A la mañana siguiente bajé a la cocina a las siete cuarenta.
Capítulo 3
A la mañana siguiente bajé a la cocina a las siete cuarenta.
Fernanda ya había colocado tres cajas de cartón junto a la puerta del patio.
—¿Qué es eso?
—Cosas que podemos empezar a separar.
—¿De quién?
—Tuyas.
Abrí una caja.
Había libros.
Mis libros.
—¿Por qué están aquí?
Fernanda tomó café.
—Pensé que podíamos adelantarnos.
—Todavía no me he mudado.
—Lo sé.
—Ni he dicho que voy a hacerlo.
Me miró.
—Ayer dijiste que aceptarías la prueba de Mauricio.
—Acepté vivir sin su dinero.
—Es lo mismo.
Cerré la caja.
—No.
La empujé nuevamente hacia ella.
—No es lo mismo.
A las ocho con tres Mauricio entró hablando por teléfono.
Llevaba camisa blanca, pantalón oscuro y el reloj que Esteban le había regalado al graduarse.
—Sí, mándame el presupuesto antes de las diez —dijo—. No voy a pagar ese sobreprecio.
Colgó.
Me vio.
—¿Dormiste bien?
—Muy bien.
—Me alegra.
Abrió el refrigerador.
—Hoy tengo un día complicado. Si necesitas algo, dile
a Fernanda.
—No voy a necesitar nada.
Sonrió.
—Eso dices ahora.
Me serví café.
—Mauricio.
—¿Qué?
—A partir de hoy no pagues nada mío.
Cerró la puerta del refrigerador.
—Mamá…
—Ni servicios. Ni reparaciones. Ni despensa. Ni seguros. Nada.
Se rio.
—No seas infantil.
—Tú propusiste la prueba.
—Era una forma de hablar.
—Yo la tomé en serio.
Fernanda apareció detrás de él.
—Teresa, nadie quiere pelear.
—Yo tampoco.
Tomé mi taza.
—Sólo quiero saber cuánto duro sin su dinero.
Mauricio me observó.
Después se encogió de hombros.
—Perfecto.
Sacó la cartera.
—Entonces empieza pagando tu parte del súper.
—Claro.
—Y la luz.
—Claro.
—El gas.
—También.
—El jardinero viene mañana.
—Que me cobre a mí.
Su sonrisa se volvió extraña.
—Vas a durar dos semanas.
—Tú dijiste un mes.
—Estoy siendo generoso.
Subí a mi cuarto.
A las ocho con diecisiete sonó el teléfono de Mauricio.
Yo no vi
la llamada.
Pero escuché su voz desde la cocina.
—Buenos días, licenciado Ramírez.
Pausa.
—Sí, dígame.
Otra pausa.
Después:
—¿Cómo que suspendida?
Bajé lentamente.
Mauricio estaba de pie junto a la isla.
Fernanda lo miraba.
—No, no, no. Tiene que haber un error.
Me senté.
—La línea se renovó hace cuatro meses.
Escuchó.
—¿Retiro de garantía?
Su rostro cambió.
—¿Quién solicitó eso?
Me miró.
Yo bebí café.
—No entiendo.
Escuchó.
—¿Patrimonial Alvarado?
Fernanda dejó su taza.
—Mauricio…
Él levantó una mano.
—Espérate.
Volvió al teléfono.
—¿Quién es el titular?
Escuchó.
Sus ojos se clavaron en mí.
—¿Teresa Alvarado?
Yo seguí tomando café.
—No haga ningún movimiento —dijo—. Voy para allá.
Colgó.
—¿Qué hiciste?
—Buenos días para ti también.
—Mamá, ¿qué hiciste?
—Exactamente lo que me pediste.
—No juegues conmigo.
—Quisiste saber cuánto duraría sin tu dinero.
Dejé la taza sobre la mesa.
—Yo también quiero saber cuánto dura tu empresa
sin el mío.
Fernanda palideció.
—¿De qué está hablando?
Mauricio golpeó la mesa con la palma.
—¡Mamá!
—No grites en mi casa.
Aquellas cuatro palabras lo dejaron inmóvil.
—¿Desde cuándo es tuyo ese fondo?
—Desde antes de que tu empresa existiera.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Porque cuando te ayudé quería darte una oportunidad, no una cadena para llevarte del cuello.
—¡Pudiste destruir la empresa!
—Todavía no. Simplemente retiré algo que es mío. Si tu empresa es tan sólida como dices, puedes reemplazar la garantía.
Fernanda comenzó a respirar rápido.
—Mauricio, ¿cuánto debemos?
Él no contestó.
—¿Cuánto?
—No ahora.
—¡Dime cuánto!
Cerró los ojos.
—Hay poco más de cuatro millones utilizados.
Fernanda se llevó una mano a la boca.
Yo asentí.
—Entonces será un buen momento para que empieces a organizarte solo.
Mauricio se acercó.
—Vas a revertirlo.
—No.
—Claro que sí.
—No.
—Mamá, la empresa tiene catorce familias dependiendo de ella.
—Precisamente por eso espero que la hayas administrado mejor de lo que has administrado el respeto dentro de esta casa.
Tomó las llaves del auto.
—Cuando vuelva hablaremos.
—Perfecto.
—Y llama a Samuel para detener esto.
—No.
—¡Mamá!
Abrí mi bolso y saqué una hoja.
La coloqué frente a él.
—Antes de irte, llévate esto.
Miró el documento.
Era una notificación firmada esa mañana.
—¿Qué es?
—La actualización del contrato de la nave industrial. Tu renta preferencial termina en cuarenta y cinco días. A partir de entonces pagarás precio de mercado.
Mauricio levantó lentamente la cabeza.
—¿La nave también es tuya?
Fernanda se sentó.
Yo saqué otra hoja.
—Y quiero las dos camionetas propiedad de Patrimonial Alvarado de vuelta el viernes.
Mauricio leyó las placas.
Eran los dos vehículos que utilizaba para sus equipos de instalación.
—No puedes hacerme esto.
—Puedo.
—¡Soy tu hijo!
Lo miré durante varios segundos.
—Ayer también lo eras cuando intentaste mandarme a vivir a cincuenta y cuatro metros cuadrados para quedarte con mi casa.
Agarró las hojas, salió y cerró la puerta con tanta fuerza que una fotografía se inclinó en la pared.
Fernanda permaneció sentada.
Después me miró con los ojos húmedos.
—Esto no se va a quedar así.
—Tienes razón.
Me levanté y empujé suavemente hacia ella una de las cajas que había preparado para mí.
—Todavía falta hablar de quién va a empacar.
Capítulo completado
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