—¿Y aun así me dejaste creer que yo era una carga para Alejandro?
Capítulo 5
—¿Y aun así me dejaste creer que yo era una carga para Alejandro?
Mi madre empezó a llorar otra vez.
—No sabía cómo salir de todo eso.
—Podías decirme la verdad.
—Tenía miedo.
Sentí una calma extraña.
—Yo también tenía miedo.
Renata abrió los ojos.
—¿Me odias?
La pregunta me atravesó de una forma que no esperaba.
Antes de aquella noche habría contestado que no.
Aunque fuera mentira.
Porque toda mi vida había aprendido a proteger a mi madre de las consecuencias de sus propias decisiones.
Esa noche ya no quería mentirle a nadie.
—No sé qué siento por usted.
El “usted” salió deliberadamente.
Renata lo entendió.
Se llevó una mano al pecho.
—Camila...
—No me llame así como si todavía pudiera hacerme regresar.
Se quedó inmóvil.
A nuestro alrededor, la familia comenzaba a deshacerse.
Mauricio discutía con el gerente porque su tarjeta no tenía suficiente crédito.
Mis primos hacían llamadas desde sus celulares.
Beatriz lloraba mientras le pedía explicaciones a Elisa.
Todos
estaban preocupados por los documentos.
Por sus cuentas.
Por sus propiedades.
Por el dinero.
Nadie preguntó si yo estaba bien.
Nadie excepto Esteban.
—¿Quieres salir de aquí?
Miré a Alejandro.
Durante años había imaginado ese momento.
Lo había visto en mi cabeza arrodillándose.
Suplicándome.
Admitiendo que me había destruido.
Pero cuando finalmente lo tuve frente a mí, expuesto, no sentí satisfacción.
Solo cansancio.
—No voy a denunciar a todos —dije.
Elisa frunció el ceño.
—Camila...
—A todos no. Solamente a quienes falsificaron documentos, desviaron dinero o participaron sabiendo lo que estaban haciendo.
Mi padre se quedó inmóvil.
—Eso incluye a Mauricio —continué—, a Beatriz y a usted.
Mi madre comenzó a negar con la cabeza.
—Yo no firmé nada.
—Pero encubriste todo.
—Yo no sabía de las cuentas.
—Sabías que Esteban estaba vivo.
—Eso no es un delito.
—No.
La miré.
—Pero sí es motivo suficiente para que no vuelvas
a buscarme.
Esteban me observó con una paciencia que yo no conocía.
—¿Y yo?
Su pregunta era distinta.
No exigía nada.
No me pedía que lo perdonara.
No esperaba una respuesta inmediata.
Observé sus manos.
Tenía los dedos manchados de tinta.
Igual que yo cuando trabajaba.
En la fotografía vieja, su sonrisa era idéntica a la mía.
Eso no significaba que fuera mi padre.
Pero tal vez, algún día, podía llegar a serlo.
—Podemos tomar un café.
Esteban sonrió por primera vez.
—Cuando tú quieras.
—No prometo perdonarte.
—No te voy a pedir que lo hagas.
—Y no voy a llamarte papá.
—Tampoco te lo voy a pedir.
Algo que había permanecido congelado dentro de mí desde la muerte de Clara comenzó a aflojarse.
Elisa empezó a recoger algunos documentos.
Luego se detuvo.
—Camila, hay otra cosa.
—¿Qué?
Sacó una última hoja del sobre de mi abuela.
—La señora Clara
dejó una cláusula adicional en el fideicomiso.
—¿Qué cláusula?
Elisa miró a los dieciséis miembros de mi familia.
—Si cualquiera de ellos intentaba reclamarle dinero, propiedades o pagos después de la muerte de Clara, la parte correspondiente de la herencia sería transferida a una fundación.
Fruncí el ceño.
—¿Qué fundación?
Me entregó la hoja.
Leí el nombre.
Fundación Clara Salazar para Mujeres que Quieren Irse.
Me quedé sin palabras.
—¿La creó para esto?
—La fundó hace tres años —respondió Elisa—, estaba esperando que usted decidiera qué hacer.
Esteban señaló una línea al final del documento.
—La primera aportación será la venta de la casa de Alejandro en Monterrey.
Mi padre perdió el color.
—No puedes hacer eso.
—Yo no voy a hacerlo.
Lo miré directamente.
—Lo hará la ley.
Alejandro golpeó el respaldo de una silla.
—¡Soy tu padre!
Toda la mesa volvió a quedarse en silencio.
Capítulo completado
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