Diez minutos después, la Sala 4B estaba llena.
Capítulo 2
Diez minutos después, la Sala 4B estaba llena.
David se encontraba junto a Clara en la mesa principal. Él se veía pálido. Ella mantenía una sonrisa satisfecha y hablaba en voz baja con su abogado.
En la otra mesa estaba sentado un hombre de unos cincuenta años, vestido con una camisa sencilla y un saco gastado. Junto a él había una muchacha embarazada con los ojos enrojecidos.
Los reconocí de los expedientes.
Rubén Salazar.
Y su hija, Marisol.
El alguacil abrió la puerta lateral.
—Todos de pie.
Las sillas rechinaron al mismo tiempo.
Clara levantó la vista con indiferencia.
Entonces me vio entrar con la toga negra sobre los hombros, caminando directamente hacia el estrado.
El color desapareció de su rostro.
David abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
Me senté.
Acomodé los documentos frente a mí.
Miré la sala entera.
—Pueden sentarse.
Nadie se movió durante un segundo.
Luego el abogado de Clara tiró una pluma.
David seguía mirándome como si acabara de aparecer un fantasma.
—Se abre la audiencia correspondiente al expediente 4187/26 —dije—, relacionado con la demanda de desalojo, fraude contractual y presunta falsificación de documentos promovida por la señora Clara Montes de Vargas y el licenciado David Vargas contra el señor Rubén Salazar.
Clara se inclinó hacia su abogado.
—Esto no puede ser legal —susurró.
La escuché.
—Señora Montes, puede dirigirse a este tribunal cuando se le conceda la palabra.
Su abogado se puso de pie.
—Señoría, con todo respeto, desconocíamos que existiera una relación familiar directa entre usted y una de las partes.
—El tribunal fue notificado de esa relación —respondí—. Ambas partes firmaron hace tres semanas un documento aceptando que yo presidiera la audiencia preliminar debido a la urgencia del asunto y a que ninguna objeción fue presentada.
Miré a David.
—El licenciado Vargas firmó personalmente.
Mi hijo bajó la vista
hacia sus papeles.
Clara se volvió hacia él.
—¿Tú sabías?
—No sabía que era ella —murmuró.
—¿Cómo que no sabías que tu madre era jueza?
Varios asistentes voltearon sorprendidos.
Yo llevaba once años ejerciendo como jueza civil.
David lo sabía.
Lo que Clara no sabía era que, durante todos esos años, **mi hijo había permitido que ella creyera que yo era una jubilada que vivía de una pensión modesta**.
Yo había estudiado Derecho siendo viuda y madre de un adolescente.
Lo hice de noche.
A veces en la mesa de la cocina.
A veces en el camión.
A veces durante los descansos de la fábrica donde trabajaba.
Primero fui secretaria judicial.
Después actuaria.
Luego defensora pública.
Finalmente, a los cincuenta y nueve años, fui nombrada jueza.
Nunca necesité presumirlo.
David, en cambio, parecía avergonzarse de mi historia.
Cuando conoció a Clara, le dijo que yo había sido “empleada de oficina”.
No era completamente falso.
Sólo era una verdad mutilada.
—Procederemos —dije.
El caso parecía sencillo.
Clara afirmaba haber comprado un edificio de seis departamentos en el centro de Monterrey. Rubén Salazar era el encargado del inmueble y vivía con su hija en una vivienda pequeña situada en la parte trasera.
Según Clara, Rubén se negaba a abandonar el lugar después de que su contrato había terminado.
También lo acusaba de falsificar recibos y apropiarse de rentas.
David representaba legalmente a su esposa.
Yo había leído cada página del expediente.
También había encontrado demasiadas contradicciones.
—Licenciado Vargas —dije—, presente su argumento inicial.
David se puso de pie.
Su voz tembló al principio.
—Señoría, la señora Montes adquirió legalmente el inmueble hace nueve meses. El señor Salazar se ha negado a entregar la posesión y ha retenido pagos de los inquilinos. Solicitamos el desalojo inmediato y la reparación de daños por un monto de tres millones de pesos.
Rubén apretó los puños.
Marisol tomó la mano de su padre.
—¿Cuenta con la escritura original? —pregunté.
David levantó una carpeta.
—Sí, señoría.
—Entréguela.
El secretario recibió el documento y lo llevó hasta mí.
Clara se recargó en su silla, recuperando poco a poco la sonrisa.
Ella pensaba que la toga cambiaría mi obligación.
Pensaba que, por ser mi nuera, yo buscaría alguna manera de protegerla.
No entendía que la ley no era una cena familiar donde alguien podía ordenar quién se sentaba y quién debía quedarse callado.
Revisé el documento.
—La escritura indica que la señora Montes adquirió el inmueble por cinco millones ochocientos mil pesos.
—Correcto —dijo David.
—¿Cómo se realizó el pago?
—Transferencia bancaria.
—¿De qué cuenta?
Él dudó.
Clara intervino:
—De una cuenta privada.
—No le concedí la palabra.
Apretó la mandíbula.
David revisó sus notas.
—Una cuenta de inversión.
—¿A nombre de quién?
—De mi esposa.
Tomé otro documento.
—La cuenta que aparece registrada pertenece a Desarrollos del Norte, una sociedad creada hace once meses.
—Es una empresa de Clara —dijo él.
—La señora Montes figura como administradora. Sin embargo, el beneficiario final de la cuenta no es ella.
David se quedó inmóvil.
—¿Quién es? —preguntó el abogado de Rubén.
Levanté la vista.
—El licenciado David Vargas.
Un murmullo cruzó la sala.
Clara volteó hacia mi hijo con los ojos abiertos.
—¿Qué significa eso?
David se puso de pie.
—Debe tratarse de un error administrativo.
—No lo es —respondí—. El registro bancario fue confirmado ayer.
Clara jaló la manga de su esposo.
—Me dijiste que la empresa estaba completamente a mi nombre.
—Cállate —susurró él.
Yo golpeé suavemente con el mazo.
—No se comunicarán entre ustedes mientras el tribunal esté hablando.
Miré a Rubén.
—Señor Salazar, explique por qué afirma que el inmueble nunca fue vendido legalmente.
Rubén se levantó.
Tenía las manos callosas y una manera cuidadosa de pronunciar cada palabra.
—Porque el dueño era mi hermano, señoría. Arturo Salazar. Murió hace un año. Antes de morir hizo un testamento donde dejó el edificio a mi hija Marisol.
La joven embarazada bajó la cabeza.
—¿Cuenta con ese testamento?
—Sí. Pero desapareció de la notaría después de su muerte.
—¿Quién atendió el trámite sucesorio?
Rubén miró a David.
—Él.
Sentí un peso oscuro en el pecho.
Yo ya conocía esa respuesta por el expediente.
Pero escucharla en voz alta fue diferente.
—El licenciado Vargas era abogado de su hermano.
—Sí, señoría. Don Arturo confiaba en él.
David se levantó de golpe.
—Esta acusación es absurda.
—Siéntese.
—Pero, mamá…
La sala entera quedó en silencio.
Lo miré fijamente.
—En este tribunal soy **Su Señoría**.
Mi hijo se sentó despacio.
Clara lo observaba con rabia.
Capítulo completado
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