Guardé los documentos en mi bolsa y no dormí.
Capítulo 4
Guardé los documentos en mi bolsa y no dormí.
A las cinco de la mañana ya estaba preparando masa, pero por primera vez en años olvidé poner sal en una tanda. Mi ayudante, Lupita, me miró como si hubiera visto nevar en agosto.
—Doña Chela, usted nunca se equivoca con la masa.
—Pues hoy sí.
No le conté nada.
A las ocho llamé a Iván.
—Necesito verte.
—Tengo reuniones.
—Hoy.
Hubo silencio.
—¿Pasó algo?
—Sí.
Llegó una hora después.
Puse el sobre sobre la mesa.
—¿Qué es esto?
Su rostro cambió antes de tocarlo.
—¿Quién te lo dio?
—Lo encontré anoche.
—¿Quién?
—No sé.
Revisó las hojas.
—Mamá, esto es información privada.
—Entonces explícame la parte que sí puedo entender.
Señalé la cifra.
—Dieciocho millones.
Iván se sentó.
—Es capital de inversión.
—¿De quién?
—De varios socios.
—¿Legal?
Me miró ofendido.
—Claro que es legal.
—Entonces no te pongas así.
—Porque alguien está tratando de hacer parecer otra cosa.
—¿Qué cosa?
Iván apretó la mandíbula.
—Mauricio consiguió inversionistas puente. El dinero entró a una empresa que usamos para financiar la primera etapa del proyecto.
—¿Y por qué alguien quiere que te pregunte de dónde salió?
—Porque hay gente que quiere tumbar la operación.
—¿Arturo sabe?
—No tiene por qué saber todavía.
—Pero quieres que invierta.
—Cuando corresponda tendrá toda la información.
No me gustó.
—Eso suena a que le vas a contar después lo que debería saber antes.
—No es así.
—Entonces llévale estos papeles.
—Mamá…
—Llévaselos.
—No entiendes.
—Explícame.
Iván se quedó callado.
—Eso pensé.
Se levantó.
—Voy a averiguar quién te metió en esto.
—Yo ya estaba metida desde que decidiste usar tu boda como argumento de negocios.
—¡No usé mi boda!
—Entonces deja de repetirlo y demuéstralo.
Se fue llevándose las copias.
Yo había guardado fotografías con mi celular.
No porque desconfiara de mi hijo.
Eso
me repetí todo el día.
A mediodía Arturo apareció acompañado por una mujer de unos cuarenta años llamada Elena, directora jurídica de su empresa.
—Necesitamos hablar.
Cerré el puesto media hora.
Les mostré las fotografías.
Elena las revisó sin hacer gestos.
—¿Sabe quién dejó esto?
—No.
—¿Iván ya lo vio?
—Sí.
Arturo levantó la cabeza.
—¿Qué dijo?
Repetí la explicación.
Elena pidió que le enviara las imágenes.
—No podemos concluir nada con esto. La cifra por sí sola no prueba irregularidad.
—Eso quiero escuchar —dije.
Arturo parecía más preocupado.
—¿Conoces la empresa? —preguntó.
Elena señaló un nombre.
—La conozco. No por algo ilegal necesariamente, pero ha participado en operaciones de alto riesgo.
—¿Mauricio lo sabe?
—Seguro.
—¿Iván?
—Si es socio y firmó estos documentos, debería.
Sentí un nudo.
—No digas “debería” como si significara que sí sabe.
Elena asintió.
—Tiene razón.
Arturo se levantó.
—Voy a cancelar la reunión de
inversión.
—No —dije.
—Chela.
—Revísalo. Si está mal, recházalo porque está mal. No porque sea mi hijo.
Elena me miró con respeto.
—Eso es lo correcto.
Arturo aceptó.
Aquella tarde Camila vino a verme.
Ella e Iván seguían separados.
—Mi papá me dijo lo de los documentos.
—No quería que te metieran.
—Ya estoy metida.
Se sentó.
—Chela, si esto resulta ser algo grave…
—Será responsabilidad de Iván.
—¿Puede decir eso siendo su mamá?
—Precisamente por ser su mamá.
Camila lloró.
—Yo todavía lo amo.
—Eso no desaparece porque estés enojada.
—¿Usted cree que él me ama?
Pensé antes de responder.
—Sí.
—¿Entonces por qué hizo todo esto?
—Porque amar a alguien no te vuelve automáticamente honesto, valiente ni maduro.
Camila se secó las lágrimas.
—Mi mamá quiere que cancele la boda.
—¿Y tú qué quieres?
—Quiero saber la verdad.
—Entonces espera la verdad.
Dos días después la verdad empezó a aparecer.
Elena llamó a Arturo y Arturo me llamó a mí.
Mauricio había conseguido los 18 millones mediante una sociedad que cobraba intereses altísimos y exigía garantías sobre activos del proyecto. Nada era necesariamente ilegal, pero el acuerdo era mucho más riesgoso de lo que habían presentado.
Lo peor era que Iván había firmado.
Fui a su departamento.
Abrió la puerta con ojeras.
—Ya sabes.
—Sí.
—Mauricio dijo que era temporal.
—¿Leíste antes de firmar?
—Sí.
—Entonces no culpes a Mauricio.
Iván se dejó caer en el sofá.
—Si no conseguíamos capital, el proyecto moría.
—A veces los proyectos mueren.
—Tú no entiendes.
—Y tú no entiendes que perder dinero no es lo peor que puede pasarle a una persona.
—Para ti todo es muy simple.
—No. Para mí fue muy simple porque nunca tuve opciones. Había que pagar la renta, alimentar a un niño y trabajar. Tú sí tienes opciones y estás escogiendo las que te hacen mentir.
Se cubrió el rostro.
—Estoy endeudado.
—¿Cuánto?
No contestó.
—Iván.
—Mi parte personal… casi cuatro millones.
Sentí que me faltaba aire.
—¿Cuatro millones de pesos?
Asintió.
—¿Tu departamento?
—Está comprometido.
—¿El despacho?
—También.
—¿Por qué no me dijiste?
Soltó una risa triste.
—¿Qué ibas a hacer, vender cuatro millones de pesos en tamales?
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Nos quedamos inmóviles.
Iván levantó la mirada.
Se arrepintió de inmediato.
—Mamá, no quise…
Tomé mi bolsa.
—No.
—Perdón.
—No me pidas perdón ahora.
—Estaba desesperado.
—Y cuando te desesperas sale lo que llevas adentro.
—No pienso eso de ti.
—Acabas de decirlo.
Me fui.
Lloré en el carro.
No porque mis tamales no pudieran pagar cuatro millones.
Lloré porque durante treinta años pensé que mi hijo veía mis manos quemadas y entendía lo que significaban.
Tal vez solo veía pobreza.
Al día siguiente no abrí el puesto.
Era la primera vez que cerraba sin estar enferma.
Lupita fue a mi casa.
—¿Qué pasó?
Le conté una parte.
Ella escuchó y luego me preguntó:
—¿Va a dejar de vender?
—No.
—Entonces mañana la quiero a las cuatro.
Me hizo reír.
A las cuatro estábamos preparando hojas.
A las seis y media llegó Arturo.
No dijo nada. Se puso un mandil que había comprado quién sabe dónde.
—¿Qué haces?
—Vengo a trabajar.
—No sabes.
—Aprendo rápido.
—Eres un señor de oficina.
—También fui cargador.
Le di una cuchara.
—A ver si es cierto.
Fue un desastre.
Puso demasiada masa, rompió hojas y amarró un tamal como si fuera un paquete postal.
Por primera vez en días me reí hasta que me dolió el estómago.
A las siete apareció Camila.
Luego, para mi sorpresa, Verónica.
Traía tacones demasiado altos para aquella banqueta.
—Arturo no contestaba el teléfono.
—Estoy ocupado —dijo él.
Verónica miró el mandil.
—Ya veo.
Pensé que se iría.
En cambio se sentó.
—¿Tiene café?
Le serví.
Durante una hora estuvimos ahí: la familia rica, la tamalera y Lupita, atendiendo oficinistas, estudiantes, albañiles y señoras que ya me conocían.
Verónica observaba todo.
Cuando se fueron los clientes de la mañana me dijo:
—Yo fui injusta con usted.
No esperaba eso.
—¿Por qué?
—Porque cuando Arturo la reconoció pensé que usted iba a aprovecharse.
—Ya me di cuenta.
—He visto demasiada gente acercarse a él por interés.
—Eso no justifica medir a todos igual.
—No.
Se quedó callada.
—Y creo que también me asustó que él hablara de usted con tanto cariño.
Sonreí.
—¿Celos de una señora que le daba tamales hace cuarenta años?
Verónica se rió.
—Suena ridículo cuando lo dice así.
—Porque es ridículo.
Nos caímos mejor después de eso.
A las nueve apareció Iván.
Se quedó frente al puesto mirando a Arturo con mandil, a Verónica tomando café y a Camila ayudando a Lupita a acomodar servilletas.
Parecía que había entrado en otra realidad.
Yo seguí trabajando.
Iván se acercó.
—Mamá.
—Buenos días.
—Necesito hablar contigo.
—Estoy trabajando.
—Puedo esperar.
Y esperó.
Dos horas.
Cuando terminé, se acercó con una carpeta.
—Renuncié al proyecto.
Lo miré.
—¿Qué?
—Le vendí mi participación a Mauricio por una cantidad simbólica y asumí mi parte de la deuda.
—¿Por qué?
—Porque tenía razón.
—Eso no responde.
Iván tragó saliva.
—Porque estaba dispuesto a convertirme en alguien que no reconozco con tal de demostrar que ya no era el niño pobre del puesto de tamales.
Miró a Camila.
—Y casi pierdo a la mujer que amo.
Después me miró.
—Y a la persona que más hizo por mí.
No lo abracé.
Todavía estaba herida.
—¿Y la deuda?
—Voy a vender el departamento.
—¿Y después?
—Empezar otra vez.
Arturo intervino.
—Tengo una propuesta de trabajo para ti.
Iván negó inmediatamente.
—No.
Arturo arqueó una ceja.
—Ni siquiera sabes cuál.
—Si es por mi mamá, no.
Algo en mí se alivió.
Arturo sonrió.
—Bien. Entonces tendrás que competir por ella como todos.
Iván lo miró sorprendido.
—¿Habla en serio?
—Completamente.
Camila se acercó.
—Yo todavía no he decidido si habrá boda.
La sonrisa de Iván desapareció.
—Lo sé.
—Y no voy a decidirlo hoy.
—También lo sé.
Ella asintió.
Era poco.
Pero era honesto.
Pensé que quizá por fin estábamos avanzando.
Hasta que Mauricio apareció al otro lado de la calle.
No venía solo.
Dos hombres con traje bajaron de un vehículo.
Mauricio caminó directamente hacia Iván.
—Tenemos un problema.
—Ya no somos socios.
—Por eso mismo.
Le entregó una notificación.
Iván leyó la primera página y perdió el color.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Él levantó la vista.
—Me están demandando.
—¿Por qué?
Mauricio respondió por él.
—Porque al salir del proyecto, Iván activó una cláusula que puede costarle mucho más que cuatro millones.
Arturo tomó el documento.
Elena, que acababa de llegar, lo leyó por encima.
Su expresión fue suficiente.
—¿Cuánto? —preguntó Camila.
Elena respiró hondo.
—Si esto se sostiene, podrían reclamarle hasta doce millones de pesos.
Miré a mi hijo.
Esta vez no vi al profesionista del saco azul.
Vi al niño que alguna vez se sentaba detrás de mi vaporera a hacer la tarea.
Y entendí que lo más difícil apenas empezaba.
Capítulo completado
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