PARTE 3
Escuché la voz del hombre al otro lado, profesional, tranquila.
Capítulo 3
PARTE 3
Escuché la voz del hombre al otro lado, profesional, tranquila.
Me ofreció un equipo disponible para la mañana siguiente.
—A las ocho en punto, señora, si le parece bien.
—Me parece perfecto.
Colgué y dejé el teléfono sobre la mesita. Salí de la habitación y, en lugar de volver a mi cuarto, caminé hasta la recámara de invitados al final del pasillo. Entré, cerré la puerta detrás de mí y el clic del pestillo fue el sonido más claro que había escuchado en años.
El silencio que siguió al clic del pestillo era un universo nuevo. La recámara de invitados olía a naftalina, polvo y telas que nadie usaba. Tenía una colcha floreada que Sara compró en una barata, un crucifijo de plástico sobre la cabecera y una cómoda pequeña que siempre cojeaba un poco. Nunca me gustó ese cuarto. Era frío, sin alma, como un lugar donde se guardan visitas que nadie espera con verdadero cariño. Pero en ese
momento fue mi fortaleza, mi trinchera, el único lugar de mi propia casa donde la voz de Javier no podía alcanzarme del todo.
Escuché sus pasos pesados volver por el pasillo. Se detuvo frente a la puerta. Esperé el golpe, y llegó. No uno, sino tres, secos, autoritarios, como si llamara a un sirviente.
—Bernarda, ¿qué demonios haces? Abre la puerta.
No me moví. Estaba de pie en el centro de la habitación, con la mano todavía en el pomo. El dolor en mi vientre era una brasa encendida y cada respiración la avivaba. Me concentré en ese dolor. Era real, era mío, tenía una causa física, un principio y un fin. Podía manejarlo. El otro dolor, el que Javier había cultivado durante años, ese no tenía bisturí ni sutura. Ese había que cortarlo de raíz.
—Te estoy hablando. Abre ahora mismo.
Su voz subió de tono, rasgándose con incredulidad
y rabia. Caminé lentamente hasta la cama y me senté en el borde. El colchón era duro. Miré mis manos apoyadas en el regazo. Estaban temblando, pero no de miedo. Era adrenalina, esfuerzo, la fuerza de una decisión que llevaba años gestándose en el vapor de tres cafés distintos, en cada camisa planchada y en cada puntada invisible dada para remendar la vida de otros.
Afuera, el silencio. Javier debió cansarse de gritar, o quizá comprendió lo ridículo que se veía un hombre grandote amenazando a una puerta cerrada. Para él, el mundo era simple: él daba una orden y yo obedecía. Que esa ecuación fallara debía sentirse para su mente como si el sol se negara a salir. Me recosté con cuidado, apoyando la cabeza en almohadas tiesas. El plan no estaba completo, pero la primera pieza, la más importante, ya se había movido.
La llamada a la mudanza
no era una huida. Era una declaración. Tenía hasta las ocho de la mañana para ordenar lo que venía. Empecé a separar mis pensamientos como hilos de colores en una caja de costura. El hilo rojo: la casa era mía y de Roberto. La heredé de mis padres, y cuando nos casamos Roberto trabajó día y noche para ampliarla, para levantar el segundo piso y reforzar la estructura con sus propias manos. Cada ladrillo tenía sudor de nuestra juventud. En la escritura, guardada en una caja de metal al fondo de mi armario, aparecían nuestros nombres: Bernarda Ríos y Roberto Salcedo. En ninguna parte decía Javier. En ninguna parte decía Sara. Ese era el hecho central, la viga maestra sobre la que iba a sostener todo.
El hilo azul: Roberto. Mi Roberto. Él no podía hablar mucho, pero entendía todo. Sus ojos eran mi brújula. Sabía que había escuchado el grito de Javier. Sabía que su silencio no era indiferencia, sino una impotencia que lo consumía. Necesitaba hablar con él, pero no con muchas palabras. Necesitaba que su mirada me diera el permiso final.
El hilo negro: Javier y Sara. Tenía que enfrentarlos, pero no como ellos esperaban. No con gritos, reproches o lágrimas. Esa era su arena. Yo los enfrentaría en la mía: la de los hechos consumados, la calma implacable, la misma paciencia con la que había surcido el saco de Javier. No verían la aguja, no sentirían el hilo hasta que la tela ya estuviera unida de una forma que ellos no podrían romper.
El hilo dorado: mis cosas. No eran muchas, pero eran mías. Mi máquina de coser, mi caja de hilos y botones que había sido de mi madre, mis álbumes, la vajilla de porcelana que usábamos en Navidad, mis telas, mis patrones, mis fotos, y sobre todo mi bastidor de castigo. Lo quería conmigo. Era un recordatorio de que la tensión bien aplicada no destruye las cosas; las corrige.
Me quedé quieta hasta que escuché a Sara llegar. Su voz era un murmullo ansioso en la planta baja. Luego la voz de Javier, más baja, contándole su versión. Seguramente yo era la vieja exagerada, la enferma difícil, la madre que se había puesto dramática por nada. Escuché los pasos de Sara subir la escalera. Tocó suavemente.
—Mamá. ¿Estás bien? Javier me dijo que te sentiste mal.
La excusa perfecta. No era “Javier te gritó”. Era “te sentiste mal”. Siempre era mi cuerpo, mi edad, mi debilidad. Nunca la crueldad de ellos.
—Mamá, por favor, ábreme. Me estás asustando.
Su voz tenía preocupación, sí, pero mezclada con el fastidio de quien vuelve a encontrarse con un problema que no pidió. Giré la cabeza hacia la puerta.
—Estoy descansando, Sara —dije. Mi voz sonó más fuerte de lo que esperaba—. El médico dijo reposo.
Usé mis propias palabras, las que Javier me había escupido, y se las devolví. Hubo un silencio al otro lado.
—Pero la cena… Roberto…
—Hay comida en el refrigerador. Pueden prepararse algo. Necesito dormir.
Escuché un suspiro. Luego sus pasos se alejaron. Había ganado la primera escaramuza. Pequeña, sí, pero mía. Me había negado. Había dicho no, una palabra que había olvidado que existía en mi vocabulario.
Un par de horas después, la sed se volvió insoportable. Necesitaba tomar mi medicina. No podía quedarme encerrada para siempre. Me levanté despacio, apoyándome en los muebles. Cada paso era una negociación con mi cuerpo. Abrí la puerta. El pasillo estaba vacío. La luz del atardecer entraba por la ventana del fondo, tiñendo las paredes de un naranja triste. Abajo, el televisor seguía encendido. Oía ruidos de cocina, platos, cubiertos, el murmullo tenso de Sara.
Bajé la escalera peldaño por peldaño, agarrándome a la barandilla con ambas manos. Mis piernas flaqueaban. Cuando llegué al último escalón, vi a Javier sentado en la mesa del comedor, con un plato de huevos revueltos delante. Me vio y su rostro se endureció. Dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco.
—Ah, la reina decidió honrarnos con su presencia.
No le contesté. Pasé por su lado sin mirarlo y entré en la cocina. Sara estaba frente a la estufa. Se giró al oírme. Tenía los ojos enrojecidos.
—Mamá, yo…
—Vengo por agua y por mi medicina —la corté con una tranquilidad que no parecía mía.
Fui al armario, saqué un vaso, lo llené con agua del garrafón. Mis movimientos eran lentos, deliberados. Sentía los ojos de ambos clavados en mi espalda. Abrí el cajón donde guardaba mis pastillas, saqué una y me la tomé. Javier se levantó y entró en la cocina. Se apoyó en el marco de la puerta, bloqueando la salida con ese gesto de dueño, de hombre acostumbrado a ocupar el espacio sin pedir permiso.
—No creas que esto se va a quedar así —dijo en voz baja, para que solo yo lo oyera—. Vives bajo mi techo, ¿entiendes? Bajo mis reglas.
Me giré para mirarlo. Lo miré a los ojos. No había rabia en mi mirada. Tampoco miedo. Solo una calma infinita.
—Te equivocas, Javier —dije suavemente—. Tú vives bajo el mío.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.