PARTE 4 — EN NOCHEBUENA, TODO SE DERRUMBÓ
La Nochebuena llegó con un cielo gris y un frío que hacía doler las manos.
Capítulo 4
La Nochebuena llegó con un cielo gris y un frío que hacía doler las manos.
Yo había pensado pasarla sola.
Compré un pollo rostizado, una ensalada pequeña y una botella de sidra.
Puse un mantel rojo sobre la mesa de la cocina y saqué dos platos por costumbre.
Guardé uno.
A las seis de la tarde llamaron a la puerta.
Era mi nieto Emiliano.
Tenía nueve años, una mochila colgada y los ojos hinchados.
Detrás de él estaba Miguel.
—¿Qué pasó?
Miguel no podía hablar.
Emiliano se lanzó a mis brazos.
—Abuela, mi mamá se fue.
Sentí que el corazón se me hundía.
—¿Cómo que se fue?
Miguel entró y cerró la puerta.
—Jennifer vació una cuenta y se llevó a Valentina con sus papás.
Valentina tenía cinco años.
—¿Por qué Emiliano está contigo?
—Porque estaba en entrenamiento de futbol cuando se fueron. Me dejó un mensaje.
Sacó el celular.
El texto decía:
“Yo no voy a perderlo todo por tu mamá. Valentina está conmigo.
Emiliano siempre ha sido más cercano a ti. Arregla tu desastre.”
Me llevé una mano a la boca.
—Tenemos que llamar a la policía.
—Ya hablé con un abogado. Técnicamente sigue siendo su madre y no salió del estado. Está en casa de sus papás.
—¿Y qué pasó con la casa?
Miguel soltó el aire.
—El banco inició el proceso. También descubrí que Jennifer había pedido otros créditos a mi nombre.
—¿Cuántos?
—Tres.
Emiliano estaba escuchando.
—Ve a lavarte las manos, corazón —le dije—. Hay chocolate caliente.
Cuando desapareció por el pasillo, Miguel se dejó caer en una silla.
—Soy un idiota.
—Sí.
Me miró sorprendido.
—No voy a decirte que no.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Firmé cosas sin preguntar porque ella decía que yo no confiaba en su familia. Dejé de revisar las cuentas. Cuando tú ayudabas, pensé que después lo arreglaría.
—Siempre después.
—Sí.
—¿Por
qué viniste?
—Porque Emiliano pidió venir contigo.
Esa respuesta me dolió.
Pero era honesta.
—Pueden quedarse esta noche.
—Mamá…
—Solo esta noche. Mañana buscas dónde vivir.
Asintió.
—Entiendo.
Cenamos los tres en mi cocina.
Emiliano contó historias de la escuela.
Miguel casi no comió.
A las ocho, el niño preguntó por el angelito de cristal.
—Papá dijo que era del bisabuelo Roberto.
Miré a Miguel.
—¿Dónde está?
Bajó la vista.
—Jennifer lo tiró.
Sentí que el aire se me salía.
—¿Qué?
—Después de que te fuiste. Dijo que estaba roto y que atraía mala energía.
Me levanté de la mesa.
—¿Lo tiró dónde?
—En el bote de afuera.
—¿Recogieron la basura?
—No sé.
Tomé las llaves.
Miguel se puso de pie.
—Mamá, ¿a dónde vas?
—Por mi ángel.
—Son las ocho de la noche.
—Entonces maneja rápido.
La casa de Cumbres Elite estaba oscura.
Ya no había coronas encendidas ni
música navideña.
La fachada parecía más grande sin luces, pero también más vacía.
Miguel abrió el portón con una aplicación del celular.
Fuimos hasta los botes de basura.
Había cuatro bolsas negras.
Abrí la primera.
Restos de comida.
La segunda.
Cajas, papel de regalo, ramas artificiales.
En la tercera encontré el papel de china azul.
—Aquí.
Miguel me ayudó.
El ángel estaba roto en tres pedazos.
El ala astillada se había separado por completo.
La base estaba partida.
Lo sostuve entre las manos.
—Lo siento —dijo Miguel.
—No lo sientes suficiente todavía.
Entramos a la casa para buscar una caja.
Adentro olía a canela vieja.
El árbol seguía en la sala, pero muchos adornos habían desaparecido.
Los cajones estaban abiertos.
Faltaban fotografías, ropa y aparatos.
Emiliano se quedó junto a la puerta.
—¿Podemos llevarnos mi camioncito?
—Claro, mi amor.
Mientras Miguel buscaba cinta, escuché un ruido en el despacho.
Una especie de golpe hueco.
Me acerqué.
La puerta estaba abierta.
En el suelo había una carpeta caída detrás del escritorio.
La recogí.
En la portada decía:
PARKER FAMILY HOLDINGS.
Debajo había planos de la casa.
No entendí al principio.
Luego vi una hoja con el avalúo del inmueble y una propuesta de compraventa fechada cuatro meses atrás.
—Miguel.
Entró.
Leyó por encima de mi hombro.
—¿Qué es eso?
Seguimos revisando.
Jennifer y sus padres planeaban vender la casa a una empresa ligada a Don Tomás.
El precio declarado era mucho menor que el valor real.
Después, la empresa la revendería y usaría la diferencia para cubrir deudas.
Pero había algo más.
Una cláusula establecía que Miguel renunciaría a cualquier reclamación futura porque la propiedad sería considerada aportación al capital familiar de los Parker.
—Te iban a dejar sin casa y sin dinero —dije.
Miguel se sentó lentamente.
—No puede ser.
—Tu firma está aquí.
Él miró la hoja.
Y por primera vez en todo aquel desastre, su voz sonó completamente segura.
—Esa no es mi firma.
Capítulo completado
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