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LA MESERA DETUVO UNA CACHETADA SIN SABER QUE ACABABA DE ENTRAR EN UNA GUERRA DE MILLONES
Capítulo 4 / 5

Capítulo 4

PARTE 4: LA MESERA DETUVO UNA CACHETADA SIN SABER QUE ACABABA DE ENTRAR EN UNA GUERRA DE MILLONES

987 palabras

PARTE 4 — La bóveda debajo de la gala

—Invité a todos los que aparecían en los documentos de Eduardo —explicó Camila—.

Empresarios, funcionarios, banqueros, directores de fundaciones, quería ver quién se movía primero cuando creyera que yo tenía pruebas.

Valeria recordó la agresión.

—Renata la provocó.

Camila asintió lentamente.

—Sí.

—Entonces la cachetada era una distracción.

—Una muy conveniente.

—¿Por qué contra usted?

—Porque necesitaban que todas las cámaras apuntaran al centro del salón mientras alguien entraba al cuarto de seguridad.

Alejandro miró a su madre con rabia.

—Te usaste como carnada.

—No esperaba que una mesera interviniera.

Camila volvió los ojos hacia Valeria.

—Tú arruinaste el cálculo de todos.

Valeria tragó saliva.

—Perdón.

Camila sonrió apenas.

—No te disculpes, tal vez nos salvaste.

Bajaron por el ascensor oculto.

El nivel subterráneo olía a humedad y metal viejo.

Las paredes estaban cubiertas de mosaicos antiguos y pequeñas lámparas de emergencia iluminaban un pasillo angosto.

Valeria caminaba detrás de Alejandro.

No entendía por qué seguía ahí.

Podía haberse apartado de aquella locura

de ricos, secretos y delitos.

Pero recordó a su madre enferma.

Recordó a su padre desapareciendo cuando ella tenía nueve años.

Y recordó lo fácil que era para alguien con poder destruir a quien no podía defenderse.

Al final del pasillo encontraron una puerta abierta.

Dentro había una bóveda llena de estantes metálicos.

Renata estaba frente a una trituradora industrial, introduciendo carpetas una tras otra.

A su lado se encontraba la mujer del vestido verde.

Irene Montalvo.

Dos hombres armados vigilaban la entrada.

Alejandro se detuvo.

—Se acabó.

Uno de los hombres levantó el arma.

Los escoltas reaccionaron de inmediato.

—¡Bájala!

Renata soltó una carpeta.

—Alejandro, no entiendes lo que estás haciendo.

—Aléjate de la trituradora.

—Esos documentos destruirían cientos de empleos.

—También prueban asesinatos.

Irene sonrió.

Era una mujer alta, con el cabello gris recogido con absoluta precisión.

—Siempre fuiste dramático, igual que Eduardo.

Alejandro la miró fijamente.

—¿Tú

mataste a mi padre?

Irene inclinó la cabeza.

—Eduardo estaba enfermo.

Camila apretó los brazos de la silla.

—Tenía cincuenta y ocho años.

—Y una conciencia muy incómoda.

Alejandro dio un paso hacia ella.

—Contesta.

Irene no mostró miedo.

—Tu padre tomó decisiones que pusieron en riesgo a demasiada gente.

—¿Lo envenenaste?

Irene respondió con una calma aterradora.

—Le di una salida tranquila.

Camila dejó escapar un gemido ahogado.

Las manos de Alejandro comenzaron a temblar.

—¿Mauricio lo ordenó?

Renata intervino.

—Mauricio no sabía nada.

Irene soltó una carcajada.

—Claro que sabía.

Renata se volvió hacia ella.

—Cállate.

—Ya no importa.

Irene caminó hacia la trituradora.

—Mauricio organizó todo, los cargamentos, las fundaciones, los contratos falsos, Eduardo quiso denunciarlo, yo me encargué de Eduardo y Renata se encargó de mantener a Camila callada.

Camila palideció.

—¿Cómo?

Renata la miró con desprecio.

—Durante años recibiste fotografías de Alejandro, amenazas, accidentes que

nunca ocurrieron, ¿de verdad creíste que era casualidad?

Alejandro volteó hacia su madre.

—¿Te amenazaban conmigo?

Camila cerró los ojos.

—Desde que tenías veinte años.

—¿Por eso nunca me dijiste la verdad?

—Sí.

Renata levantó las manos.

—Todo esto puede resolverse, Alejandro, eres hijo de Mauricio, su único hijo varón, la naviera te pertenece legalmente si firmas una aceptación de herencia.

Alejandro la miró como si fuera basura.

—Prefiero verla arder.

—No seas idiota, estamos hablando de miles de millones.

—Construidos con sangre.

Renata sonrió.

—Todas las fortunas grandes tienen manchas.

—Entonces la mía no será una de ellas.

El hombre armado junto a Irene comenzó a retroceder.

Valeria lo notó.

Su mano se acercaba a un panel rojo en la pared.

—¡Cuidado! —gritó.

El hombre presionó el botón.

Una alarma ensordecedora se activó.

Puertas metálicas comenzaron a descender desde el techo.

—¡Salgan! —gritó uno de los escoltas.

Irene corrió hacia una salida lateral.

Renata se quedó junto a la trituradora.

Alejandro empujó la silla de su madre hacia el pasillo.

Valeria vio una de las puertas bajar demasiado rápido.

Camila no alcanzaría a pasar.

Corrió y metió la bandeja metálica que todavía llevaba bajo el brazo entre la puerta y el suelo.

El metal chilló.

—¡Pásenla!

Alejandro empujó la silla.

La bandeja comenzó a doblarse.

Valeria se tiró al piso y sostuvo la puerta.

—¡Órale, rápido!

Camila logró cruzar.

Un escolta jaló a Valeria justo cuando la bandeja se partió.

La puerta cayó detrás de ellos con un estruendo.

Renata había quedado atrapada dentro de la bóveda.

—¡Sáquenme! —gritó golpeando el metal.

—La apertura tarda cinco minutos —dijo Alejandro.

El jefe de seguridad negó con la cabeza.

—No tenemos cinco minutos, activaron el sistema contra incendios.

Un olor químico comenzó a llenar el pasillo.

Valeria tosió.

—¿Qué es eso?

—Gas supresor, desplaza el oxígeno.

Renata seguía golpeando desde el otro lado.

—¡Alejandro, soy la esposa de tu padre!

Alejandro cerró los ojos.

Podía dejarla ahí.

Todos lo entendieron.

Renata había conspirado contra su madre, había ayudado a ocultar el asesinato del hombre que lo crio y había intentado destruir las pruebas.

Camila tomó la mano de su hijo.

—No te conviertas en ellos.

Alejandro abrió los ojos.

—¡Busquen la liberación manual!

Valeria encontró una pequeña caja metálica.

—Aquí hay una palanca.

—¡Jálala!

No se movió.

Alejandro se agachó junto a ella.

Entre ambos tiraron con todas sus fuerzas.

La palanca cedió.

La puerta subió unos centímetros.

Los escoltas introdujeron una barra y lograron levantarla.

Renata salió arrastrándose, tosiendo, con el vestido plateado roto y los diamantes cubiertos de polvo.

—Me salvaste —dijo mirando a Alejandro.

Él la tomó del brazo.

—No por ti.

La entregó a seguridad.

Irene fue detenida minutos después en un túnel que daba al jardín trasero.

El hombre que había manipulado las cámaras resultó ser empleado de la naviera de Mauricio.

El segundo hombre armado confesó antes del amanecer.

Pero Mauricio Ibarra no estaba en la gala.

Cuando la policía llegó a su residencia en Bosques de las Lomas, encontró la casa vacía.

Su helicóptero había despegado dos horas antes.

Capítulo completado

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