Mi madre se dejó caer en la silla.
Capítulo 4
Mi madre se dejó caer en la silla.
—Yo no sabía que Lucía estaría afuera tanto tiempo.
La miré.
—Pero sabías que estaría afuera.
Silencio.
—Sabías que llegaría y no podría entrar.
—Quería que te llamara.
—Tenía doce años.
—Tú siempre llegas temprano.
—Ayer tuve junta.
—No lo sabía.
—Eso no importa.
Marissa empezó a caminar hacia el interior de la casa.
—Yo me largo.
Héctor la detuvo.
—No tan rápido.
—¿Ahora qué?
—La solicitud catastral.
Ella palideció.
—Eso no tiene que ver con esto.
—Puede tener mucho que ver.
La funcionaria levantó su carpeta.
—Si presentaron documentos atribuyéndose facultades de disposición que no tenían, tendremos que revisar firmas y declaraciones.
Marissa soltó:
—Mi mamá firmó.
Diane la miró horrorizada.
—Tú dijiste que era sólo una consulta.
—¡Porque si te decía la verdad no firmabas!
Otra bomba.
Mi madre abrió la boca.
—¿Qué verdad?
Marissa acababa de atraparse sola.
—¿Qué ibas a hacer con la casa? —pregunté.
Respiró
rápido.
—Sólo necesitaba capital.
—¿Qué ibas a hacer?
—Vender el jardín posterior.
—No puedes.
—Con la subdivisión sí.
—No tienes derecho.
—Creí que mamá era dueña.
Héctor negó con la cabeza.
—No. Sabías que existía una sucesión.
Marissa comenzó a llorar.
—Yo pensé que Elena no se enteraría.
Eso fue peor que cualquier insulto.
No dijo que creyera que estaba permitido.
No dijo que se hubiera confundido.
Dijo que pensó que yo no me enteraría.
El plan era sencillo.
Sacarnos.
Consolidar a mi madre como única ocupante.
Presentar la subdivisión.
Usar el terreno como garantía.
Y, si algo salía mal, yo aparecería cuando ya hubiera contratos firmados.
Me apoyé en la pared.
Marissa me miró.
—No quería lastimar a Lucía.
—Empacaste sus cosas.
—Mamá dijo que así entenderías.
—No.
Mi voz salió baja.
—Las dos sabían exactamente lo que estaban haciendo.
---
Durante los siguientes tres meses todo se deshizo.
El derecho vitalicio de mi madre fue formalmente extinguido.
No la puse en la calle.
Aunque legalmente podía iniciar el proceso.
Le di sesenta días para encontrar un departamento.
Pagados por mí.
Una última vez.
Pero con el contrato a su nombre.
Sin acceso a mis cuentas.
Sin tarjetas adicionales.
Sin “préstamos”.
Marissa tuvo que enfrentar una investigación por documentación falsa relacionada con la subdivisión.
Grupo Aranda se deslindó de ella en cuanto aparecieron los abogados.
Su supuesto desarrollo en Valle de Bravo era poco más que renders, promesas y deuda.
Vendió su coche.
Cerró su oficina.
Y por primera vez nadie de la familia corrió a rescatarla.
Lucía tardó mucho más en recuperarse.
Durante semanas se ponía nerviosa si yo llegaba tarde.
Una tarde me llamó desde la escuela.
—Mamá, ¿sí vas a venir?
—Claro.
—¿Segura?
Me rompió el corazón.
Fui cuarenta minutos antes.
Nos sentamos en una cafetería
de Prado Norte.
Ella pidió chocolate caliente.
—¿La abuela está enojada conmigo?
—No es tu responsabilidad.
—Pero si yo no hubiera tocado la cámara...
—Lucía.
Le tomé las manos.
—Nada de esto pasó porque tú tocaras una cámara. Pasó porque unos adultos tomaron decisiones crueles.
Asintió.
Después preguntó:
—¿Vamos a seguir viviendo ahí?
Miré por la ventana.
Yo ya no estaba segura.
La casa me dolía.
Cada pasillo tenía recuerdos.
Mi padre.
Mi infancia.
La noche de lluvia.
Las cajas.
Los gritos.
Pero también era la casa que él había intentado proteger.
—Sólo si tú quieres.
Lucía se quedó pensando.
—Quiero mi cuarto.
—Podemos cambiarlo.
—No.
—¿No?
—Quiero el mismo.
Sonrió un poquito.
—Pero quiero pintar una pared.
Me reí.
—¿De qué color?
—Morado.
—Híjole.
—¿Qué?
—Nada. Se ve que eres nieta de tu abuelo. Él también escogía colores horribles.
Lucía se rio.
Y por primera vez desde la tormenta sentí que quizá podíamos convertir aquella casa en nuestro hogar otra vez.
Capítulo completado
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