Arthur me miró.
Capítulo 4
Arthur me miró.
—Señor Blake. Su transporte lo espera.
Miré a Fiona por última vez.
No sentía rencor.
No sentía tristeza.
Solo un alivio inmenso.
—Espero que el satén sea cómodo, Beverly —dije—. Porque va a ser lo único que les quede cuando los alguaciles clausuren esa mansión.
Giré sobre mis talones.
Subí al Maybach.
Mi padre entró detrás de mí.
Arthur cerró la puerta.
El aislamiento acústico convirtió los gritos de Fiona, los sollozos de Beverly y el rugido de la tormenta en un murmullo lejano.
El convoy arrancó.
En la pantalla frente a mí aparecían alertas financieras:
MARTINEZ GLOBAL LOGISTICS EN SUSPENSIÓN DE PAGOS.
ORDEN DE DETENCIÓN PREVENTIVA CONTRA GEORGE MARTINEZ.
EL CONSORCIO HENDERSON REAPARECE TRAS VEINTE AÑOS DE SILENCIO.
Mi padre sacó un viejo pañuelo de tela y limpió sus gafas.
—Lo siento, muchacho. Sé que duele.
Tomé su mano.
—No lo sientas, papá. Me salvaste la vida. Otra vez.
Thomas Henderson sonrió.
—Para eso estamos los mecánicos, hijo. Para ajustar las tuercas flojas antes de que el motor reviente.
Luego habló hacia el intercomunicador.
—Arthur.
—¿Sí, señor Henderson?
—Desvía el convoy hacia South Boston. Quiero pasar por el taller antes de ir al aeropuerto.
Arthur titubeó.
—¿Qué necesita revisar en el taller a esta hora?
Papá bajó un poco la ventanilla.
—Dejé un compresor encendido.
Arthur guardó silencio.
—Y un Henderson nunca deja una máquina funcionando sin supervisión.
El convoy avanzó hacia el corazón industrial de South Boston.
Los rascacielos fueron dando paso a almacenes, grúas y ladrillo rojo.
Era el mundo donde yo había crecido.
El olor a gasóleo.
La herrumbre.
El puerto.
En el asiento delantero, Arthur habló:
—Nuestros equipos ya aseguraron el taller.
Levanté la cabeza.
—¿Aseguraron?
—Dos furgonetas sin distintivos de la división privada de Martinez intentaron acceder a la oficina.
Miré a mi padre.
—¿Qué buscaban?
Thomas abrió lentamente los ojos.
—La prueba de que George Martinez nunca fue el amo de nada.
Explicó que los documentos originales de los muelles demostraban que la familia Martinez jamás había comprado ciertos terrenos estratégicos.
Al fondo del callejón apareció el viejo letrero:
HENDERSON MOTORS.
El mismo portón.
La misma pintura levantada.
Pero esa noche había camionetas negras y hombres de seguridad rodeando el edificio.
Arthur abrió la puerta.
—Esperaremos afuera, señor.
Mi padre sacó su viejo llavero de latón.
Entramos.
El olor a aceite, caucho y metal me golpeó de inmediato.
Era mi infancia.
Las herramientas seguían ordenadas.
El viejo Chevrolet C10 continuaba sobre el elevador.
Y desde la parte posterior se escuchaba el compresor.
—Tenías razón —dije—. De verdad lo dejaste encendido.
Mi padre soltó una risa seca.
Caminó hacia un antiguo calendario cubierto de grasa.
Lo levantó.
Presionó algo detrás.
Un clic hidráulico resonó
bajo nuestros pies.
Una placa del suelo comenzó a desplazarse.
Debajo apareció una escalera de caracol.
Me quedé helado.
—¿Qué es esto?
Mi padre comenzó a bajar.
—El motivo por el que tu madre pudo morir en paz sabiendo que tú nunca tendrías que arrodillarte ante nadie.
Lo seguí.
Las luces se encendieron.
No era un sótano.
Era una bóveda blindada.
Pantallas.
Terminales de comunicaciones.
Mapas de infraestructuras alrededor del planeta.
Gas natural en Rotterdam.
Ferrocarriles australianos.
El canal de Panamá.
Puertos de Massachusetts.
En medio de todo aquello había una mesa de roble.
Dos tazas viejas.
Una cafetera italiana.
Exactamente iguales a las que mi padre usaba en casa.
Thomas se quitó el viejo saco gris que Beverly había llamado «basura» y lo colocó cuidadosamente sobre una silla.
—Siéntate, Blake.
Capítulo completado
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