—No puedes correrme.
Capítulo 3
—No puedes correrme.
—No te estoy despidiendo todavía.
—¿Entonces?
—Estoy preservando pruebas.
Andrés soltó una risa amarga.
—No tienes valor para destruir al padre de tu hijo.
Valeria lo miró por primera vez con dolor.
—Tú llevas años usando a Mateo como escudo.
—Soy su padre.
—Eso también está en revisión.
La frase dejó a todos inmóviles.
Andrés frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Valeria cerró la carpeta.
—La sesión terminó para ti.
—¿Qué significa?
Dos guardias se acercaron.
—Licenciado Rivas, acompáñenos.
Andrés señaló a Valeria.
—¡Esto no se va a quedar así!
—No —respondió ella—. Apenas empieza.
Mientras Andrés era escoltado hacia el elevador, su teléfono comenzó a sonar.
Era doña Leonor.
—¡Andrés! —gritó ella en cuanto contestó—. Hay gente en el departamento. Dicen que van a embargar.
—Mamá, cálmate.
—¡También vinieron por mis tarjetas! ¿Qué le hiciste a esa mujer?
Andrés miró a Valeria a través de las puertas que comenzaban
a cerrarse.
—Todavía no sé.
Al regresar a la casa de Coyoacán encontró a su madre llorando frente a dos maletas abiertas.
—Nos tenemos que ir —dijo Leonor—. Valeria cambió los códigos de acceso.
—Ésta también es mi casa.
—Los abogados dicen que está a nombre de una sociedad de ella.
Andrés tomó el documento que Leonor agitaba.
La propiedad pertenecía a Santel Patrimonial desde antes del matrimonio.
—Me engañó —murmuró.
Valeria apareció en la escalera.
—Nunca te dije que la casa fuera tuya.
—Dejaste que todos creyeran que yo la había comprado.
—Tú eras quien lo decía.
—¿Por qué no me corregiste?
—Porque cada vez que presumías frente a tus amigos, yo esperaba que en algún momento sintieras vergüenza.
Doña Leonor avanzó hacia ella.
—Eres una víbora. Todo este tiempo te hiciste la pobrecita.
Valeria la miró con tranquilidad.
—Todo este tiempo intenté que su hijo no se sintiera
humillado por ganar menos que yo.
—¿Y ahora nos vas a echar?
—A usted sí. No vive aquí y lleva seis meses usando una tarjeta empresarial para gastos personales.
—¡Soy la madre de Andrés!
—Eso no es un puesto ejecutivo.
Leonor levantó la mano.
Andrés la detuvo antes de que golpeara a Valeria.
—Mamá, no.
Por un instante pareció que todavía quedaba algo de sensatez en él.
Pero después se volvió hacia su esposa.
—¿Qué dijiste sobre Mateo?
Valeria respiró hondo.
—No voy a hablar de eso delante de tu madre.
—Habla.
—No.
—¡Es mi hijo!
Mateo apareció al final de la escalera.
—¿Por qué gritas, papá?
Andrés se quedó inmóvil.
Valeria subió y tomó al niño de la mano.
—Ve a tu cuarto, amor.
—¿Nos vamos a separar?
Ninguno respondió.
Mateo miró a su padre.
—¿Ya no quieres a mi mamá porque gasta mucho?
La pregunta le atravesó el
pecho a Valeria.
Andrés abrió la boca, pero no encontró palabras.
—No es por eso —dijo finalmente.
—La abuela dice que mi medicina cuesta demasiado.
Doña Leonor se acomodó el cabello.
—Yo nunca dije eso.
—Sí dijiste. Dijiste que los niños enfermizos salen caros.
Valeria miró a su suegra con una frialdad nueva.
—Tiene una hora para salir de esta casa.
—¡No puedes correrme delante de mi nieto!
—Cincuenta y nueve minutos.
Después llevó a Mateo arriba.
Andrés pasó la noche en un hotel barato porque sus tarjetas habían sido congeladas y ninguno de sus amigos quiso prestarle el departamento.
A la mañana siguiente recibió una llamada de su abogado.
—Hay una denuncia penal en preparación.
—Valeria no se atrevería.
—No es sólo Valeria. La empresa detectó lavado de dinero, administración fraudulenta y uso de documentos falsos.
—Yo no falsifiqué nada.
—Tu firma aparece en los contratos.
—Mi equipo los preparaba.
—Entonces tendrás que demostrarlo.
—¿Y la casa? ¿El divorcio?
—Ella presentó una demanda.
—¿Por qué?
—Violencia económica, psicológica y patrimonial.
Andrés se rio con incredulidad.
—¡Ella es millonaria!
—La violencia económica no depende de que la víctima sea pobre. Hay mensajes donde usted amenaza con dejarla sin comida, transporte y atención médica.
—Era una discusión de pareja.
—También hay grabaciones.
Andrés recordó las cámaras de seguridad de la sala.
Sintió un sudor frío.
Durante los siguientes días, su caída se aceleró.
La camioneta fue recuperada por la empresa.
Su acceso a las oficinas fue revocado.
Los proveedores comenzaron a llamarlo exigiendo explicaciones.
Sus compañeros dejaron de contestarle.
Y doña Leonor, instalada temporalmente en casa de una prima, no hacía más que repetir que toda la culpa era de Valeria.
—Debiste ponerla en su lugar desde el principio —decía—. Las mujeres con dinero se vuelven soberbias.
—Ella siempre tuvo dinero, mamá.
—Entonces se casó contigo para humillarte.
—Me financió durante años.
—Para controlarte.
Andrés quería creerlo.
Era más sencillo imaginar a Valeria como una manipuladora que reconocer que él había construido su orgullo sobre el dinero de la mujer a quien despreciaba.
Una semana después, recibió un citatorio relacionado con la custodia de Mateo.
El expediente incluía una solicitud de prueba genética.
Andrés llamó a Valeria.
—¿Por qué pediste una prueba de paternidad?
—Porque necesito saber la verdad.
—¿Qué verdad?
—La que tú y tu madre ocultaron durante seis años.
Andrés guardó silencio.
—No sé de qué hablas.
—Tengo los expedientes médicos.
—¿Cuáles?
—Los de la clínica donde nació Mateo.
Andrés colgó.
Esa misma tarde fue a buscar a doña Leonor.
La encontró sentada en la sala, viendo una telenovela.
—Valeria sabe algo de Mateo.
Leonor bajó el volumen.
—¿Qué cosa?
—Pidió una prueba de ADN.
El rostro de la mujer se endureció.
—Esa desgraciada.
—Mamá, ¿qué hiciste?
—Nada.
—¡Dime la verdad!
Leonor miró hacia el pasillo para asegurarse de que nadie escuchaba.
—Sólo arreglé un problema.
—¿Qué problema?
—Tú no podías darle hijos.
Andrés sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—Eso es mentira.
—Después de aquella infección, el doctor dijo que era casi imposible.
—Valeria se embarazó.
—Porque pagué un procedimiento.
Andrés retrocedió.
—¿Qué procedimiento?
—No hagas drama. Al final tuviste al niño que necesitabas.
—¿De quién era el material genético?
Leonor no respondió.
—¿De quién?
—De un donante.
—¿Valeria lo sabía?
—Creía que era tuyo.
Andrés se llevó las manos a la cabeza.
—No manches, mamá.
—Lo hice por ti.
—Le mentiste.
—Te salvé el matrimonio.
—¿Quién era el donante?
Leonor apretó los labios.
—Eso no importa.
—¡Claro que importa!
—Era alguien sano, de buena familia.
Andrés la sujetó por los hombros.
—¿Quién?
Leonor se soltó.
—Tu hermano.
Capítulo completado
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