsable.

—Eso ya lo sé.

—No, señora. No sabe ni la mitad.

Marta apretó el celular.

—Entonces dígame.

Mauricio respiró.

—Ramón descubrió algo más antes de morir. Algo que no tenía que ver únicamente con la casa.

Marta miró la fotografía de su esposo.

—¿Qué?

—Dinero.

—¿Qué dinero?

—El que desapareció de una de sus cuentas.

Marta recordó las transferencias.

—Ya las vi.

Mauricio soltó una risa nerviosa.

—No hablo de esas.

El silencio se hizo pesado.

—¿De cuánto estamos hablando?

—Más de un millón de pesos.

Marta sintió que las piernas le fallaban.

—Eso es imposible.

—Pregúntele a Julio por la cuenta que Ramón cerró tres semanas antes de morir.

Marta no sabía de ninguna cuenta cerrada.

—¿Por qué me está contando esto?

Mauricio respondió:

—Porque Ximena ahora está diciendo que todo fue idea mía.

Y antes de que Marta pudiera preguntar algo más, agregó:

—Pero fue ella quien llevó la copia de su identificación y fue ella quien dijo que usted nunca revisaba los estados de cuenta.

La llamada terminó.

Marta permaneció inmóvil en medio de la sala.

Después miró el altar.

Durante cinco años había pensado que conocía los últimos meses de vida de su marido.

Ahora empezaba a comprender que Ramón había muerto guardando un problema mucho más grande de lo que ella imaginaba.

Capítulo completado

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