## PARTE 2 — La verdad sobre Valeria
Yo había visto a esa mujer una sola vez en mi vida.
Capítulo 2
## PARTE 2 — La verdad sobre Valeria
Yo había visto a esa mujer una sola vez en mi vida.
Hacía treinta y dos años, cuando mi esposo regresó de un viaje a Puebla con una niña de brazos y una explicación que nunca terminó de darme.
Me dijo que una señora había dejado a la bebé en una clínica. Que él conocía a la familia. Que la madre estaba enferma. Que solo se haría cargo unos días.
Pero los días se convirtieron en semanas. Las semanas, en meses. Y cuando pregunté por los padres de la niña, mi esposo me pidió que no hiciera preguntas.
—No quiero perderla —me dijo una noche.
Yo tampoco quería perderla.
Así que la crié como hija.
La niña se llamó Valeria.
Durante años pensé que mi esposo había rescatado a una bebé abandonada. Nunca imaginé que había otra mujer detrás de esa historia. Mucho menos que esa mujer seguiría viva y aparecería en mi cocina el día en que mi hija intentara quitarme
mi pensión.
—¿Quién es ella? —preguntó Mauricio, mirando a Valeria.
La mujer del suéter azul respondió:
—Soy su madre.
Valeria apretó los labios.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sé perfectamente lo que digo.
—Estás enferma.
—No. Estoy cansada.
La señora Beatriz fue la primera en reaccionar. Caminó hacia la recién llegada y la observó con una mezcla de espanto y reconocimiento.
—Marisela…
El nombre cayó en la sala como un plato roto.
Yo volteé hacia ella.
—¿Usted la conoce?
Beatriz bajó la mirada. Durante unos segundos pareció considerar la posibilidad de negar. Pero la mujer llamada Marisela dio un paso al frente.
—Me conoce desde antes de que Valeria naciera.
Mauricio miró a su madre.
—¿Mamá?
Beatriz se llevó una mano al pecho.
—Yo no sabía que iba a venir.
—Sí sabías —dijo Marisela—. Sabías que ella me había encontrado.
Valeria cerró los ojos.
Ahí entendí que todo aquello
no era una aparición improvisada. Mi hija había estado ocultando a su propia madre mientras intentaba quitarme el control de mi dinero y de mi casa.
—Valeria —dije—, explícame.
Ella se volvió hacia mí.
—No tienes nada que ver con esto.
—Estás en mi casa. Yo sí tengo que ver.
—Tú no entiendes.
—Entonces hazme entender.
Marisela caminó hasta la mesa. Miró el sobre que yo llevaba guardado en el cárdigan y después me miró a mí.
—Ella te dijo que estabas confundida, ¿verdad?
Sentí un escalofrío.
—Más de una vez.
—También te dijo que olvidabas cosas.
—Sí.
—Y que no podías manejar tu dinero.
—Sí.
Marisela asintió con tristeza.
—Eso lo aprendió de su padre.
Valeria soltó una risa seca.
—No metas a mi padre.
—Tu padre me dijo lo mismo cuando intenté recuperar a mis hijas.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Mis hijas.
Miré a Valeria.
Ella había palidecido.
—¿Tienes otra hija? —pregunté.
Marisela no apartó los ojos de ella.
—Valeria tiene una hermana gemela.
Mauricio dio un paso atrás.
—¿Gemela?
—Nacieron con pocos minutos de diferencia. Su padre se llevó a una y me dejó a la otra. Dijo que no podía mantenerlas, que yo estaba enferma y que las niñas necesitaban una vida estable.
—¿Y usted aceptó? —pregunté.
Marisela soltó una sonrisa sin alegría.
—No acepté nada. Me desmayé en la clínica. Cuando desperté, las niñas ya no estaban.
Valeria empezó a negar con la cabeza.
—Eso no es cierto.
—Tú lo sabes.
—Yo no sé nada.
—Sabes que me encontraste hace tres meses en Guadalajara. Sabes que hablamos. Sabes que me pediste que no viniera a esta casa.
La señora Beatriz miró a Valeria con horror.
—¿Tú la llevaste a Guadalajara?
—No fue así —respondió Valeria.
—Entonces dime cómo fue.
Valeria se quedó callada.
Mauricio la miraba como si acabara de descubrir que llevaba años viviendo con una desconocida.
Marisela se acercó a él.
—Tu esposa me buscó porque necesitaba dinero. Me dijo que su madre adoptiva estaba vieja, que la casa de Coyoacán podía venderse y que ella necesitaba recuperar lo que había gastado.
—Yo nunca dije eso —protestó Valeria.
—Me dijiste que la señora Teresa estaba perdiendo la razón.
Mi nombre en boca de aquella mujer me golpeó de una manera extraña. No me llamó mamá. No me defendió. Pero tampoco me trató como una carga.
—¿Por qué regresaste? —le pregunté.
Marisela me sostuvo la mirada.
—Porque Valeria me prometió que iba a darme una parte de la casa si la ayudaba a demostrar que usted no podía vivir sola.
Valeria levantó la voz.
—¡Eso no es verdad!
—Sí lo es.
—¡Tú querías dinero!
—Quería conocer a mi hija.
El silencio posterior fue más fuerte que cualquier grito.
Valeria miró hacia otro lado.
Mauricio se sentó lentamente. La señora Beatriz permaneció de pie, pálida, con la boca entreabierta.
Yo sentía que el piso se movía bajo mis pies.
Durante años había pensado que mi hija era fría porque había aprendido a sobrevivir. Había justificado sus mentiras, sus deudas y sus desplantes diciéndome que quizá yo no supe darle suficiente cariño.
Pero la mujer frente a mí acababa de revelar algo peor.
Valeria no se acercó a Marisela por amor.
La buscó para utilizarla.
—¿Qué querías que hiciera? —dijo Valeria de pronto—. ¿Que siguiera viendo cómo te aferras a una casa que ni siquiera puedes mantener?
—Yo la mantuve durante treinta y dos años —respondí.
—Y ahora no puedes.
—Puedo pagar mis gastos.
—¿Con ocho mil quinientos pesos? ¿Con tus medicinas? ¿Con tus achaques?
—Con mi pensión y con mi casa, que es mía.
—¡Precisamente! —gritó—. ¡Todo es tuyo! La casa, el dinero, los recuerdos… ¡Todo! ¿Y qué me queda a mí?
—Te queda lo que construyas tú.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no sentí compasión. Por primera vez entendí que sus lágrimas no siempre eran dolor; a veces eran una herramienta.
—Yo soy tu hija —dijo.
—Y por eso te perdoné demasiadas cosas.
—¿Perdonaste? ¿Qué me perdonaste?
—La tarjeta. El dinero que nunca regresaste. Las veces que me hiciste sentir incapaz. Las ocasiones en que hablaste de mí con los doctores como si yo no estuviera presente.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué doctores?
Valeria lo miró.
—No empieces.
—¿Qué doctores?
—Era una consulta, Mauricio.
Marisela cerró los ojos.
—Le dijiste a un médico que tu mamá olvidaba las cosas.
—¡Porque era cierto!
—No era cierto —dije—. Me confundí una vez con la fecha de una cita. Una vez.
—También dejaste la estufa prendida.
—La apagaste tú antes de que yo terminara de cocinar.
—Te perdiste en la colonia.
—Fui a la farmacia de la esquina.
—No podías regresar.
—Porque tú me cambiaste las calles de dirección mientras me esperabas para demostrar que estaba desorientada.
Mauricio se puso de pie.
—¿Eso hiciste?
Valeria no contestó.
La señora Beatriz caminó hasta su hijo.
—Mauricio, vámonos.
—No, mamá. Quiero escuchar.
—No tienes por qué meterte.
—Es mi esposa la que está haciendo esto.
—Es su familia.
—Y usted sabía algo.
Beatriz se quedó quieta.
El miedo que había visto en Valeria apareció también en su suegra.
—¿Qué sabía? —preguntó Mauricio.
Capítulo completado
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