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MI HIJO LLEVÓ A UN AGENTE A VENDER MI CASA SIN PREGUNTARME, PERO OLVIDÓ QUIÉN ERA LA VERDADERA DUEÑA
Capítulo 5 / 7

Capítulo 5

EL DINERO QUE DESAPARECIÓ ANTES DE QUE INTENTARAN VENDER MI CASA

1047 palabras

Gabriel extendió los estados de cuenta sobre mi mesa.

No entendía todos los movimientos, pero sí reconocí un patrón.

Transferencias.

Ciento cincuenta mil.

Doscientos mil.

Noventa mil.

Algunas pequeñas.

Otras enormes.

—¿A dónde fueron?

—A una empresa llamada CF Consultoría.

—CF.

—Carolina Fuentes.

Levanté la mirada.

—¿Es de ella?

—Eso creo.

—¿No sabías que existía?

Negó con la cabeza.

Me costaba creerlo.

—Gabriel, ella era tu socia.

—Administraba las cuentas.

—¿Y nunca revisabas?

Se quedó callado.

La respuesta estaba clara.

—Yo conseguía clientes y supervisaba obras.

—Y ella controlaba el dinero.

—Sí.

—Entonces no fue solamente mala suerte.

—No.

Gabriel parecía destruido.

Pero yo recordé algo importante.

—Esto no borra lo que me hiciste.

—Lo sé.

—¿De verdad?

—Sí.

—Porque no quiero que ahora Carolina se convierta en la culpable de todo.

Me miró.

—Yo traje al agente.

—Sí.

—Yo acepté la idea de vender tu casa.

—Sí.

—Yo pensé que podía usar parte del dinero porque algún día

sería mío.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Y estuvo mal.

Era la primera vez que lo escuchaba decirlo sin añadir una excusa.

No lo abracé.

Todavía no.

—¿Qué vas a hacer?

—Denunciar.

—Entonces hazlo.

—Necesito un abogado.

—Busca uno.

Pareció sorprendido.

—¿Rafael no podría...?

—Rafael es mi abogado.

Gabriel asintió lentamente.

—Entiendo.

Por primera vez estaba poniéndole un límite sin sentir culpa.

Dos días después Carolina me llamó.

No contesté.

Volvió a llamar.

A la tercera vez atendí.

—¿Qué quieres?

—Necesito hablar contigo.

—Habla.

—En persona.

—No.

—Alicia, Gabriel cree cosas que no son ciertas.

—Entonces explícaselas a Gabriel.

—Tú eres la única persona que puede hacerlo entrar en razón.

Casi me reí.

—Hace un mes me llamaste egoísta.

—Estaba desesperada.

—Hace un mes preparabas la venta de mi casa.

—Nunca iba a dejarte sin nada.

Aquella frase me enfureció.

—Deja de hablar como si algo mío te perteneciera.

—No quise decir eso.

—Siempre dicen eso después.

Colgué.

Esa noche Gabriel me mandó un mensaje.

“No le des dinero a Carolina”.

No pensaba hacerlo.

Pero Carolina apareció al día siguiente.

Esperó fuera de la reja.

—Cinco minutos.

—No.

—Por favor.

La mujer que tenía enfrente ya no parecía la Carolina segura que había venido a decirme que vender mi casa era “la única salida”.

Tenía el cabello recogido sin cuidado.

Los ojos hinchados.

—Gabriel va a denunciarme.

—Eso es asunto de ustedes.

—No robé ese dinero.

—Entonces demuéstralo.

—Lo moví para protegerlo.

—¿Protegerlo de quién?

—De los acreedores.

La miré.

—¿A una empresa tuya?

—Era temporal.

—¿Dónde está?

Guardó silencio.

—Carolina.

—Parte se usó para pagar otras deudas.

—¿Y el resto?

—Invertí.

—¿En qué?

—Un proyecto.

—¿Sin decirle a Gabriel?

—Si funcionaba, recuperábamos todo.

—Pero no funcionó.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No.

Ahí estaba la verdadera historia.

No había una mente criminal brillante.

Había dos adultos desesperados tomando decisiones cada vez peores y justificándolas con la siguiente mentira.

—Entonces cuando perdiste ese dinero miraste mi casa.

—Necesitábamos tiempo.

—Miraste mi casa.

Carolina bajó la cabeza.

—Sí.

—¿Y pensaste que venderla arreglaría lo que hiciste?

—Pensé que podríamos devolverlo después.

—¿Devolverme qué? ¿Mi propia casa?

No respondió.

—Vete.

—Alicia, por favor.

—No.

—Gabriel podría meterme a la cárcel.

—Eso lo decidirán ustedes y sus abogados.

—Soy su esposa.

—Y yo soy su madre.

Me acerqué a la reja.

—Los dos usaron esas palabras para intentar obligarme a pagar por decisiones que yo no tomé.

Carolina comenzó a llorar.

—No tengo a dónde ir.

Por un instante sentí lástima.

Después recordé mi recámara fotografiada a escondidas.

El borrador de contrato.

Las preguntas sobre mi memoria.

—Busca ayuda, Carolina.

—¿Eso es todo?

—Eso es más consideración de la que tú tuviste conmigo.

Cerré la puerta.

Tres semanas después Gabriel perdió el departamento.

No pude evitar sentir dolor cuando me lo contó.

Era mi hijo.

Verlo caer no me daba satisfacción.

Pero tampoco pagué su deuda.

Rentó un pequeño departamento amueblado.

Consiguió trabajo supervisando obras para otra empresa.

Por primera vez en años no era dueño de nada.

Una tarde vino a verme.

Traía una caja.

—¿Qué es?

—Tus cosas.

Dentro estaban copias de documentos que había guardado.

Mi identificación.

El predial.

Fotografías.

Todo.

—Revisé mi computadora y mi correo.

—¿Ya no queda nada?

—Borré las copias y traje lo físico.

Tomé la caja.

—Gracias.

—Mamá...

—¿Sí?

—No vengo a pedirte que me perdones.

Aquello me sorprendió.

—Entonces ¿a qué vienes?

—A decirte algo.

Se quedó de pie frente a mí.

—Cuando papá murió, tú resolviste todo.

—Éramos los dos.

—No. Después de que murió.

Lo miré.

—Yo tenía diecisiete años.

—Lo sé.

—Y desde entonces cada vez que me metía en problemas pensaba que tú ibas a encontrar una solución.

No dije nada.

—Creo que nunca dejé de pensar así.

—Hasta los cuarenta.

Asintió.

—Hasta los cuarenta.

Sonrió tristemente.

—Cuando la empresa empezó a fallar, pensé que tú podías salvarme.

—Pero no me pediste ayuda.

—Porque sabía que quizá dirías que no.

—Entonces decidiste tomarla.

—Sí.

Sus ojos se humedecieron.

—Y cuando empecé a pensar en tu casa como mi herencia, dejé de verla como tuya.

Aquella confesión dolió.

Pero también fue la primera completamente sincera.

—Necesito tiempo, Gabriel.

—Lo sé.

—Mucho.

—Lo sé.

Se fue.

Pasaron meses.

Mi vida volvió poco a poco a la normalidad.

Hasta que recibí una llamada de Mauricio.

El agente.

—Señora Alicia, espero no molestarla.

—No.

—Tengo una pregunta un poco extraña.

—Dígame.

—¿Sigue sin intención de vender?

Miré alrededor de mi sala.

—Sí.

—Entiendo.

—¿Por qué pregunta?

—Porque alguien volvió a contactar nuestra oficina preguntando por la propiedad.

Mi corazón se aceleró.

—¿Gabriel?

—No.

—¿Carolina?

—Tampoco.

Me puse de pie.

—Entonces ¿quién?

Mauricio pronunció un nombre que no había escuchado en casi veinte años.

—Un señor llamado Esteban Mendoza.

Me quedé helada.

Esteban.

El hermano mayor de Ernesto.

Mi cuñado.

El hombre que después de la muerte de mi esposo desapareció de nuestras vidas.

—¿Qué quería?

—Dijo que existe un asunto pendiente relacionado con la propiedad.

—¿Qué asunto?

Mauricio dudó.

—Asegura que una parte de la casa también le pertenece.

Y justo cuando pensé que por fin había terminado de defender mi hogar de mi propio hijo, descubrí que la historia de aquella casa había empezado mucho antes que Gabriel.

Y que Ernesto se había llevado un secreto a la tumba.

Capítulo completado

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