Alejandro se puso de pie.
Capítulo 2
Alejandro se puso de pie.
—Mamá, dame el teléfono.
—Siéntate.
Mi hijo se quedó inmóvil.
No estaba acostumbrado a que le hablara así.
Durante años, cada vez que él llegaba con un problema, yo buscaba una solución. Si necesitaba dinero, se lo transfería. Si se enfermaba uno de los niños, yo cancelaba lo que tuviera que cancelar. Si Mariana se molestaba conmigo, yo terminaba disculpándome para no complicarle la vida a Alejandro.
Pero esa noche no iba a protegerlo.
Carlos Cázares siguió hablando.
—Señora, detectamos que los cargos fueron realizados mediante una autorización digital vinculada a un usuario adicional. Antes de bloquear la tarjeta necesitamos confirmar si usted autorizó a su hijo, Alejandro Ibarra, para utilizarla.
El comedor quedó en silencio.
Yo miré a Alejandro.
Él se puso pálido.
—¿Qué usuario adicional? —pregunté.
—El sistema identifica el nombre de Alejandro Ibarra como usuario autorizado para operaciones digitales relacionadas con una cuenta familiar.
—Yo nunca lo
autoricé.
Mariana dio un paso hacia mí.
—Eso no significa que haya hecho algo malo.
—No te estoy hablando a ti.
—Señora, también necesitamos confirmar si usted autorizó la apertura o el uso de esa cuenta —dijo Carlos.
—No.
Alejandro se pasó una mano por la cara.
—Mamá, escucha…
—No. Ahora vas a escuchar tú.
Carlos me pidió que confirmara algunos datos. Contesté cada pregunta con la voz cada vez más fría.
No había abierto ninguna cuenta familiar.
Nunca había agregado a Alejandro como usuario autorizado.
Tampoco había permitido que mi tarjeta se asociara con otra cuenta.
—Señora —continuó el funcionario—, también aparece una solicitud previa para modificar los límites de operación. Esa modificación fue rechazada hace tres meses porque no se completó la verificación de identidad.
Me quedé helada.
—¿Quién hizo esa solicitud?
Hubo un breve silencio del otro lado.
—El usuario identificado era Alejandro Ibarra.
Lucía se llevó
una mano al pecho.
Mariana volteó hacia mi hijo.
—Alejandro, dijiste que tu mamá ya estaba enterada.
—Cállate —murmuró él.
—¿Me dijiste que ella había autorizado todo?
—¡Cállate!
Nunca había visto a mi hijo gritarle así.
—Carlos, bloquee la tarjeta —dije—. Y suspenda cualquier acceso adicional.
—Claro, señora.
—También quiero saber si hay más operaciones pendientes.
—Hay dos intentos rechazados esta tarde.
—¿De cuánto?
—Uno por veinticinco mil pesos y otro por dieciocho mil.
La habitación pareció hacerse más pequeña.
—¿En dónde?
—El primero fue en una tienda departamental. El segundo, en un establecimiento de servicios para eventos.
Mariana cerró los ojos.
—Eso no fui yo.
—¿Entonces quién?
Nadie respondió.
Carlos me explicó que tendría que acudir al banco al día siguiente para iniciar la aclaración de los cargos.
Antes de colgar, hizo una pregunta que me dejó sin aire.
—Señora, ¿también desea que revisemos las transferencias asociadas a la
cuenta familiar?
Miré a Alejandro.
—Sí.
Él dio un paso hacia mí.
—Mamá, no hagas eso.
—¿Por qué?
—Porque no sabes lo que estás diciendo.
—Precisamente por eso quiero saberlo.
—No es como parece.
—¿Cuánto dinero has movido?
Alejandro no contestó.
Mariana fue quien habló.
—No fue para nosotros.
—Entonces, ¿para quién?
—Para pagar algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—Deudas.
Lucía se levantó de la mesa.
—¿Deudas de quién?
Mariana apretó los labios.
Alejandro se dejó caer en la silla.
—Yo te lo iba a decir.
—¿Cuándo? ¿Después de gastar todo? ¿Después de vender la casa? ¿Después de que alguien me llamara para decirme que mi hijo estaba usando mis cuentas?
—No estamos vendiendo nada.
—Entonces dime la verdad.
Alejandro cerró los ojos.
—El departamento de San Pedro… tiene problemas.
—¿Qué problemas?
—La hipoteca está atrasada.
—¿Cuánto?
—No sé exactamente.
Mariana se volvió hacia él.
—¡Claro que sabes!
—¡No empieces!
—Yo te dije que no podíamos seguir cubriendo los pagos con préstamos.
—Tú fuiste quien pidió la tarjeta.
—Porque tú juraste que tu mamá iba a ayudarnos.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—¿Iban a pedirme ayuda o ya habían decidido tomarla?
Ninguno respondió.
Carlos seguía en la línea. Le indiqué que continuara con el bloqueo y colgué.
Alejandro se levantó otra vez.
—Mamá, yo no quería que esto pasara.
—Pero pasó.
—Mariana me dijo que solo iba a comprar los regalos.
—¿Y la cuenta familiar?
Él miró al suelo.
—La abrí hace meses.
—¿Con qué autorización?
—Pensé que no te iba a afectar.
—No te pregunté qué pensabas. Te pregunté cómo lo hiciste.
—Usé los datos que ya tenías registrados.
Mi hermana soltó una exclamación de indignación.
—Eso es un delito.
—¡No sabía que fuera a llegar tan lejos! —gritó Alejandro.
—Llegó a donde ustedes quisieron que llegara. Primero fue el dinero de la renta. Luego la escuela de tus hijos. Después el enganche del departamento. Y ahora una tarjeta que ni siquiera te presté.
Mariana empezó a llorar.
Pero sus lágrimas no me conmovieron.
Había llorado muchas veces antes: cuando le dije que no podía pagarle un viaje, cuando no quise comprarle un bolso, cuando le pedí que no opinara sobre mis cuentas.
Esa noche sus lágrimas parecían otra estrategia.
—Beatriz —dijo con voz temblorosa—, nosotros somos tu familia.
—Mi familia no me roba.
La palabra quedó suspendida entre nosotros.
Alejandro palideció todavía más.
—No nos llames así.
—¿Cómo quieres que lo llame? ¿Un error? ¿Un malentendido? ¿Una sorpresa navideña?
—Yo te voy a devolver el dinero.
—¿Con qué?
No supo qué responder.
—Vas a entregar el departamento —dije.
Mariana levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Si la deuda es tan grande, venderán el departamento y cubrirán lo que deben.
—¡No puede quitarnos nuestra casa!
—No es mi casa. Es de ustedes. Y precisamente por eso la pagarán ustedes.
Alejandro se acercó un paso.
—Mamá, por favor.
—No me digas por favor ahora. Me lo dijiste cuando necesitabas el enganche. Me lo dijiste cuando nació tu primer hijo. Me lo dijiste cuando te quedaste sin trabajo. Yo siempre estuve ahí.
—Y te lo agradezco.
—No. No me agradeces. Te acostumbraste.
Él abrió la boca, pero no encontró palabras.
Yo también había tardado años en aceptar esa verdad.
Había confundido el amor con la obligación de rescatarlo.
Mariana tomó su bolsa.
—Nos vamos.
—Tú te vas —dije—. Alejandro se queda.
—¿Perdón?
—Quiero hablar con mi hijo a solas.
—Soy su esposa.
—Y yo soy su madre. Esta es mi casa.
—Alejandro, vámonos.
Mi hijo no se movió.
La miró, luego me miró a mí.
Entonces dijo:
—Mariana, vete.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Me estás corriendo?
—Te estoy pidiendo que te vayas.
—Después de todo lo que hice por ti.
—Lo que hiciste fue usar la tarjeta de mi mamá.
—¡Porque tú me dijiste que podía!
Alejandro cerró los ojos.
Y ahí ocurrió algo que no esperaba.
Mariana dejó de llorar.
Y se rio.
Capítulo completado
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