PARTE 3 — La verdad dejó a Rodrigo sin salida
—¿Rodrigo puede seguir retirando dinero?
Capítulo 3
PARTE 3 — La verdad dejó a Rodrigo sin salida
—¿Rodrigo puede seguir retirando dinero?
—Mientras la cuenta siga a nombre de los dos, existe ese riesgo. Podemos limitar ciertas operaciones, pero usted debe venir acompañada por su abogada.
Sentí vergüenza de tener que explicar que mi esposo podía vaciar la cuenta mientras yo dormía en un hotel.
—¿Y el dinero que ya transfirió?
—Eso tendrá que revisarse con las autoridades y con su representación legal.
Al salir, Camila recibió una llamada.
Era Esteban.
Al principio solo lo escuchó. Luego me pasó el teléfono.
—Quiere hablar contigo.
—¿Conmigo?
—Sí.
Acerqué el celular a mi oído.
—¿Bueno?
—¿Eres tú? —preguntó Esteban.
—Sí.
—Yo no sabía que Rodrigo te estaba ocultando las cosas.
—¿Qué cosas?
—Los préstamos. El dinero que me mandaba. Me dijo que tú estabas de acuerdo.
Cerré los ojos.
—¿Cuánto te mandó?
—No me acuerdo de todo. Fueron varias transferencias.
—¿Para qué?
—Para el taller. Pero también me pidió que, si tú preguntabas, dijera
que era dinero de un negocio de ustedes.
Camila me hizo una seña para que pusiera el teléfono en altavoz.
—Esteban, ¿Rodrigo te dijo algo ayer?
—Sí. Me llamó después de que ustedes se fueron. Estaba muy alterado.
—¿Qué dijo?
—Que tu mamá lo había visto sacar efectivo. Que necesitaba que ella quedara como culpable porque tú estabas empezando a sospechar de las cuentas.
Sentí que se me doblaban las rodillas.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que ya no iba a mentir por él.
—¿Por qué no nos hablaste antes?
Esteban soltó el aire.
—Porque yo también le debía dinero. Me amenazó con cobrarme todo de golpe. Pero ayer entendí que esto ya no era un problema de familia.
La voz se le quebró.
—Yo no sabía que había falsificado tu firma.
Camila se acercó al celular.
—Señor Esteban, ¿usted estaría dispuesto a declarar lo que sabe?
—Sí. Ya no
quiero seguir cubriéndolo.
Colgamos.
Yo me quedé mirando a Camila.
—¿Cómo puede alguien hacer esto y dormir tranquilo?
—No todos duermen tranquilos —respondió—. Algunos solo aprenden a comportarse como si nada pasara.
Esa tarde, Rodrigo volvió a llamar. Esta vez contesté con Camila a mi lado.
—Ya hablé con el banco —le dije.
—¿Qué estás haciendo?
—Protegiéndome.
—Estás exagerando una discusión.
—Teresa ya te vio sacar el dinero.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. Ya no era la pausa de alguien indignado. Era la pausa de alguien que calcula qué mentira puede salvarlo.
—Tu mamá está confundida.
—Esteban también habló.
Rodrigo respiró con fuerza.
—Ese pendejo no sabe nada.
—Dijo que tú le pediste mentir sobre las transferencias.
—Yo nunca le pedí eso.
—También dijo que ayer le hablaste y le dijiste que necesitabas que mi mamá quedara como culpable.
Rodrigo no respondió.
—¿Dónde está el
dinero, Rodrigo?
—No te debo explicaciones.
—Sí me las debes.
—Tú eras mi esposa. Se suponía que confiabas en mí.
—Confiar en ti no significaba entregarte mi vida para que la vaciaras.
—Todo lo hice por nosotros.
—¿Las apuestas fueron por nosotros? ¿Los hoteles? ¿Los aparatos? ¿El dinero que le mandaste a tu familia?
—Yo iba a recuperarlo.
—¿Y por eso falsificaste mi firma?
—No sabes lo que dices.
—Lo sé perfectamente.
—Regresa a la casa y podemos arreglarlo.
—No voy a regresar a un lugar donde golpeaste a mi madre.
—Entonces vas a perderlo todo.
—Ya lo perdí contigo.
Colgué.
Esa noche, Rodrigo apareció afuera del hotel.
Camila había insistido en que no me quedara sola, así que estaba en el vestíbulo con Teresa, tomando café. Lo vimos entrar con una camisa clara, el cabello acomodado y una expresión de cansancio ensayado.
Parecía el hombre con quien me había casado, no el hombre que había golpeado a mi madre. Esa era su habilidad: presentarse limpio después de ensuciarlo todo.
—Necesito hablar con mi esposa —le dijo a la recepcionista.
Camila se puso de pie.
—Puede hablar con ella aquí.
Rodrigo me miró.
—¿De verdad vas a hacer esto frente a tu mamá?
—Tú hiciste esto frente a ella.
—Teresa, yo nunca quise lastimarte.
Mi madre bajó la mirada.
—Usted me pegó.
Rodrigo se quedó inmóvil.
Era la primera vez que ella se lo decía directamente.
—Fue un accidente.
—No —respondió Teresa—. Usted me acusó, me golpeó y luego quiso culparme para que su hija no revisara el dinero.
Rodrigo me miró con una mezcla de furia y súplica.
—¿Eso te está diciendo ahora?
—No solo ella.
—Camila te está llenando la cabeza.
—La cuenta también.
—Ese dinero era mío.
—La cuenta era conjunta.
—Yo gané la mayor parte.
—Y yo aporté durante siete años.
—Entonces vamos a pelear.
—Sí.
Apretó los dientes.
—Te vas a arrepentir.
—Ya no me amenaces.
—No es una amenaza.
—Entonces dilo de frente: ¿qué me vas a hacer?
Rodrigo abrió la boca, pero no dijo nada.
Camila dio un paso hacia él.
—Señor Rodrigo, a partir de este momento cualquier comunicación debe ser por medio de mi despacho. No vuelva a presentarse en el hotel ni en ningún lugar donde se encuentre la señora.
—Usted no es mi abogada.
—No. Soy la abogada de ella.
—Esto es una cuestión entre esposos.
—Ya dejó de serlo cuando golpeó a una mujer de sesenta y tres años, falsificó la firma de su esposa y utilizó una acusación falsa para encubrir movimientos bancarios.
—No puede probar nada.
Teresa levantó la cara.
—Yo lo vi.
Rodrigo la miró. Por primera vez, el miedo apareció en sus ojos.
No era miedo por mi madre. Era miedo por él mismo.
Se dio la vuelta y salió del hotel.
Pasaron tres semanas.
Teresa se quedó en el departamento de mi hermana mientras yo resolvía lo legal con Camila. No quería volver al departamento de Rodrigo, pero tampoco estaba dispuesta a renunciar a todo lo que habíamos construido.
El banco investigó el préstamo y confirmó que la firma no coincidía con la mía. También revisó los accesos a la cuenta conjunta y detectó que la mayoría de las transferencias habían sido realizadas desde la computadora de Rodrigo.
Esteban acudió a declarar. Héctor también, aunque intentó decir que el dinero había sido un préstamo legítimo. La madre de Rodrigo, la señora Ofelia, primero se negó a hablar.
Después llamó a Camila.
—Yo no quiero meterme —dijo—, pero tampoco quiero que mi hijo termine peor.
Camila le explicó que ya estaba involucrada porque había recibido dinero de la cuenta conjunta.
La señora Ofelia lloró.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.