—Antes al cubo que en una bolsa de tu abuela —dijo Rodrigo Valcárcel, mientras la empleada sostenía una fuente de merluza que costaba más que su compra de todo el mes.
Capítulo 1
—Antes al cubo que en una bolsa de tu abuela —dijo Rodrigo Valcárcel, mientras la empleada sostenía una fuente de merluza que costaba más que su compra de todo el mes.
Las risas llegaron desde el otro extremo de la mesa.
Clara Sanz, de 19 años, permaneció junto al aparador del ático, en el barrio de Salamanca. Acababa de pedir permiso para llevarse una ración. Su abuela había cenado pan con aceite durante 3 noches para que alcanzara el dinero del alquiler.
En aquella mesa sobraba comida para una semana.
—No he tocado lo que está servido en los platos —aclaró—. Son las fuentes de la cocina.
Rodrigo dejó la copa.
—El personal cobra un sueldo. Esta casa no es un comedor social.
Su hermana Mercedes sonrió hacia los invitados.
—Luego les das confianza y empiezan a confundirlo todo.
Clara notó el borde de la fuente clavándosele en las manos. Llevaba 4 meses limpiando aquella casa. Conocía las manchas del mármol mejor que las caras de quienes comían sobre él.
Rodrigo, propietario de un grupo hotelero, había reunido a 12 personas
para celebrar una adquisición. Bajo la lámpara del comedor colgaba su retrato al óleo: mandíbula firme, mirada triunfal, ninguna arruga incómoda.
—Puedo hacer algo a cambio —dijo Clara.
—Ya has fregado, ¿no? —respondió Mercedes.
Clara miró el cuadro.
—Podría dibujarle un retrato.
Rodrigo soltó una carcajada.
—¿Con qué? ¿Con el estropajo?
Alguien sacó el móvil. Clara vio la cámara apuntándole y estuvo a punto de marcharse.
Entonces pensó en su abuela dejando la última mandarina junto a su taza aquella mañana, fingiendo que ya había desayunado.
—Con papel y un lápiz basta.
Isabel Ferrer, comisaria de exposiciones y antigua profesora de Bellas Artes, apartó su plato.
—Guardad el teléfono. Si va a dibujar, dejadla trabajar.
Rodrigo aceptó, divertido.
—10 minutos. Si merece la pena, te llevas las sobras. Si no, se acabaron las ocurrencias.
Amparo, la encargada de la casa, trajo papel del despacho. Isabel le prestó un lápiz blando
de su estuche.
Clara apoyó la hoja en una carpeta.
A los 16 años había enviado un retrato de su madre a un certamen juvenil. Después llegaron los tratamientos, las noches en el hospital y la despedida. La respuesta del concurso nunca apareció.
Cuando tuvieron que abandonar el piso de Carabanchel, también desaparecieron sus pinturas.
Desde entonces dibujaba detrás de las listas de la compra.
Rodrigo posó con la misma sonrisa del óleo. Clara esperó. Alguien mencionó un restaurante de Santander y él miró una silla desocupada junto al ventanal.
La sonrisa se deshizo.
Clara empezó a dibujar.
Las bromas cesaron poco a poco. Mercedes se inclinó sobre la carpeta y perdió su expresión satisfecha.
En el papel aparecía Rodrigo, pero sin aquella seguridad prestada. Tenía los hombros ligeramente vencidos y la mirada detenida en un lugar donde no había nadie.
Clara añadió la silla.
El empresario se levantó bruscamente.
—Eso lo borras.
Ella inmovilizó el lápiz.
—La estaba mirando.
—He dicho que lo borres.
Isabel se acercó antes de que él alcanzara la hoja. Observó el dibujo y después las iniciales que Clara acababa de escribir.
—¿Sanz? ¿Tu madre se llamaba Teresa?
Clara asintió, desconcertada.
Isabel dejó de mirar el retrato.
—Llevamos 3 años sin saber qué fue de ti.
Clara apretó la carpeta.
—No gané aquel concurso.
—Llegaste a la selección final. Mandamos 2 cartas y llamamos al teléfono de tu madre.
La línea se había dado de baja. Las cartas habrían llegado al piso después de la mudanza.
Durante 3 años, Clara había confundido una dirección perdida con una respuesta sobre su talento.
Mercedes rompió el silencio.
—Qué casualidad tan oportuna. Ahora resultará que hemos descubierto a una artista.
Isabel la miró.
—La artista ya estaba aquí. Lo que acabamos de descubrir es cómo la tratáis.
Rodrigo sacó la cartera. Clara retrocedió.
—Solo quiero lo acordado.
Amparo preparó la comida. Antes de salir, Isabel le entregó información sobre unas becas abiertas. La selección sería anónima; ella no participaría.
En casa, Pilar escuchó a su nieta sin probar la merluza.
Después sacó una caja de debajo de la cama. Dentro estaban los pinceles que Clara creía perdidos.
—Tu madre pidió que los guardara.
Clara acarició los mangos.
—He desperdiciado 3 años.
—Has conseguido que siguiéramos adelante.
El móvil vibró.
Era un mensaje de Mercedes, que organizaba los turnos de la casa:
«Mañana entrega las llaves. Mi hermano necesita personal discreto».
Clara miró la solicitud de la beca. Por atreverse a dibujar otra vez, acababa de perder el sueldo con el que pagaban el alquiler.
Pilar leyó el mensaje con las gafas en la punta de la nariz. Después acercó el plato a su nieta.
—Primero comes. Después veremos cómo se responde a eso.
Clara no tenía hambre. Le avergonzaba haber llevado a casa una bolsa de comida y un problema que duraría mucho más.
Su abuela le cortó un pedazo de pan.
—No has hecho nada malo.
Aquella frase consiguió lo que no habían conseguido las burlas: Clara empezó a llorar.
Capítulo completado
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