El brazo de Leticia se extendió frente a Carmen justo cuando el fotógrafo levantaba la cámara.
Capítulo 1
El brazo de Leticia se extendió frente a Carmen justo cuando el fotógrafo levantaba la cámara.
—Mamá, hazte para allá, esta foto es de su familia.
Carmen se quedó inmóvil con el ramo de flores apretado contra el pecho. A su alrededor, el patio de la preparatoria seguía lleno de risas, abrazos y familias que buscaban el mejor lugar para tomarse una foto. Valeria, todavía con la toga negra y la estola dorada, volteó hacia su abuela con una expresión que pasó de la alegría a la incomodidad.
Carmen tardó un segundo en entender.
—¿Su familia, Leticia? Si yo la crié doce años.
Leticia soltó el aire por la nariz y miró al fotógrafo, como si su madre estuviera provocando un retraso innecesario.
—Y yo pagué todo. Cuidarla no te convierte en su madre.
El comentario cayó con una frialdad que dolió más que un grito.
Carmen sintió que los dedos le temblaban alrededor del papel que envolvía las flores. Doce años. Doce años levantándose antes
de las seis para preparar el desayuno de Valeria, peinándola para la escuela, ayudándola con las tareas, acompañándola al médico cuando se enfermaba y esperando despierta cuando la adolescente empezaba a salir con sus amigas.
Doce años reducidos a una transferencia mensual.
Carmen levantó la mirada.
—El dinero se manda, pero a una niña no se le cría por teléfono.
Por primera vez, Leticia no respondió de inmediato.
—Señora, ¿tomamos la foto? —preguntó el fotógrafo con cautela.
Leticia volvió a colocarse junto a su esposo, Ernesto, y rodeó a Valeria por la cintura.
—Sí, por favor.
Carmen dio un paso atrás.
Valeria no sonrió.
El fotógrafo tomó dos fotos antes de bajar la cámara.
—Otra, pero ahora sí sonrían.
Leticia apretó suavemente la cintura de su hija.
—Vale, sonríe.
Valeria obedeció apenas.
Carmen se apartó hacia una jardinera. Había comprado aquel ramo esa mañana porque las peonías rosadas eran las
flores favoritas de su nieta. También llevaba en el bolso una pequeña caja de terciopelo con una medalla que había pertenecido a su propia madre.
Había imaginado otro momento.
Valeria corriendo hacia ella.
Un abrazo.
Una fotografía juntas.
No aquello.
Cuando terminó la sesión, Leticia comenzó a saludar a otros padres como si nada hubiera ocurrido. Ernesto evitó mirar a Carmen.
Valeria se acercó a su abuela.
—Abue…
—Felicidades, mi niña.
Carmen le entregó el ramo.
Valeria lo recibió, pero en vez de mirar las flores miró directamente a los ojos de Carmen.
—Perdón.
—Tú no tienes por qué pedirme perdón.
—Sí tengo.
—Hoy es tu día. Disfrútalo.
Valeria bajó la voz.
—¿De verdad me cuidaste desde que tenía seis años?
Carmen sintió un pequeño golpe en el pecho.
—¿Qué quieres decir?
—Mamá siempre dice que tú me ayudabas porque ella trabajaba fuera.
Carmen miró hacia Leticia, que reía a
unos metros con otra pareja.
—Tu mamá tuvo que irse a trabajar.
—Eso ya lo sé. Pero dijo doce años como si… —Valeria tragó saliva—. Como si hubiera sido diferente.
Antes de que Carmen pudiera contestar, Leticia apareció.
—Valeria, nos están esperando para la comida.
Luego vio el ramo.
—¿Otra vez flores? No sé dónde vamos a meter tantas.
Valeria lo abrazó con más fuerza.
—Estas me las dio mi abuela.
—Sí, ya veo.
Leticia tomó a su hija del brazo.
—Vamos.
Valeria se soltó.
—Quiero una foto con mi abuela.
Leticia se quedó quieta.
—Luego se toman todas las que quieran.
—No. Ahorita.
El fotógrafo todavía estaba acomodando su equipo. Valeria lo llamó.
—¿Nos puede tomar una, por favor?
—Claro.
Valeria tomó a Carmen de la mano y la llevó al mismo lugar del que acababan de apartarla.
—Aquí, abue.
Carmen sintió un nudo en la garganta.
Leticia cruzó los brazos.
—Valeria, ya vámonos.
—Un minuto.
Valeria se quitó la estola dorada y la colocó sobre los hombros de Carmen.
—¿Qué haces? —preguntó Carmen.
—Tú también te graduaste hoy.
—¿De qué hablas?
Valeria sonrió con los ojos húmedos.
—De criarme.
El fotógrafo levantó la cámara.
Esta vez Carmen sí sonrió.
Cuando terminaron, Valeria le devolvió la estola a su lugar y la abrazó durante varios segundos.
Leticia observó la escena con el rostro endurecido.
En el estacionamiento, mientras caminaban hacia el restaurante, se acercó a Carmen.
—No vuelvas a hacer eso.
Carmen se detuvo.
—¿Hacer qué?
—Poner a Valeria en mi contra.
—Yo no le dije nada.
—No hacía falta. Te encanta hacerte la víctima.
Carmen la miró con cansancio.
—No necesito hacerme la víctima para recordar lo que pasó.
—Yo mandé dinero todos esos años.
—Nunca dije que no.
—Entonces deja de actuar como si yo hubiera abandonado a mi hija.
Carmen guardó silencio.
Eso pareció irritar todavía más a Leticia.
—Di algo.
—No aquí.
—¿Por qué? ¿Porque ahora resulta que hay cosas que no quieres decir enfrente de ella?
Carmen miró hacia Valeria, que caminaba unos metros adelante junto a Ernesto.
—Hay muchas cosas que nunca le dije precisamente porque es tu hija.
Leticia palideció.
—¿Qué cosas?
—Las que tú me pediste que callara.
La expresión de Leticia cambió por completo.
—Mamá…
—Durante doce años respeté tu decisión.
—No tienes derecho.
—No he dicho que vaya a contarle nada.
—Más te vale.
Carmen la sostuvo con la mirada.
—Pero Valeria ya tiene dieciocho años. Si algún día me pregunta directamente, no voy a mentirle.
Leticia abrió la boca, pero una voz las interrumpió.
—¿Mentirme sobre qué?
Ambas voltearon.
Valeria estaba detrás de ellas.
Y por la forma en que las miraba, estaba claro que había escuchado lo suficiente.
Capítulo completado
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