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MI HIJO VINO AL HOSPITAL POR EL SEGURO, PERO YO LLEVABA MESES FINGIENDO NO SABER LA VERDAD
Capítulo 3 / 7

Capítulo 3

LA MUJER QUE USÓ EL NOMBRE DE ROCÍO

1618 palabras

Rocío no quería escuchar otro nombre.

Durante los últimos veinte minutos había descubierto que su hermano tenía deudas que nadie conocía, que había usado la casa de Cuernavaca como si fuera parte de su patrimonio y que una copia alterada de la póliza de su madre lo mostraba como único beneficiario.

Ya era demasiado.

Pero Elena seguía mirando el teléfono de Arturo.

—¿Quién? —preguntó Rocío.

Su madre humedeció los labios.

—Patricia.

—¿La esposa de Héctor?

Arturo no reaccionó.

—¿Por qué ella? —insistió Rocío.

—Porque hace cuatro meses me preguntó algo que en ese momento me pareció extraño.

Elena recordó una comida familiar. Patricia había llegado con flores, había ayudado a recoger los platos y, mientras Héctor hablaba por teléfono en el patio, se había sentado junto a ella.

“Señora, usted ya dejó todo arreglado, ¿verdad?”

Elena había pensado que hablaba del testamento.

Le respondió que sí.

Entonces Patricia preguntó:

“¿Y los seguros también?”

—¿Qué le dijiste?

—preguntó Rocío.

—Que esas cosas eran privadas.

—¿Y luego?

—Cambió de tema.

Arturo cruzó las manos.

—Eso no prueba nada.

—Ya sé —dijo Elena—. Pero hay más.

Dos semanas después de aquella comida, Patricia llamó para pedirle a Elena una copia de su identificación. Dijo que Héctor estaba reuniendo documentos para actualizar unos datos de emergencia familiares.

Elena no se la mandó.

—¿Se lo dijiste a Héctor?

—Sí.

—¿Qué dijo?

—Que Patricia se había confundido.

Rocío se levantó y caminó hasta la ventana.

—Esto cada vez se pone peor.

—Por eso necesitamos separar sospechas de hechos —dijo Arturo—. Tenemos documentos inconsistentes. Tenemos una solicitud de crédito. Tenemos información sobre la casa. Pero todavía no sabemos quién preparó cada papel ni cómo obtuvo Héctor ciertos datos.

—Entonces hay que preguntárselo.

—Si lo haces ahora, probablemente negará todo y sabrá exactamente qué documentos conocemos.

Rocío se volvió.

—¿Y qué propones? ¿Seguir actuando

como si nada?

Elena respondió:

—Sí.

—Mamá.

—Solo un poco más.

Rocío la miró incrédula.

—Llevas seis meses haciendo eso.

—Y hoy funcionó. Héctor vino creyendo que yo estaba demasiado débil para enterarme de nada.

—¿Quieres tenderle una trampa?

—Quiero que diga la verdad cuando crea que mentir todavía le sirve.

Arturo intervino.

—No necesitamos provocarlo ni engañarlo con documentos falsos. Basta con no revelarle lo que ya sabemos y conservar cualquier mensaje que envíe.

Rocío tomó su celular.

Tenía tres mensajes nuevos.

El primero era de Héctor:

“¿Ya se despertó?”

El segundo:

“Pregúntale por la carpeta azul.”

El tercero:

“Y no le metas ideas, Rocío.”

Rocío enseñó la pantalla.

Elena señaló el segundo mensaje.

—No tengo ninguna carpeta azul.

—¿Seguro?

—Completamente.

Arturo frunció el ceño.

—Entonces quizá cree que existe.

Rocío escribió una respuesta, pero Elena la detuvo.

—Dile que encontraste una carpeta.

—¿No acabas de decir que no

quieres engañarlo?

—No le digas qué contiene. Solo que encontraste una.

Arturo pensó unos segundos.

—Eso puede servir para saber qué documento busca, siempre que no inventemos contenido.

Rocío escribió:

“Encontré una carpeta. ¿Qué necesitas exactamente?”

La respuesta llegó casi de inmediato.

“La hoja donde aparecen los beneficiarios.”

Los tres se miraron.

Rocío sintió rabia.

—Ni siquiera intenta disimular.

Otro mensaje apareció:

“Necesito verificar que esté actualizada.”

Elena cerró los ojos.

—Pregúntale por qué.

Rocío obedeció.

Héctor tardó más esta vez.

“Porque mamá me pidió hace tiempo que me encargara.”

Elena abrió los ojos.

—Eso es mentira.

Rocío tomó una captura.

—Ya la guardé.

Arturo asintió.

—Bien.

El celular volvió a sonar.

“Si no la encuentras, mañana paso por la casa.”

Elena se incorporó un poco.

—No.

—¿Qué pasa?

—En mi casa hay documentos que no quiero que toque.

—Entonces cambio la cerradura hoy.

—Ya la cambié.

Rocío la miró sorprendida.

—¿Cuándo?

—Hace dos meses.

—¿Y Héctor?

—No lo sabe.

Por primera vez, Rocío entendió la magnitud de lo que su madre había estado haciendo en silencio. Elena no había permanecido quieta. Había cambiado accesos, hablado con el banco, consultado a Arturo y guardado copias.

—Mamá, estabas preparándote para esto.

—Estaba esperando equivocarme.

—¿Y todavía crees que puedes estar equivocada?

Elena miró la copia alterada de la póliza.

—Quisiera.

Arturo recibió una llamada. Se alejó unos pasos y contestó en voz baja.

Cuando regresó, su expresión había cambiado.

—La persona de la financiera aceptó hablar conmigo mañana.

—¿Quién es? —preguntó Rocío.

—Se llama Sergio Molina. Revisó la solicitud de Héctor.

—¿Puede confirmar quién entregó los documentos?

—Eso espero.

Elena se tensó.

—Quiero estar presente.

—No deberías salir del hospital.

—Entonces que venga.

Arturo negó.

—No quiere acercarse al hospital.

—¿Por qué?

—Porque teme que Héctor se entere de que está hablando.

Rocío cruzó los brazos.

—¿Qué hizo Héctor para que le tenga miedo?

—No lo sé.

Esa noche, Arturo se fue con copias de los mensajes. Rocío se quedó con Elena.

A las nueve, una enfermera llevó medicamentos. A las diez y media, Elena finalmente se quedó dormida de verdad.

Rocío apagó la luz principal y se acomodó en el sillón.

No pudo dormir.

A las once con doce, su celular vibró.

Un número desconocido.

“¿Eres Rocío?”

No respondió.

Llegó otro mensaje.

“Soy Sergio. Arturo me dio tu número por si pasaba algo.”

Rocío se incorporó.

“¿Qué pasó?”

La respuesta tardó.

“Tu hermano vino a buscarme.”

Rocío sintió un vuelco.

“¿Hoy?”

“Hace una hora.”

“¿Qué quería?”

“Que destruyera su expediente.”

Rocío miró a Elena.

“¿Lo hiciste?”

“No.”

“¿Sabe que hablaste con Arturo?”

“No se lo dije.”

“¿Entonces por qué fue?”

“Porque alguien le avisó que estaban revisando su solicitud.”

Rocío escribió:

“¿Quién?”

Sergio respondió:

“No sé.”

Después llegó otro mensaje.

“Pero hay algo que Arturo todavía no sabe.”

Rocío esperó.

“Cuando Héctor presentó los papeles, no vino solo.”

El corazón le latió más rápido.

“¿Con Patricia?”

Tres puntos aparecieron en la pantalla.

Desaparecieron.

Volvieron.

“No.”

Rocío se quedó mirando.

“¿Entonces con quién?”

Sergio tardó casi un minuto.

“Con una mujer que se presentó como familiar de Elena.”

Rocío miró a su madre dormida.

“¿Nombre?”

“Dijo llamarse Rocío.”

Rocío dejó caer el teléfono sobre sus piernas.

Lo recogió de inmediato.

“Yo nunca fui.”

“Lo sé ahora.”

“¿Cómo era?”

Sergio describió a una mujer de unos cuarenta años, cabello oscuro, lentes grandes, estatura mediana.

Demasiado genérico.

“¿Tienen cámaras?”

“Había. No sé si todavía guardan grabaciones de esa fecha.”

“Consíguelas.”

“Eso intentaré mañana.”

Rocío guardó la conversación.

A la mañana siguiente, Elena despertó y encontró a su hija sentada exactamente en la misma posición.

—No dormiste.

—Mamá, alguien se hizo pasar por mí.

Elena se quedó inmóvil.

Rocío le mostró los mensajes.

Leyó despacio.

—¿Conoces a alguien que pudiera hacer eso?

—No.

—¿Patricia?

—Sergio la habría reconocido si después vio alguna foto familiar, ¿no?

—No necesariamente.

Rocío buscó en redes sociales una fotografía de Patricia y se la envió a Sergio.

La respuesta llegó diez minutos después.

“No es ella.”

Elena parecía cada vez más inquieta.

—¿Quién más conoce suficientes datos de la familia?

Rocío pensó en primos, vecinos, antiguos empleados, amigos.

—Mucha gente sabe nuestros nombres. Pero no cualquiera sabe lo de la casa y la póliza.

Elena cerró los ojos.

—Hay una persona.

—¿Quién?

—Tu tía Beatriz.

Rocío abrió la boca.

—¿La hermana de papá?

—Ella conocía la casa, sabía de algunas cuentas y estuvo conmigo cuando actualicé el seguro hace años.

—Pero casi no hablamos con ella.

—Tú no.

—¿Tú sí?

Elena dudó.

—Me llama de vez en cuando.

—¿Y Héctor?

Elena no respondió.

Rocío entendió.

—¿Héctor sigue hablando con ella?

—Creo que sí.

—¿Por qué nunca lo mencionaste?

—Porque Beatriz y yo tuvimos problemas después de que murió tu papá.

—¿Por dinero?

—Por la casa de Cuernavaca.

Rocío sintió que todas las piezas regresaban al mismo punto.

—¿Ella cree que la casa debería ser suya?

—Cree que una parte le correspondía a tu padre y otra a ella. Pero tus abuelos la dejaron legalmente a tu padre años antes.

—¿Y luego pasó a ti?

—Sí.

—¿Beatriz lo aceptó?

—Nunca.

El celular de Rocío sonó.

Sergio.

Esta vez era una foto.

Una captura granulada de una cámara de seguridad.

Héctor estaba sentado frente a un escritorio.

A su lado había una mujer.

La imagen no era perfecta, pero su perfil se distinguía.

Cabello corto.

Lentes.

Una cadena gruesa alrededor del cuello.

Elena llevó una mano a la boca.

—Es Beatriz.

Rocío amplió la imagen.

—¿Estás segura?

—Esa cadena era de mi suegra. Beatriz nunca se la quita.

Rocío sintió una mezcla de rabia y desconcierto.

—¿Por qué tu cuñada se haría pasar por mí para ayudar a Héctor?

Elena no respondió.

Seguía mirando la fotografía.

—Mamá.

—Porque si Beatriz está involucrada, entonces esto no empezó hace seis meses.

—¿Cuándo empezó?

Elena levantó la mirada.

—Cuando murió tu padre.

—Eso fue hace siete años.

—Lo sé.

—¿Qué pasó entonces?

Elena se quedó callada.

Rocío comprendió que había otra historia escondida debajo de la primera.

—Mamá, ya no me ocultes nada.

Elena asintió lentamente.

—Después del funeral, descubrimos que alguien había sacado documentos del despacho de tu papá.

—¿Qué documentos?

—Las escrituras de Cuernavaca, copias de nuestras identificaciones y una carpeta con información de las cuentas.

—¿Quién?

—Nunca pude demostrarlo.

—¿Sospechabas de Beatriz?

—Sí.

—¿Y Héctor sabía?

—Héctor fue quien me convenció de no denunciar.

Rocío sintió que el aire de la habitación se volvía pesado.

—¿Qué te dijo?

—Que una denuncia destruiría a la familia.

—¿Y ahora trabaja con ella?

Elena miró la foto otra vez.

—Eso parece.

Rocío recibió un nuevo mensaje de Sergio.

“Hay otra cosa.”

Adjuntó una segunda imagen.

En ella, Héctor entregaba una carpeta a Beatriz.

Sergio escribió:

“Revisé la bitácora. Ella firmó como Rocío Fernández.”

Rocío apretó el celular.

Pero el siguiente mensaje fue peor.

“Y dejó una copia de identificación.”

Rocío sintió que se le helaban las manos.

“¿De quién?”

La respuesta apareció en la pantalla:

“Tuya.”

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