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MI HIJO LLEVÓ A UN AGENTE A VENDER MI CASA SIN PREGUNTARME, PERO OLVIDÓ QUIÉN ERA LA VERDADERA DUEÑA
Capítulo 2 / 7

Capítulo 2

LA CARPETA QUE MI HIJO NUNCA QUISO QUE ENCONTRARA

1301 palabras

Gabriel se fue sin despedirse.

Lo vi cruzar el jardín desde la ventana de la sala, subir a su camioneta y cerrar la puerta con tanta fuerza que pude escuchar el golpe desde dentro.

Mauricio se había marchado unos minutos antes.

Yo seguía parada junto a la ventana con las llaves de Gabriel apretadas en la mano.

Tres semanas.

Mi hijo llevaba tres semanas hablando con un agente sobre la venta de mi casa.

No había sido una ocurrencia.

No había sido una conversación casual.

Había fotografías, una valoración y hasta una familia interesada.

Cerré la puerta con llave.

Por primera vez en años, no sentí alivio al escuchar el clic de la cerradura.

Sentí miedo.

No porque creyera que Gabriel fuera a hacerme daño.

Sino porque ya no sabía hasta dónde había llegado.

Subí a mi recámara y saqué del clóset una pequeña caja metálica donde guardaba documentos importantes.

La escritura estaba ahí.

También

los comprobantes del predial, documentos de Ernesto, estados de cuenta viejos y el testamento que había firmado seis años atrás.

Abrí la escritura.

Mi nombre aparecía claramente.

Alicia Mendoza Salazar.

Propietaria.

Nadie más.

Me senté en la cama.

Entonces recordé algo.

Dos meses antes, Gabriel me había pedido una copia de mi identificación.

Según él, la necesitaba para actualizar unos datos del seguro médico que pagábamos juntos.

Se la había dado sin pensarlo.

Era mi hijo.

¿Por qué habría desconfiado?

Tomé el celular.

Busqué nuestra conversación.

Ahí estaba.

“Mamá, mándame foto de tu INE por los dos lados”.

Más abajo:

“También necesito un comprobante de domicilio”.

Se lo había enviado.

Sentí frío.

Llamé a Mauricio.

Contestó después del tercer tono.

—¿Señora Alicia?

—Necesito preguntarle algo.

—Claro.

—¿Qué documentos le entregó Gabriel?

Hubo una pausa.

—Principalmente información general de la propiedad.

—¿Le dio documentos míos?

—Me envió una copia del predial

y algunos datos catastrales.

Cerré los ojos.

—¿Mi identificación?

—No a mí.

Aquellas tres palabras me inquietaron más.

—¿Qué quiere decir?

—Me comentó que estaban preparando la documentación con otra persona.

—¿Quién?

—No sé. Pensé que era un abogado o un notario.

Me puse de pie.

—Mauricio, necesito que me mande todo lo que Gabriel le haya enviado sobre mi casa.

—Señora...

—Todo.

—Sí. Se lo mando.

Cinco minutos después recibí un correo.

Había fotografías de mi fachada.

De mi jardín.

De la cocina.

De las recámaras.

Incluso de mi recámara.

Me quedé mirando esa última imagen.

La cama.

Mi buró.

Una fotografía de Ernesto.

Alguien había entrado a fotografiar el lugar donde yo dormía.

Y yo ni siquiera estaba enterada.

Pero había algo más.

Un archivo PDF.

“Proyección de venta”.

Lo abrí.

Valor estimado: 9.6 millones de pesos.

Debajo aparecía una lista.

Liquidación de gastos.

Compra de departamento para

Alicia: 2.4 millones.

Gastos notariales y comisión.

Remanente estimado: 6.4 millones.

Leí la última línea tres veces.

“Capital disponible para reinversión familiar”.

Reinversión familiar.

Así llamaba mi hijo a quedarse con el dinero de mi casa.

A las ocho de la noche sonó el timbre.

Miré la cámara de seguridad.

Era Carolina.

Mi nuera.

Abrí, pero no la invité a pasar.

—Buenas noches, Alicia.

—¿Qué quieres?

Carolina respiró profundamente.

—Gabriel llegó muy alterado.

—Me imagino.

—Creo que todos necesitamos calmarnos.

—Yo estoy perfectamente tranquila.

Intentó sonreír.

—Gabriel solamente quería ayudarte.

—¿Tú sabías lo del agente?

La sonrisa desapareció.

—Sabía que estaba investigando opciones.

—No pregunté eso.

Carolina bajó la mirada.

—Sí.

Aquello dolió.

—¿Desde cuándo?

—Unas semanas.

—Entonces también sabías que estaba enseñando mi casa.

—Alicia, la situación no es como parece.

—Qué curioso. Hoy todo el mundo me dice lo mismo.

Carolina cruzó los brazos.

—Esta casa es demasiado para una persona sola.

—Otra vez.

—¿Qué?

—La misma frase. ¿La ensayaron juntos?

—No tienes por qué hablarme así.

—Y tú no tienes por qué decidir dónde voy a vivir.

Carolina endureció el rostro.

Por primera vez desapareció la nuera conciliadora.

—Gabriel es tu único hijo.

—Eso ya me lo recordó.

—Todo lo que tienes algún día será suyo.

Ahí estaba.

Dicho claramente.

—Algún día.

Carolina me sostuvo la mirada.

—Exacto.

—Pero parece que ustedes tienen prisa.

Se quedó callada.

—¿Por qué necesitan dinero?

—No necesitamos dinero.

—Entonces explícame los seis millones cuatrocientos mil pesos.

Su cara cambió.

Solo un instante.

Suficiente.

—No sé de qué estás hablando.

Le mostré el celular.

—“Capital disponible para reinversión familiar”.

Carolina leyó la pantalla.

—Eso lo hizo Gabriel.

—¿Para qué?

—Pregúntale a él.

—Te lo estoy preguntando a ti.

Dio un paso hacia atrás.

—No vine a pelear.

—Viniste porque Gabriel está preocupado por lo que descubrí.

—Gabriel está preocupado por ti.

—Entonces dile que mañana voy a cambiar todas las cerraduras.

Carolina abrió mucho los ojos.

—Alicia...

—También voy a hablar con un abogado.

—Eso es ridículo.

—¿Por qué?

—Porque somos familia.

—Precisamente por eso.

Su expresión se volvió dura.

—Ten cuidado con lo que haces.

La miré sorprendida.

—¿Eso es una amenaza?

—Es un consejo.

—Pues yo tengo otro para ustedes.

Me acerqué a la puerta.

—Dejen de contar mi dinero antes de que me muera.

Carolina salió sin responder.

A la mañana siguiente llamé a la única persona en quien confiaba para asuntos legales.

El licenciado Rafael Ortega había trabajado con Ernesto durante años.

Cuando le expliqué lo ocurrido, dejó de interrumpirme.

—Alicia, necesito que vengas a mi despacho.

—¿Es tan grave?

—No quiero asustarte.

—Rafael.

Suspiró.

—Trae la escritura, tu identificación y cualquier documento que Gabriel haya manejado.

Llegué cuarenta minutos después.

Rafael revisó todo.

Al terminar, se quitó los lentes.

—La casa está completamente a tu nombre. Gabriel no puede venderla legalmente sin tu autorización.

Sentí alivio.

Pero duró poco.

—Entonces no hay problema.

—No dije eso.

Sacó una hoja que yo no reconocía.

—¿Qué es?

—Una solicitud de certificado de libertad de gravamen.

—No entiendo.

—Alguien empezó a reunir documentación para preparar una operación sobre la propiedad.

—¿Gabriel?

—No aparece su nombre.

—¿Entonces quién?

Rafael giró la hoja hacia mí.

Había un nombre escrito en la parte inferior.

Carolina Fuentes de Mendoza.

Mi nuera.

Sentí que se me secaba la boca.

—¿Carolina solicitó esto?

—Eso parece.

—¿Puede hacerlo?

—Solicitar información pública relacionada con una propiedad no significa que pueda venderla. Pero demuestra algo importante.

—¿Qué?

Rafael me miró fijamente.

—Esto no empezó hace tres semanas.

Señaló la fecha.

—La solicitud es de hace casi tres meses.

Tres meses.

Mucho antes del agente.

Mucho antes de que Gabriel me pidiera mi identificación.

—Rafael...

—¿Sí?

—Quiero saber exactamente qué están haciendo.

Él cerró la carpeta.

—Entonces tenemos que revisar todo.

Durante las siguientes dos horas rastreamos documentos, correos y movimientos.

Y justo cuando pensaba que ya había visto suficiente, Rafael encontró algo más.

Una consulta relacionada con un crédito.

El solicitante no era yo.

Era Gabriel.

Pero la dirección usada como respaldo era la mía.

—¿Puede hipotecar mi casa?

—No sin tu firma.

—Entonces ¿para qué hizo esto?

Rafael permaneció en silencio.

—Dímelo.

—Probablemente quería demostrar que tendría acceso futuro a un patrimonio.

—¿Para pedir cuánto?

Rafael miró la pantalla.

Su expresión cambió.

—Alicia...

—¿Cuánto?

Giró la computadora.

La cifra apareció frente a mí.

4,800,000 pesos.

Sentí que el aire desaparecía de la oficina.

—¿Mi hijo debe casi cinco millones?

—No sabemos todavía si se los prestaron.

—Pero los pidió.

—Sí.

Me quedé mirando aquella cifra.

De pronto los 6.4 millones que Gabriel esperaba obtener de mi casa tenían sentido.

No quería ayudarme a mudarme.

No quería simplificar mi vida.

Necesitaba mi casa para salvar la suya.

Mi celular vibró.

Era un mensaje de Gabriel.

“Mamá, tenemos que hablar antes de que hagas algo que destruya a esta familia”.

Lo leí dos veces.

Después levanté la mirada hacia Rafael.

—Creo que ya sé quién empezó a destruirla.

***Haz clic en el “PARTE 3” azul de abajo para leer la siguiente parte: 👉 PARTE 3 👈***

Capítulo completado

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