El abogado de Rubén entregó un último sobre.
Capítulo 4
El abogado de Rubén entregó un último sobre.
—Esto fue recibido esta mañana, señoría.
—¿Qué contiene?
—Una declaración firmada por el notario que certificó la falsa compraventa.
David se levantó.
—Ese documento no estaba en el expediente.
—Fue incorporado con carácter urgente —respondí—. Su defensa fue notificada hace una hora.
—Yo no recibí nada.
Su abogado revisó el teléfono.
—Sí recibimos la notificación.
David lo miró con desesperación.
Abrí el sobre.
El notario admitía haber aceptado dinero para alterar fechas y ocultar el testamento.
También afirmaba que David había sido el autor intelectual del esquema.
Clara se dejó caer en la silla.
—Me dijiste que nadie hablaría.
Fue una frase baja.
Casi un susurro.
Pero el micrófono frente a ella estaba encendido.
Todos la escucharon.
David la miró con odio.
—Cállate, Clara.
Ella empezó a reír.
No era una risa alegre.
Era la risa de alguien que acababa de comprender que su marido planeaba dejarla sola cargando con
todos los delitos.
—Eso ibas a hacer, ¿verdad? —preguntó—. Todo está a mi nombre porque pensabas echarme la culpa.
David no respondió.
—¡Por eso pusiste la empresa a mi nombre!
—Señora Montes —dijo su abogado—, guarde silencio.
—No. Quiero saber.
Golpeó la mesa con la palma.
—Él manejaba todo. Yo sólo firmaba lo que me llevaba.
—¿También firmó la solicitud para desalojar a una mujer embarazada? —preguntó el abogado de Rubén.
Clara miró a Marisol.
Por primera vez pareció verla como un ser humano.
—Yo… sí.
—¿También pidió tres millones de pesos por daños inexistentes?
—David dijo que era una estrategia.
—¿Y también fue una estrategia empujar a la jueza contra una pared?
Clara bajó la mirada.
La sala permaneció en silencio.
Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
El alguacil se acercó al estrado y me entregó una nota.
La leí.
Después miré a mi hijo.
—Licenciado Vargas, antes de
resolver las medidas solicitadas, debe saber que la Fiscalía acaba de ejecutar una orden de cateo en su despacho.
David se puso rígido.
—¿Qué?
—Encontraron los testamentos originales y los sellos utilizados para falsificar las escrituras.
—Eso es imposible.
—También encontraron una caja fuerte.
Clara lo miró.
—¿Qué había dentro?
No respondí de inmediato.
Observé a David.
Mi hijo ya no parecía un abogado elegante.
Parecía el niño que rompía algo y escondía las manos detrás de la espalda.
—Había pasaportes —dije—. Dinero en efectivo y boletos de avión.
Clara frunció el ceño.
—¿Boletos para quién?
El alguacil me entregó otra hoja.
Sentí un escalofrío.
—Uno estaba a nombre de David Vargas.
—¿Y el otro?
Miré a la mujer sentada en la segunda fila.
Hasta ese momento había permanecido en silencio, con lentes oscuros y un pañuelo azul cubriéndole el cabello.
Se levantó.
Se quitó los lentes.
Clara soltó un
grito.
—¡Lorena!
La mujer era la hermana menor de Clara.
Había vivido con ellos durante casi un año, supuestamente porque atravesaba una separación difícil.
Lorena comenzó a llorar.
—Perdóname.
Clara se llevó una mano al pecho.
—¿Tú y David?
Lorena asintió.
—Nos íbamos el viernes.
El rostro de Clara se deformó.
—No puede ser.
—Él dijo que tú asumirías la culpa por la empresa y que, cuando empezara la investigación, nosotros ya estaríamos fuera del país.
La sala estalló en murmullos.
David cerró los puños.
—No sabes lo que estás diciendo.
Lorena sacó un teléfono.
—Tengo todos los mensajes.
Capítulo completado
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