Las seis semanas siguientes fueron incómodas.
Capítulo 4
Las seis semanas siguientes fueron incómodas.
Emily prácticamente dejó de hablarme, salvo cuando era absolutamente necesario.
Daniel, en cambio, empezó a encargarse de muchas de las cosas que antes simplemente aparecían hechas.
La ropa de los niños ya no amanecía mágicamente limpia y doblada.
Los platos no desaparecían solos del fregadero.
La despensa no se llenaba por arte de magia.
Daniel empezó a lavar.
A doblar ropa.
A preparar cosas para los niños.
Y poco a poco descubrió, con cierta vergüenza, cuántas tareas ocurrían todos los días sin que él se hubiera detenido alguna vez a pensar quién las hacía.
Compraron comida preparada varias veces.
Una tarde Michael me contó, muerto de risa, que su papá había metido dos suéteres a la lavadora y los había encogido.
Yo no me burlé.
Sólo sonreí.
Rosa volvió a llamarme.
Me contó que Emily estaba furiosa con ella porque había cuestionado la mentira de aquella cena.
—Es mi hija
y la quiero —me dijo—. Pero querer a alguien no significa fingir que todo lo que hace está bien.
Esa frase se me quedó grabada.
Daniel también empezó a visitarme solo.
Primero iba al hotel.
Después nos veíamos en cafeterías.
Al principio hablábamos únicamente de los niños.
Luego empezamos a hablar de cosas mucho más difíciles.
Una tarde, mientras él miraba fijamente su taza, me dijo:
—Yo sabía que Emily estaba siendo injusta contigo desde hace tiempo.
No respondí de inmediato.
—Entonces, ¿por qué nunca dijiste nada?
Daniel tardó unos segundos.
—Porque cada vez que intentaba decir algo, terminábamos peleando. Y pensé que tú podías aguantarlo mejor.
Aquella fue, probablemente, la respuesta más honesta que mi hijo me había dado en mucho tiempo.
Lo miré.
—Claro que podía aguantarlo, Daniel. Lo que nunca te preguntaste fue si debía hacerlo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Daniel empezó a llorar.
Sin
hacer ruido.
Sin intentar convertir esas lágrimas en una excusa.
Yo no me levanté inmediatamente a abrazarlo.
No porque hubiera dejado de quererlo.
Sino porque necesitaba que, por una vez, sintiera por completo el peso de lo que acababa de reconocer.
Al final de la sexta semana, Daniel y Emily encontraron una casa en renta a quince minutos de la mía.
Era más pequeña.
No tenía terraza.
La cocina era mucho menos bonita.
Los niños estaban tristes porque tenían que dejar sus habitaciones.
Daniel les explicó que a veces los adultos cambiaban de casa, pero que eso no significaba que fueran a perder a su abuela.
El día de la mudanza llegué temprano.
Emily estaba en la cocina guardando vasos dentro de una caja.
Durante unos segundos ninguna de las dos supo qué decir.
Después sacó una taza y me la extendió.
—Ésta es tuya.
La reconocí inmediatamente.
Era una
taza azul que Arturo me había regalado muchos años atrás.
La tomé con cuidado.
—Gracias.
Emily se quedó mirando la taza.
Después me miró a mí.
—Yo sí te hice sentir como si no fueras parte de la familia —dijo finalmente.
Esperé.
No añadió un “pero”.
Eso me sorprendió.
—Sí —respondí.
Sus ojos se humedecieron.
—Lo siento.
No corrí a abrazarla.
Tampoco le dije que no pasaba nada.
Porque sí había pasado.
Y fingir lo contrario sólo habría repetido el mismo problema.
—Espero que algún día podamos tener una relación diferente —le dije—. Pero no voy a volver a la relación que teníamos.
Emily asintió.
Nada más.
Y para ese día, fue suficiente.
Cuando finalmente se fue el camión de mudanza, la casa quedó extrañamente grande.
Entré a mi antiguo cuarto.
Abrí las cortinas.
Después caminé hacia la recámara principal.
La habitación que Daniel y Emily habían usado todos esos años.
Me quedé observando cómo entraba la luz por la ventana.
Esperé sentir culpa.
No la sentí.
Esa noche dormí ahí.
En mi casa.
No en “el cuarto de la abuela”.
No en el espacio que había quedado disponible para mí.
No en el rincón que alguien más había decidido prestarme.
En mi casa.
Capítulo completado
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