PARTE 3 — El archivo que llevaba doce años esperando
Alejandro se volvió lentamente hacia su madre.
Capítulo 3
Alejandro se volvió lentamente hacia su madre.
—Mauricio Ibarra.
Camila asintió.
Valeria sintió un escalofrío.
Mauricio era el esposo de Renata.
El mismo hombre cuya familia dominaba navieras, contratos y fortunas.
Alejandro parecía incapaz de aceptar lo que acababa de escuchar.
—¿Y Eduardo?
Camila bajó la mirada.
—Eduardo sabía que no eras suyo.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que nacieras.
Alejandro apretó la mandíbula.
—¿Y aun así me crio?
—Sí.
—¿Por qué?
Camila tardó unos segundos en responder.
—Porque me amaba.
Su voz se quebró por primera vez.
—Y porque Mauricio no quiso reconocerte.
Alejandro soltó una risa vacía.
—Entonces Mauricio sabía que yo existía.
—Sí.
—¿Y jamás intentó acercarse?
Camila permaneció demasiado tiempo en silencio.
—Sí lo intentó.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Cuándo?
—Cuando cumpliste dieciocho.
—Yo no recuerdo haberlo conocido.
Camila cerró los ojos.
—Porque Eduardo y yo lo impedimos.
—¿Por qué?
—Porque para entonces ya sabíamos qué clase de hombre era.
Camila llevó una
mano al broche de perlas que cerraba su vestido.
Lo abrió con dificultad y sacó una pequeña llave.
—Eduardo dejó un archivo.
Alejandro observó la llave.
—¿Dónde?
Camila señaló el enorme escritorio.
El jefe de seguridad buscó alrededor del mueble hasta encontrar una cerradura oculta detrás de un panel de madera.
La llave encajó.
Dentro había una caja metálica negra.
Alejandro la sacó y la colocó sobre el escritorio.
Al abrirla aparecieron documentos, fotografías y una memoria USB.
Camila tomó una de las fotografías.
En ella aparecía mucho más joven, al lado de Mauricio Ibarra, frente a una casa en Cuernavaca.
—Mauricio y yo estuvimos juntos antes de que él se casara con Renata —explicó—. Cuando quedé embarazada me prometió que dejaría todo por mí, pero su padre amenazó con desheredarlo.
Camila apretó la fotografía.
—Entonces desapareció.
Alejandro observó la imagen.
—¿Y Eduardo?
—Era mi mejor amigo, se casó conmigo
para protegerme del escándalo, te dio su apellido y te quiso como a un hijo.
Alejandro volvió a mirar los documentos.
—Pero Mauricio sabía que yo existía.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué apareció cuando cumplí dieciocho?
Camila sacó varios papeles de la caja.
—No quería recuperarte por amor.
Alejandro levantó los ojos.
—Quería usarte para entrar a las empresas Romano.
Los documentos pasaron de mano en mano.
Contratos.
Transferencias.
Cartas.
Copias de estados de cuenta.
Camila continuó:
—Eduardo descubrió que Mauricio llevaba años desviando cargamentos de sus propias navieras.
—¿Qué clase de cargamentos?
—Armas, obras robadas, piezas arqueológicas.
Valeria sintió frío.
Camila siguió hablando.
—También utilizaba organizaciones benéficas para mover dinero.
Valeria miró hacia la puerta.
La gala donde se encontraban celebraba precisamente una subasta para apoyar hospitales infantiles.
—¿Esta fundación también está involucrada? —preguntó.
Camila asintió.
—Por eso vine esta noche.
Alejandro golpeó el escritorio con la palma.
—¿Sabías que
corrías peligro?
—Sí.
—¿Y no me dijiste nada?
—Porque no sabía en quién podía confiar.
—¡Soy tu hijo!
Camila levantó la voz.
—Y también eres el heredero de Mauricio.
—No quiero nada de él.
La expresión de Camila se volvió triste.
—Eso dices porque todavía no sabes lo que dejó a tu nombre.
El jefe de seguridad conectó la memoria USB a la tableta.
Varias carpetas aparecieron en la pantalla.
Una llevaba el nombre:
A ROMANO — SUCESIÓN
Otra decía:
CAMILA — ELIMINACIÓN
Alejandro se quedó mirando esa última palabra.
Eliminación.
Valeria se llevó una mano a la boca.
—No manches…
Camila soltó un suspiro.
—Eduardo encontró este archivo dos semanas antes de morir.
Alejandro levantó lentamente la cabeza.
—¿Cómo murió mi padre?
Camila apretó los labios.
—Oficialmente, de un infarto.
—¿Y en realidad?
—Nunca creí que fuera un infarto.
Alejandro se apartó del escritorio.
Parecía un hombre intentando mantenerse de pie mientras el piso se abría bajo él.
—¿Mauricio lo mató?
—No pude probarlo.
De pronto alguien golpeó la puerta.
—Señor Romano —gritó un escolta desde afuera—, hay un problema en el salón.
Alejandro abrió.
—¿Qué pasó?
—Renata Ibarra desapareció.
Todos se miraron.
—Las salidas están cerradas —dijo Alejandro.
—No salió por una puerta.
El escolta levantó una tarjeta de acceso.
—Encontramos un ascensor de servicio oculto detrás del escenario.
Camila palideció.
—La bóveda.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué bóveda?
Camila movió la silla hacia el escritorio.
—Este palacio perteneció a la familia de Eduardo, hay un nivel subterráneo, lo usábamos como archivo cuando la empresa todavía operaba aquí.
Alejandro sacó su teléfono.
—Que nadie baje sin mí.
—Yo voy contigo —dijo Camila.
—No.
—Ahí abajo está la prueba que vinimos a buscar.
Alejandro se quedó mirándola.
—¿Todo esto fue planeado?
Camila no respondió de inmediato.
—¿La gala, la gente que invitaste, todo?
Ella sostuvo su mirada.
—La gala no era una gala.
Alejandro entrecerró los ojos.
—Entonces, ¿qué era?
Camila respondió sin titubear:
—Una trampa.
Capítulo completado
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