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Andrés le quitó a su esposa hasta el dinero del súper para enseñarle quién mandaba. Al día siguiente descubrió que la mujer que llamó inútil era dueña de su sueldo, de su casa y del secreto que podía mandarlo a prisión
Capítulo 2 / 5

Capítulo 2

La mujer que estaba en la cabecera

1031 palabras

—Qué caráctercito.

Andrés tomó las llaves de la camioneta.

—¿Dónde está mi tarjeta?

—Cancelada.

Él se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Que está cancelada.

—No puedes cancelar mi tarjeta.

—Era una adicional de mi cuenta.

Doña Leonor apareció en bata de seda.

—¿Tu cuenta? No digas tonterías.

Andrés sacó el teléfono.

—Seguro es un error.

Abrió la aplicación bancaria.

Su rostro cambió.

—¿Por qué mi saldo está en cero?

—Porque la cuenta donde recibías transferencias mensuales era mía.

—Ese dinero era mi bono.

—No.

—Recursos Humanos me lo depositaba.

—Mi asistente lo transfería el último viernes de cada mes para que tú creyeras que la empresa reconocía tu trabajo.

El silencio se volvió espeso.

Andrés soltó una carcajada.

—No manches, Valeria. ¿Ahora también vas a inventar que me pagabas el sueldo?

—El sueldo no. El bono, sí.

—Estás loca.

—Puede ser. Pero vas a tener todo el día para comprobarlo.

Andrés tomó las

llaves.

—No voy a caer en tu jueguito.

Salió dando un portazo.

Quince minutos después regresó.

—La camioneta no arranca.

—El arrendamiento está suspendido.

—¿Cómo que suspendido?

—Está a nombre de una empresa patrimonial mía.

Doña Leonor abrió la boca.

—¿Qué empresa?

Valeria sirvió la avena de Mateo.

—Santel Patrimonial.

El color desapareció del rostro de Andrés.

Conocía ese nombre.

Todos en Grupo Santel lo conocían.

Era la sociedad que controlaba inmuebles, vehículos ejecutivos y participaciones estratégicas del consorcio.

—Eso es imposible —murmuró.

—Pide un taxi —respondió Valeria—. Todavía tienes celular. Por ahora.

Andrés llegó tarde a las oficinas de Grupo Santel, en Paseo de la Reforma.

Entró por el vestíbulo con el saco mojado y el orgullo herido. Esperaba que sus subordinados fingieran no verlo, pero varios empleados ya comentaban algo frente a las pantallas del directorio interno.

En el elevador se encontró con Mauricio Vega, director financiero.

—Qué

onda, Andrés —dijo Mauricio—. ¿Listo para la reunión extraordinaria?

—¿Cuál reunión?

—La del consejo.

—A mí no me avisaron.

Mauricio levantó una ceja.

—Se convocó anoche.

—Yo soy gerente regional.

—Precisamente por eso deberías estar enterado.

Cuando las puertas se abrieron en el piso veintidós, la secretaria del director general se levantó.

—Licenciado Rivas, pase a la sala principal.

Andrés ajustó su corbata.

—¿Está el ingeniero Cárdenas?

—Está todo el consejo.

Entró.

Había doce personas sentadas alrededor de una mesa de cristal. Directores, abogados, auditores externos y representantes de los accionistas.

En la cabecera estaba vacía una silla.

Andrés respiró con alivio.

La presidencia del consejo casi nunca asistía personalmente. Él había escuchado rumores sobre una heredera reservada que controlaba la mayoría de las acciones, pero jamás la había visto.

Acomodó unos documentos frente a sí.

—Buenos días. Supongo que revisaremos los resultados del trimestre.

Nadie respondió.

A las nueve

en punto, se abrieron las puertas.

Valeria entró.

Llevaba un traje color marfil, el cabello suelto y una carpeta negra bajo el brazo. A su lado caminaban Paulina Serrano, directora jurídica, y Natalia Cruz, secretaria del consejo.

Andrés soltó una risa nerviosa.

—¿Qué haces aquí?

Valeria no lo miró.

Caminó hasta la cabecera y tomó asiento.

Natalia se puso de pie.

—Siendo las nueve horas del doce de junio, damos inicio a la sesión extraordinaria de Grupo Santel, presidida por la accionista mayoritaria y presidenta honoraria del consejo, **licenciada Valeria Santel de Rivas**.

Andrés sintió que el aire abandonaba la sala.

—¿Presidenta?

Valeria abrió la carpeta.

—Prefiero Valeria Santel. El otro apellido está en revisión.

Algunos directivos bajaron la mirada para ocultar su sorpresa.

Andrés se puso de pie.

—Esto es una broma.

—Siéntate —ordenó ella.

—Tú no puedes—

—Tengo el sesenta y uno por ciento de las acciones del grupo. Puedo pedirte que te sientes, que salgas o que entregues tu gafete. Tú eliges.

Andrés permaneció inmóvil.

Valeria deslizó un documento hacia el centro.

—El primer punto del orden del día es la revisión del desempeño de la Gerencia Regional Centro.

En la pantalla apareció una tabla.

Las cifras mostraban ventas infladas, gastos no comprobados, contratos asignados a proveedores sin experiencia y varias transferencias fraccionadas.

—Esas cifras están fuera de contexto —dijo Andrés.

Mauricio intervino.

—Las revisamos durante tres meses.

—¿Tres meses? ¿A mis espaldas?

—Una auditoría sorpresa pierde utilidad si se anuncia —respondió Valeria.

Andrés la miró con odio.

—Tú hiciste esto por la discusión de anoche.

—La auditoría comenzó antes.

La pantalla cambió.

Aparecieron fotografías de una empresa llamada Logística LR, propiedad de Lorena Rivas, prima de Andrés.

—Durante dieciocho meses —continuó Valeria— otorgaste contratos por cuarenta y dos millones de pesos a una compañía sin bodegas, sin flotilla y con tres empleados registrados.

—Lorena subcontrata servicios.

—Con firmas falsas.

Paulina colocó varias copias frente a él.

—Tenemos testimonios, facturas duplicadas y transferencias a cuentas relacionadas con usted.

Andrés golpeó la mesa.

—¡Yo no robé nada!

—Entonces explica por qué Logística LR pagó el departamento de tu madre en Polanco —dijo Valeria.

Doña Leonor llevaba años diciendo que aquel departamento era una inversión de su difunto esposo.

Nunca lo había sido.

Andrés palideció.

—Mi mamá no tiene nada que ver.

—También pagaron sus viajes, joyas y tratamientos estéticos.

—No metas a mi madre.

—Tú la metiste cuando usaste dinero de la empresa.

Andrés miró alrededor buscando un aliado.

Nadie sostuvo su mirada.

—Esto es una venganza de esposa ardida.

Valeria permaneció serena.

—No. Si fuera una venganza, sólo te quitaría la camioneta. Esto es una investigación corporativa.

—Yo he trabajado doce años para esta compañía.

—Y durante los últimos tres te adjudicaste contratos, manipulaste metas y recibiste comisiones ilegales.

—¡Tú no sabes lo que cuesta dirigir una región!

Valeria levantó la barbilla.

—Yo revisaba tus reportes cuando tú creías que estaba escogiendo cortinas.

El silencio cayó como un golpe.

—Te ayudé durante años —continuó—. Corregí errores antes de que llegaran al consejo. Reorganicé presupuestos para que tus malas decisiones no afectaran a los empleados. Incluso financié personalmente bonos que tú prometías sin autorización.

Mauricio abrió otra carpeta.

—Los llamados “Bonos Rivas” nunca fueron aprobados por la compañía.

Andrés tragó saliva.

—Valeria los pagaba —explicó Mauricio—. Usted se adjudicaba el mérito.

La puerta se abrió.

Entraron dos representantes del área de cumplimiento y un notario.

Valeria juntó las manos.

—Quedas suspendido de tus funciones con efecto inmediato.

Capítulo completado

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