PARTE 2 — La trampa escondida detrás de la villa
Durante varios segundos Teresa fue incapaz de hablar.
Capítulo 2
PARTE 2 — La trampa escondida detrás de la villa
Durante varios segundos Teresa fue incapaz de hablar.
Patricia seguía frente a ella con los ojos enrojecidos mientras Vega, demasiado pequeña para entender lo que ocurría, jugaba con el cierre de la chaqueta de su madre.
—¿Usaste mi casa para tenderles una trampa? —preguntó Teresa.
Patricia asintió.
—Sí.
La respuesta le dolió más de lo esperado.
—Podrías haberme avisado.
—Arturo revisaba nuestros móviles. Sergio también empezó a hacerlo. La inspectora necesitaba una reacción real. Si tú sabías que venían, podían sospecharlo.
Teresa miró a Clara Montes.
La inspectora no intentó justificarse.
—Era la manera más segura de reunirlos en un lugar con cámaras y conseguir que mostraran los documentos.
Teresa apretó los labios.
Comprendía la lógica.
Eso no significaba que le gustara.
Mientras tanto, Sergio había dejado de comportarse como el hombre arrogante que había entrado anunciando qué habitación ocuparía.
Miraba a su padre.
—Me dijiste que era legal.
Arturo endureció la mandíbula.
—Cállate.
—Me dijiste que mamá
había escondido dinero durante el divorcio. Dijiste que solo estábamos recuperando lo que era nuestro.
—Te he dicho que cierres la boca.
La inspectora observó a Arturo.
Aquella frase pareció confirmar algo.
Teresa abrió otra sección de su carpeta.
—Quizá debería seguir hablando.
Arturo la miró con desprecio.
Teresa había conocido aquella mirada durante 34 años.
Era la misma que aparecía cuando ella preguntaba demasiado por una factura.
La misma que utilizaba cuando Teresa quería saber por qué faltaba dinero de una cuenta.
La misma que la había convencido durante décadas de que preguntar era una forma de molestar.
Pero aquella mujer ya no existía.
—Hace 3 años —explicó Teresa—, Hacienda me notificó unos ingresos vinculados a una cuenta bancaria que yo desconocía.
La inspectora escuchaba atentamente.
—Mi abogada contrató a un perito financiero. Descubrimos que alguien había abierto productos bancarios utilizando copias antiguas de mi documentación y movimientos relacionados
con la consultora de Arturo.
Arturo la interrumpió.
—No puedes demostrar quién los utilizaba.
Teresa lo miró.
—Hasta hace unas semanas, no.
Sergio dejó de respirar por un instante.
Teresa sacó varias hojas.
—La misma firma falsificada que aparece en el documento de la villa se utilizó para solicitar una línea de financiación para tu empresa.
Sergio miró a su padre.
—Dijiste que necesitabas mi cuenta solamente unos meses.
Arturo cerró los ojos.
Ese gesto lo dijo todo.
Sergio comenzó a comprender.
Su pequeño negocio de reformas llevaba 2 años perdiendo dinero. Arturo le había ofrecido contactos, préstamos y clientes. Cada vez que Sergio tenía problemas, su padre aparecía con una solución.
Y cada solución lo ataba un poco más.
Cuando Sergio acumuló deudas, Arturo encontró otra salida:
La villa de Teresa.
Le hizo creer que la casa escondía dinero que moralmente pertenecía a toda la familia.
Le explicó que
bastaba con asustar a su madre.
Presentar documentos.
Amenazar con pleitos.
Convencerla de que un proceso judicial sería largo y caro.
Teresa siempre había evitado los conflictos.
Arturo estaba convencido de que volvería a hacerlo.
Su error fue no comprender lo que el divorcio había cambiado.
—Sergio —dijo Teresa—, tu padre puede haberte manipulado. Pero nadie te obligó a entrar aquí y decirme que tú ocuparías mi casa.
Su hijo bajó la cabeza.
No hubo respuesta.
Los agentes se llevaron primero a Arturo.
Cuando le colocaron las esposas, su arrogancia se transformó en furia.
—Todo esto es culpa tuya —le dijo a Teresa.
Ella no reaccionó.
Durante años habría intentado defenderse.
Aquella mañana comprendió que ya no necesitaba hacerlo.
Sergio tuvo que acompañar también a los agentes para declarar.
Cuando llegó a la puerta, se volvió hacia su madre.
—Mamá…
Teresa esperó.
—Diles que yo no entendía todo.
Ella sintió un dolor profundo.
Todavía podía recordar al niño que corría hacia su cama durante las tormentas.
Recordaba sus rodillas heridas.
Su primer día de colegio.
Las noches en que Teresa permanecía despierta cuando tenía fiebre.
Durante mucho tiempo había confundido protegerlo con evitarle cualquier consecuencia.
Quizá aquello también había contribuido a que Sergio creyera que siempre existiría una última puerta que su madre abriría para salvarlo.
—Te quiero —dijo Teresa—. Pero no voy a mentir para protegerte de algo que decidiste hacer.
Sergio cerró los ojos.
Después salió.
Cuando el coche policial desapareció detrás de la verja, Teresa regresó al patio.
Patricia seguía allí.
—Supongo que ahora quieres que me marche.
—No lo sé.
Patricia asintió.
—Es justo.
No pidió perdón otra vez.
No intentó justificar cada decisión.
Aquello, inesperadamente, hizo que Teresa la escuchara.
Sentadas bajo la pérgola, Patricia le explicó el resto.
Arturo llevaba años influyendo sobre Sergio. Alimentaba su resentimiento diciéndole que Teresa había vivido cómodamente gracias al trabajo de todos mientras escondía propiedades.
Cuando el matrimonio de Sergio comenzó a tener problemas económicos, Arturo aumentó la presión.
Patricia había descubierto documentos con firmas extrañas.
Preguntó.
Sergio se enfadó.
Volvió a preguntar.
Entonces llegaron las amenazas.
Capítulo completado
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