Mauricio no regresó hasta casi las siete de la noche.
Capítulo 4
Mauricio no regresó hasta casi las siete de la noche.
Para entonces yo ya había hablado con Samuel, con mi contadora y con Cecilia.
También había cambiado la contraseña de la alarma, recuperado el acceso administrativo a las cámaras de seguridad y solicitado al cerrajero una revisión de todas las copias registradas de las llaves.
No pensaba echar a nadie a la calle de un día para otro.
Pero tampoco iba a permitir que siguieran comportándose como propietarios.
Fernanda pasó gran parte de la tarde encerrada arriba.
No volvió a mencionar las cajas.
A las cuatro bajó únicamente para llevarse una botella de agua.
—Mauricio dice que esto se puede arreglar —murmuró.
—Ojalá.
—Va a conseguir otra garantía.
—Me parece muy bien.
Se detuvo.
—¿De verdad no te importa lo que pueda pasarle?
—Me importa.
La miré.
—Por eso llevaba siete años protegiéndolo de un riesgo que ni siquiera sabía que tenía.
Fernanda apretó la botella.
—Entonces sigue protegiéndolo.
Aquella
frase resumía perfectamente el problema.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque ayudar a alguien no significa aceptar que te humille mientras lo sostienes.
Subió sin responder.
A las seis llegó Cecilia.
Traía una bolsa con pan dulce y una expresión que reconocí desde que era niña: estaba furiosa.
—¿Dónde está mi hermano?
—En el banco o con su contador.
—Me habló.
—¿Y?
—Dice que le tendiste una trampa.
Solté una pequeña risa.
—Durante siete años le oculté una garantía para que sintiera que su empresa era suya. Curiosa forma de tender una trampa.
Cecilia dejó el pan sobre la mesa.
—También dice que estás intentando quitarle las camionetas.
—No puedo quitarle algo que nunca fue suyo.
Le enseñé los contratos.
Leyó en silencio.
Luego abrió mucho los ojos.
—Mamá… ¿todo esto estaba a nombre de la sociedad de papá?
—Sí.
—¿Y él nunca preguntó?
—Firmó los contratos originales.
—Entonces sabía.
Negué.
—Sabía que existía la sociedad. Lo que nunca entendió fue qué activos tenía ni de dónde salía la garantía bancaria. Cuando empezó, sólo quería salvar el negocio. Después dejó de preguntar.
Cecilia se dejó caer sobre una silla.
—No lo puedo creer.
—Eso no es todo.
Le mostré otra carpeta.
Durante años yo había mantenido una cuenta destinada a gastos de la casa.
Predial.
Seguro.
Mantenimiento mayor.
Reparaciones del sistema hidráulico.
Pintura exterior.
Cuando Mauricio empezó a insistir en “hacerse cargo”, acepté que realizara algunos pagos directamente.
Luego mi contadora reembolsaba las cantidades documentadas.
No siempre.
Pero sí con suficiente frecuencia como para que el relato de Mauricio sobre mantenerme resultara casi grotesco.
Cecilia revisó movimientos.
—Aquí le devolviste treinta y ocho mil por impermeabilización.
—Sí.
—Y él dijo en Navidad que había pagado el techo porque tú no podías.
Asentí.
—Aquí hay otros veintidós mil.
—Jardín y bomba de
agua.
—Mamá…
Cerró la carpeta.
—Él les ha dicho a todos que prácticamente te mantiene.
—Ya me enteré.
A las siete con doce minutos escuchamos la puerta principal.
Mauricio entró sin saludar.
Fernanda bajó inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Él dejó las llaves sobre una mesa.
—Nos dieron cinco días hábiles para presentar una garantía sustituta o un plan de reducción de deuda.
—¿Puedes hacerlo?
Mauricio miró hacia mí.
—Podría, si mi propia madre no estuviera intentando asfixiarme.
Cecilia se levantó.
—No empieces.
—Tú no te metas.
—Claro que me meto. Ayer intentaste correrla.
—¡Estoy hablando con mamá!
—Y yo estoy escuchando.
Mauricio golpeó una carpeta contra la barra.
—El banco quiere bienes en garantía. La empresa tiene activos, pero no suficientes libres.
Yo crucé las manos.
—Entonces ahora ya sabes para qué servía mi respaldo.
—Lo sabía perfectamente.
—Hace doce horas preguntaste qué garantía.
No contestó.
Fernanda se sentó lentamente.
Lo miré.
—Hace veinticuatro horas ya tenían fecha de mudanza.
—Fue un error.
—¿Qué cambió?
Mi hijo apretó la mandíbula.
—No hagas esto.
—¿Qué cambió?
No respondió.
Cecilia lo hizo por él.
—Descubrió quién tiene el dinero.
Mauricio se levantó.
—¡Ya cállate!
—No le hables así.
—Mamá, necesito que restablezcas la garantía durante noventa días.
—No.
—Ni siquiera me dejaste terminar.
—No necesito que termines.
Respiró profundamente.
—Tengo un contrato de nueve millones en marcha.
—Lo sé.
—Hay proveedores esperando.
—Lo sé.
—Empleados.
—También lo sé.
—Entonces entiendes que esto no es un juego.
—Nunca pensé que lo fuera.
Abrí la carpeta que Samuel me había entregado esa tarde.
—Por eso quiero ver tus números.
Mauricio quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Si vas a pedirme que ponga seis millones de pesos de patrimonio familiar detrás de tu empresa, quiero estados financieros, deuda, cuentas por cobrar, cuentas por pagar y contratos vigentes.
—No eres mi socia.
—Entonces no necesitas mi garantía.
Silencio.
Fernanda miró a su esposo.
—Enséñaselos.
Mauricio giró hacia ella.
—No entiendes.
—¿Qué no entiendo?
—La contabilidad de una empresa no es una libreta de gastos.
—Entonces que la revise Samuel.
—¡Samuel trabaja para ella!
Yo me puse de pie.
—No quiero controlar tu empresa.
Guardé los documentos.
—Quiero saber si el riesgo que me estás pidiendo asumir existe porque estás creciendo o porque estás tapando algo.
Por primera vez vi miedo verdadero en sus ojos.
Fue apenas un segundo.
Pero Cecilia también lo vio.
—Mauricio —dijo—. ¿Qué estás tapando?
—Nada.
—Entonces abre los libros.
—No tengo por qué hacerlo.
—Tienes razón —contesté—. Y yo tampoco tengo por qué garantizarte.
Subió las escaleras sin despedirse.
Esa noche no cenó.
A la mañana siguiente, a las nueve veinte, Samuel llamó.
—Teresa, necesito verte.
Su voz era seria.
—¿Qué pasó?
—Ayer el banco nos mandó información complementaria porque eres la titular de la garantía.
—¿Algo irregular?
—No necesariamente irregular. Pero hay movimientos que debes conocer.
Nos vimos al mediodía en su oficina de avenida Américas.
Samuel tenía sesenta y dos años, lentes delgados y la costumbre de ordenar los documentos antes de decir algo importante.
Sobre la mesa había cuatro hojas.
—Mauricio no sólo tiene utilizada la línea bancaria.
—¿Qué más?
—Hay arrendamientos de equipo, factoraje y dos créditos con proveedores.
Sentí un nudo.
—¿Cuánto debe en total?
Samuel giró una hoja hacia mí.
La cifra era superior a once millones de pesos.
—Eso no significa que la empresa esté quebrada —aclaró—. Tiene cuentas por cobrar y contratos. Pero el nivel de deuda es muy superior al que tú conocías.
Seguí leyendo.
Había algo peor.
Capítulo completado
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