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MI NUERA SACÓ LA FOTO DE MI ESPOSO DEL ALTAR, PERO EN SU CAJA ENCONTRÉ ALGO QUE ELLA TEMÍA
Capítulo 1 / 7

Capítulo 1

NI UNA FOTO LE DEJARON

1059 palabras

La mañana del primero de noviembre, Marta Salgado se levantó antes de que amaneciera.

A sus sesenta y dos años, preparar el altar de Día de Muertos se había convertido en una costumbre que hacía casi en silencio. No porque le faltaran ganas de platicar, sino porque desde que Ramón murió, cinco años atrás, había cosas que prefería hacer sola.

Cada año colocaba la misma fotografía de su esposo en el centro del altar.

Ramón aparecía con una camisa clara, el cabello ya canoso y esa sonrisa discreta que siempre tenía cuando alguien le pedía posar para una foto. A un lado, Marta ponía una taza pequeña de café, un vaso de agua y un pedazo de pan de muerto.

—Para que no digas que aquí te olvidamos —murmuraba siempre.

Aquella mañana, sin embargo, tenía cita en el médico. Dejó sobre la mesa una caja con las cosas de Ramón y le pidió a su hijo Julio que no moviera nada.

Julio y su

esposa, Ximena, vivían con ella desde hacía casi un año.

Al principio, Marta había aceptado encantada. Julio le dijo que necesitaban unos meses para ahorrar después de que el negocio de Ximena atravesara una mala temporada. Marta tenía espacio de sobra y, después de tantos años viviendo sola, creyó que la compañía le haría bien.

Los “unos meses” se convirtieron en once.

Cuando Marta volvió del médico, la casa olía a copal y cempasúchil.

Sonrió al entrar.

—Qué bonito huele.

Nadie respondió.

Dejó su bolsa sobre una silla y caminó hacia la sala.

Entonces se detuvo.

El altar estaba terminado.

Había veladoras encendidas, flores anaranjadas, papel picado y pan de muerto. Pero en el centro no estaba Ramón.

En su lugar había una fotografía de una anciana que Marta reconoció de inmediato: doña Elvira, la abuela materna de Ximena.

Marta se quedó inmóvil.

Miró hacia un lado, pensando que quizá

habían cambiado la fotografía de Ramón de lugar.

No estaba.

Revisó la mesa.

Nada.

—¿Julio?

Escuchó voces en la cocina, pero antes de ir hacia allá vio una caja de cartón abierta en el piso, debajo del altar.

Era la caja de Ramón.

Marta se agachó.

Encima de unas cartas viejas y un reloj descompuesto estaba la fotografía de su esposo, colocada boca abajo.

La levantó lentamente.

Sintió un golpe en el pecho.

—Ximena.

Su nuera apareció desde el comedor limpiándose las manos con una servilleta.

—¿Qué pasó?

Marta levantó el marco.

—Ximena, ¿por qué está la foto de Ramón en esta caja?

Ximena miró la fotografía y después el altar.

Ni siquiera pareció incómoda.

—La quité. Ya ocupó ese altar cinco años.

Marta tardó un segundo en comprender lo que acababa de escuchar.

—¿Cómo dices?

—Mi abuelita también murió, Marta. Mi mamá no tiene espacio para poner altar este

año y pensé que podía ponerla aquí.

—Podías poner su foto junto a Ramón.

Ximena soltó un suspiro.

—No cabía como yo quería.

Marta miró el altar. Había espacio de sobra.

—Ese altar lo pongo para mi esposo desde hace cinco años.

Ximena cruzó los brazos.

—Está muerto, suegra. Déjele el lugar a alguien más.

Marta sintió que los dedos se le endurecían alrededor del marco.

En ese momento apareció Julio.

—¿Qué pasa?

Marta volteó hacia él.

—Tu esposa sacó la foto de tu papá del altar y la metió en una caja.

Julio miró a Ximena.

Ella levantó los hombros.

—Ya le expliqué.

Marta esperó que su hijo se acercara, tomara la fotografía de su padre y la regresara a su sitio.

En lugar de eso, Julio se pasó una mano por el cabello.

—Mamá, Ximena tiene razón. Deja de hacer drama.

La frase le dolió más que todo lo anterior.

—¿Drama?

—Es solo un altar.

Marta miró a su hijo durante varios segundos.

Después bajó los ojos hacia la fotografía de Ramón.

—Es tu papá, Julio. Ni una foto le dejaron.

Julio abrió la boca, pero Marta ya no quiso escucharlo.

Tomó la caja y se fue a su recámara.

Cerró la puerta.

Por primera vez desde que Ramón había muerto, no lloró al mirar su fotografía.

Sintió otra cosa.

Una especie de vergüenza ajena.

Se sentó en la orilla de la cama y dejó la caja a su lado.

—Perdóname, viejo —susurró—. Yo pensé que nuestro hijo te recordaba diferente.

Pasaron unos minutos.

Desde la sala llegaban las risas de Ximena hablando por teléfono.

Marta respiró hondo y comenzó a sacar las cosas de la caja.

Había fotografías, recibos, dos corbatas, una libreta de teléfonos, el viejo reloj de Ramón y varios sobres que Marta no recordaba haber visto.

Uno de ellos tenía escrito su nombre.

“Marta”.

Reconoció inmediatamente la letra de Ramón.

Frunció el ceño.

Abrió el sobre.

Dentro había una hoja doblada y una llave pequeña pegada con cinta adhesiva.

Marta leyó.

“Marta, si algún día encuentras esto y yo ya no estoy, abre el cajón inferior de mi escritorio. No le des esta llave a nadie, ni siquiera a Julio. Primero lee todo lo que dejé ahí.”

Marta dejó de respirar por un instante.

Ramón había muerto de un infarto inesperado. Nunca le habló de aquella carta.

Se levantó.

El escritorio de Ramón seguía en el cuarto pequeño que antes usaba como estudio. Desde que Julio y Ximena se mudaron, Ximena lo utilizaba para guardar cajas de mercancía.

Marta salió de la recámara con la llave escondida en el puño.

Al pasar por la sala escuchó a Ximena.

—¿A dónde va?

—Al estudio.

La sonrisa de Ximena desapareció.

—¿Para qué?

Marta la miró.

—A buscar algo de mi esposo.

Julio levantó la vista desde el sofá.

—Mamá, luego vemos eso.

Marta no contestó.

Llegó al estudio y cerró la puerta.

Apartó dos cajas.

El viejo escritorio estaba contra la pared.

Se agachó frente al cajón inferior.

Metió la llave.

Giró.

El cajón abrió con un pequeño chasquido.

Dentro había una carpeta azul, un sobre bancario y una memoria USB.

Marta tomó la carpeta.

En la portada, Ramón había escrito:

“DOCUMENTOS DE LA CASA — NO ENTREGAR A JULIO SIN HABLAR ANTES CON MARTA”.

Marta sintió frío en las manos.

Entonces escuchó que alguien intentaba abrir la puerta.

—Marta —dijo Ximena desde afuera—, ¿qué encontró ahí?

Marta miró la carpeta.

Por primera vez entendió que quizá la fotografía de Ramón no era lo único que querían sacar de aquella casa.

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