Mi nombre.
Capítulo 2
Mi nombre.
No contesté hasta la mañana siguiente.
—¿Mamá?
La voz de Adrián sonaba distinta.
—Hola, hijo.
—Necesito preguntarte algo.
—Pregunta.
—¿Qué es EG Patrimonial?
Cerré los ojos.
—Una sociedad mía.
Silencio.
—¿Tuya?
—Sí.
—No entiendo.
—¿Qué no entiendes?
—El banco dice que era garante de varios créditos.
—Lo era.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
No habló.
—Mamá…
—Sí.
—¿Tú pusiste dinero en mi empresa?
—Sí.
—¿Cuánto?
No respondí de inmediato.
—Lo suficiente.
—Necesito una cifra.
—A lo largo de los años, entre garantías, inmuebles y capital, aproximadamente treinta y dos millones de pesos.
El silencio fue tan largo que pensé que la llamada se había cortado.
—No.
—Sí.
—Eso es imposible.
—No.
—¿Por qué nunca me dijiste?
Ahí estaba la pregunta.
La que yo también me había hecho.
—Porque querías sentir que lo habías construido solo.
—Pero…
—Y yo quise dejarte creerlo.
Escuché su respiración.
—¿La casa también?
—Sí.
—¿Qué?
—La
casa pertenece a la sociedad.
—Pero está a mi nombre.
—El usufructo está a tu nombre.
No dijo nada.
—¿Y tú lo quitaste?
—No.
—Entonces ¿por qué el banco está diciendo que no podemos usarla como respaldo?
—Porque nunca fue tuya para usarla como respaldo.
La llamada terminó sin despedida.
Dos horas después, Verónica me llamó.
Esa llamada sí la contesté.
—¿Qué hiciste?
No saludó.
—Buenos días.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
—Estás destruyendo a tu propio hijo.
—No.
—Los bancos están cancelando todo.
—Están revisando riesgos.
—¡Porque retiraste las garantías!
—Sí.
—¿Por qué?
La pregunta me pareció increíble.
—Me echaste de una casa que no era tuya.
Silencio.
Después gritó.
—¡Eso no te da derecho a arruinar nuestra vida!
Yo bajé la voz.
—Verónica, yo no estoy quitándoles nada que les pertenezca.
—¡La empresa es nuestra!
—La operación sí.
—¡Entonces déjanos trabajar!
—Pueden hacerlo.
—¡No sin el dinero!
Ahí estaba.
Lo dijo.
No sin el dinero.
Respiré.
—Entonces quizá la empresa no era tan independiente como pensaban.
Colgó.
A partir de ahí, todo ocurrió rápido.
Adrián intentó conseguir nuevas garantías.
No pudo.
La empresa tenía demasiada deuda.
Durante años, cada crecimiento había estado sostenido por respaldo externo.
Mi respaldo.
Dos camiones fueron vendidos.
Luego cuatro.
Tuvieron que cerrar uno de los almacenes.
Verónica empezó a vender joyas.
Después un auto.
Luego el segundo.
La casa fue el siguiente problema.
No porque yo quisiera echarlos.
Porque Verónica había intentado hipotecarla meses atrás.
Eso violaba el contrato de usufructo.
Mi abogado me explicó que podía solicitar la restitución.
No lo hice de inmediato.
Esperé.
Adrián vino a verme.
Llegó solo.
La pensión donde yo vivía ya no me parecía triste.
Había plantas junto a la ventana.
La dueña me conocía por mi nombre.
Adrián entró y miró alrededor.
—¿Vives aquí?
—Por ahora.
Su cara cambió.
—Mamá…
—Si vienes a hablar de dinero, siéntate.
Se sentó.
—No vine solo por dinero.
Eso me dolió.
Porque significaba que sí venía por dinero.
—¿Qué quieres?
Se frotó las manos.
—La empresa está al borde.
—Lo sé.
—Si vuelves a respaldar las líneas, podemos salvarla.
—¿Podemos?
Me miró.
—Yo puedo.
—Entonces hazlo.
—No puedo sin ti.
Por primera vez en su vida, mi hijo dijo esa frase.
No puedo sin ti.
No sentí orgullo.
Sentí tristeza.
—¿Sabes qué fue lo peor?
—Mamá…
—No que Verónica me echara.
Bajó la mirada.
—Lo peor fue que tú estabas ahí.
—Yo no sabía—
—Sí sabías.
Me miró.
—Sabías que ella me estaba humillando.
—Pensé que necesitábamos espacio.
—¿Espacio?
—Todo estaba tenso.
—Entonces decidiste que la solución era que una mujer de sesenta y tres años saliera con una maleta.
Adrián cerró los ojos.
—Me equivoqué.
—Sí.
—Lo siento.
Lo miré durante mucho tiempo.
—¿Lo sientes porque perdiste las garantías?
Su rostro se quebró.
—No.
—Piénsalo antes de responder.
Eso hizo.
—No.
Respiró.
—Lo siento porque debí detenerla.
Por primera vez le creí.
No completamente.
Pero algo cambió.
—¿Qué vas a hacer?
preguntó.
—Con la empresa, nada.
—Mamá.
—No voy a volver a sostener una estructura que nunca aprendió a caminar sola.
—Se va a perder todo.
—Entonces quizá debió crecer más despacio.
Adrián empezó a llorar.
Nunca lo había visto hacerlo desde que era niño.
—Hay empleados.
Eso me detuvo.
Él sabía dónde tocar.
Pero también tenía razón.
Había ciento veinte familias.
Y yo no quería castigarlas por las decisiones de mi hijo.
—Te ayudaré con una condición.
Adrián levantó la mirada.
—La que sea.
—No digas eso.
Esperó.
—Voy a crear un fondo temporal para cubrir salarios y liquidaciones si la empresa tiene que reducirse.
—¿Y el negocio?
—El negocio tendrá que salvarse solo.
—Eso no es suficiente.
—Es lo único que tendrás.
No estuvo de acuerdo.
Pero aceptó.
Verónica no.
Capítulo completado
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