A las nueve de la mañana siguiente estaba sentada frente a Laura con una carpeta llena de documentos.
Capítulo 2
A las nueve de la mañana siguiente estaba sentada frente a Laura con una carpeta llena de documentos.
Ella revisó todo con calma.
—La propiedad sigue completamente a tu nombre.
Solté el aire.
—Entonces no pueden hacer nada.
Laura levantó la mirada.
—No dije eso.
Sentí nuevamente aquel nudo.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que legalmente la casa es tuya. Pero si alguien tiene copias de tus documentos y ha estado haciendo trámites haciéndose pasar por ti o diciendo que tiene tu autorización, necesitamos averiguar hasta dónde llegó.
Le mostré el correo de la administración.
Laura tomó una captura.
—Primero vamos a documentar todo. No confrontes a Claudia todavía.
—Ayer prácticamente me dejó afuera de mi propia casa.
—Precisamente. No queremos que ahora borre mensajes o desaparezcan papeles.
Aquella frase me cambió la manera de ver el problema.
Hasta entonces yo seguía pensando como madre.
Quería explicaciones.
Quería preguntarle a Daniel cómo había permitido aquello.
Laura estaba pensando de otra manera.
En hechos.
Documentos.
Fechas.
Pruebas.
Fuimos a
la administración del fraccionamiento.
La encargada, una mujer llamada Patricia, me reconoció inmediatamente.
—Señora Rosa, qué gusto verla.
Le expliqué que quería verificar los datos registrados de mi propiedad.
Patricia abrió el sistema.
Su expresión cambió.
—Aquí aparece una solicitud reciente.
—Yo no la hice.
Patricia me miró.
—La presentó su nuera.
—¿Con qué autorización?
—Nos entregó una copia de su identificación y dijo que usted estaba viviendo fuera de la ciudad y que ella administraría el inmueble.
—¿Firmé algo?
Patricia revisó.
—No hay una autorización formal firmada por usted. Por eso el cambio todavía estaba pendiente.
Sentí una mezcla de alivio y rabia.
—¿Qué quería cambiar?
—Teléfono, correo y contacto principal. También preguntó cuál era el procedimiento para autorizar el ingreso de agentes inmobiliarios.
Laura y yo nos miramos.
—¿Agentes inmobiliarios? —pregunté.
Patricia asintió.
—Sí.
Sentí un escalofrío.
—¿Dijo por qué?
—Comentó que estaban considerando vender.
Me quedé callada.
Laura intervino:
—¿Quiénes?
Patricia pareció darse cuenta de que había dicho algo importante.
—Ella dijo “estamos pensando vender”.
Salimos de la oficina veinte minutos después.
Yo estaba tan enojada que apenas podía hablar.
—¿Cómo demonios pensaba vender una casa que no es suya?
—Probablemente no podía —respondió Laura—. Pero eso no significa que no estuviera intentando crear la impresión de que tenía autoridad sobre ella.
Entonces recordé algo que me hizo detenerme.
Tres semanas antes, Claudia había publicado fotografías de una comida familiar.
En una aparecía la sala.
Había escrito:
“Disfrutando nuestro hogar, después de tantos sacrificios por fin tenemos la casa que soñamos”.
En ese momento me pareció una frase sin importancia.
Ahora no.
Busqué la publicación.
Seguía ahí.
Se la enseñé a Laura.
—Guárdala.
Lo hice.
Después decidí llamar a mi vecina, Mercedes.
Vivía frente a nosotros desde hacía quince años.
—Rosa, precisamente quería hablar contigo —me dijo
en cuanto contestó.
—¿Sobre qué?
—Sobre la casa.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué pasó?
—Hace unos días vino un señor. Claudia le enseñó toda la propiedad.
—¿Qué señor?
—No sé. Bien vestido, como de inmobiliaria. Traía una carpeta y estuvo tomando fotos.
Me senté.
—¿Daniel estaba?
—No lo vi.
—¿Escuchaste algo?
Mercedes dudó.
—No quería meterme.
—Ahora necesito que te metas.
Suspiró.
—Estaban afuera cuando yo llegué. Claudia le dijo algo sobre que la casa tenía cuatro recámaras y que “los propietarios estaban listos para escuchar ofertas”.
Sentí una presión en el pecho.
Los propietarios.
No la propietaria.
Los propietarios.
—Gracias, Mercedes.
—Rosa, ¿tú vas a vender?
—No.
Hubo silencio.
—Entonces hay algo muy raro.
Sí.
Lo había.
Y cada hora se volvía más grande.
Esa tarde Daniel me llamó.
—Mamá, Claudia dice que estás preguntando cosas en la administración.
—Así es.
—¿Para qué?
Casi me reí.
—Porque soy la propietaria.
—Ya vas a empezar otra vez.
—Daniel, ¿vino un agente inmobiliario a mi casa?
Silencio.
—¿Quién te dijo?
No respondió “no”.
Otra vez.
—Contéstame.
—Claudia estaba averiguando cuánto vale la casa, nada más.
—¿Por qué?
—Por curiosidad.
—¿La misma curiosidad que la llevó a cambiar la cerradura?
—Mamá, estás mezclando cosas.
—¿Sabías que pidió cambiar mis datos de contacto?
Esta vez el silencio duró más.
—No.
Su voz cambió.
Por primera vez sonó genuinamente sorprendido.
—Daniel, mírame bien cuando hablemos mañana porque te voy a preguntar una sola vez: ¿qué está haciendo tu esposa con mi casa?
—No sé de qué estás hablando.
—Entonces averígualo.
Colgué.
Dos horas después recibí tres mensajes de Claudia.
El primero:
“Deja de hacer drama”.
El segundo:
“Solo estábamos averiguando opciones para el futuro”.
El tercero fue el que me hizo guardar inmediatamente la conversación.
“Daniel es tu único hijo, tarde o temprano esta casa será de él, no entiendo por qué haces tanto problema”.
Leí esa frase varias veces.
Ahí estaba.
Finalmente.
La verdad.
Para Claudia, yo no era la dueña.
Solo era la persona que todavía no se había muerto.
No respondí.
A la mañana siguiente llamé directamente a la agencia cuyo logotipo Mercedes recordaba haber visto en la carpeta del hombre.
Expliqué mi nombre y dirección.
La recepcionista buscó en su sistema.
—Sí, señora, tenemos una visita registrada.
—¿Quién la solicitó?
—Déjeme revisar.
Escuché el teclado.
—Claudia Mendoza.
—¿Qué les dijo?
—Que ella y su esposo estaban evaluando una posible venta familiar.
—¿Les enseñó documentos?
Otra pausa.
—El asesor anotó que la documentación de propiedad estaba pendiente.
Respiré.
—Necesito hablar con ese asesor.
Me lo comunicaron.
El hombre se llamaba Sergio.
Al principio fue cauteloso, pero cuando le expliqué que yo era la única propietaria, se disculpó.
—Señora, quiero ser muy claro. Nosotros no publicamos nada porque pedimos la documentación antes de avanzar.
—¿Claudia dijo que la casa era de ella?
—Dijo que pertenecía a la familia y que su esposo era el heredero.
—Mi hijo no ha heredado nada porque yo sigo viva.
Sergio se quedó callado.
—Entiendo.
—¿Qué quería saber exactamente?
—El precio de mercado.
—¿Y cuánto le dijeron?
Sergio mencionó una cantidad.
Era mucho más de lo que yo imaginaba.
Luego agregó:
—También preguntó cuánto tardaría normalmente una operación si el propietario necesitara vender rápido.
Aquello me pareció extraño.
—¿Vender rápido?
—Sí.
—¿Dijo por qué?
—Comentó que necesitaban liquidez para otro proyecto.
Cuando colgué, llamé a Daniel.
Esta vez contestó de inmediato.
—¿Qué proyecto?
—¿Qué?
—Claudia está preguntando cuánto tardaría en vender mi casa porque necesitan dinero para otro proyecto. ¿Qué proyecto, Daniel?
Silencio.
Después escuché:
—Mamá, podemos hablarlo en persona.
—Ahora.
—No quiero hacerlo por teléfono.
—Entonces ven.
Llegó cuarenta minutos después.
Solo.
Parecía cansado.
Se sentó frente a mí.
—Claudia quiere comprar un departamento para rentarlo.
Me quedé mirándolo.
—¿Con qué dinero?
—Pensábamos pedir un crédito.
—¿Y mi casa?
Daniel bajó la mirada.
—Podría servir como respaldo.
Me quedé inmóvil.
—Repite eso.
—No habíamos hecho nada.
—Repite lo que acabas de decir.
—Mamá...
—Mi casa podría servir como respaldo para qué.
Daniel respiró hondo.
—Para conseguir mejores condiciones.
Me levanté.
—Sal de mi departamento.
—Escúchame.
—Sal.
—Ni siquiera habíamos decidido hacerlo.
—Tu esposa ya llevó a un agente inmobiliario a mi casa.
—Yo no sabía que había llegado tan lejos.
—Pero sabías del plan.
No respondió.
—¿Pensabas pedirme permiso?
—Claro.
—¿Cuándo? ¿Después de cambiar la cerradura, cambiar mis datos y calcular cuánto dinero podían sacar de mi propiedad?
Daniel se puso de pie.
—No queríamos quitarte nada.
—Entonces explícame por qué todo lo hicieron antes de hablar conmigo.
No pudo.
Y en ese momento comprendí algo que me dolió profundamente.
Claudia podía ser arrogante.
Podía ser ambiciosa.
Podía sentirse dueña de algo que no era suyo.
Pero nada de aquello habría llegado tan lejos si mi hijo no le hubiera abierto la puerta.
Literalmente.
Antes de irse, Daniel dijo:
—Mamá, no hagas algo impulsivo.
Lo miré.
—La impulsiva no fui yo.
Cuando cerré la puerta detrás de él, llamé a Laura.
—Quiero recuperar mi casa.
—Entonces vamos a hacerlo correctamente.
—¿Cuánto tiempo?
—Primero revisaremos la situación de ocupación, las comunicaciones y cualquier acuerdo que exista. No quiero prometerte plazos sin revisar todo.
—Hazlo.
Laura guardó silencio un segundo.
—Rosa, hay otra cosa.
—¿Qué?
—Pedí una búsqueda más amplia sobre movimientos relacionados con la dirección.
—¿Y?
—Encontramos una solicitud de crédito en la que aparece esa propiedad como domicilio patrimonial de Daniel.
Sentí que se me iba el aire.
—¿Mi casa?
—Sí.
—¿Como garantía?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Cuándo?
Laura me dio la fecha.
Cuatro meses atrás.
Mucho antes de que cambiaran la cerradura.
Y ahí entendí que Claudia no había empezado a apropiarse de mi casa aquella semana.
Solo era la primera vez que yo me había dado cuenta.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.