Durante once años, Glenn encontró una razón distinta para no casarse conmigo.
Capítulo 1
Durante once años, Glenn encontró una razón distinta para no casarse conmigo.
Cuando teníamos veinte, decía que éramos demasiado jóvenes.
A los veintitrés, que primero necesitábamos ahorrar.
A los veinticinco, que una boda era tirar el dinero.
A los veintisiete, que comprar un carro nuevo era más urgente.
Y a los veintinueve, cuando le mostré en mi computadora cuánto costaba casarnos por lo civil, ni siquiera levantó bien la vista del celular.
—¿Otra vez con esto, Lucy?
—Tú siempre dices que una boda es demasiado cara. Esto cuesta menos que una cena para veinte personas.
Suspiró.
—¿Y qué cambiaría un papel?
Lo miré un momento.
—Para empezar, dejaría de sentir que llevo once años esperando a que decidas si de verdad quieres construir una vida conmigo.
Por fin dejó el celular.
—Ya vivimos como una pareja casada.
—Excepto por la parte en la que tú siempre encuentras una excusa para no casarte.
Su expresión cambió.
No se enojó. Eso habría sido más
fácil.
Simplemente se cerró.
—Lucy, ya déjalo.
Y lo dejé.
Otra vez.
Me había vuelto experta en eso.
En dejar de preguntar.
En dejar de insistir.
En convencerme de que paciencia y amor eran la misma cosa.
Seis meses después murió mi abuelo Walter.
La casa junto al lago había sido mi refugio desde niña. Mi abuelo no era un hombre de grandes discursos. Cuando yo llegaba llorando, no me interrogaba. Me preparaba un sándwich de queso, se sentaba conmigo en el porche y esperaba hasta que yo quisiera hablar.
Ahí estaba también su vieja silla de madera.
La había construido él mismo.
Una tarde, cuando yo tenía dieciséis años y estaba destrozada porque unas amigas habían dejado de hablarme, el abuelo apretó un tornillo del reposabrazos y me dijo:
—No pases toda tu vida esperando frente a una puerta que alguien nunca quiso abrirte, Luce.
En ese momento pensé
que hablaba de la escuela.
Años después entendería que no.
Un mes después del funeral, el abogado del abuelo me llamó.
Walter me había dejado la casa del lago.
Solo a mí.
Cuando se lo conté a Glenn, esperaba que me abrazara porque sabía cuánto significaba ese lugar.
Sí me abrazó.
Pero lo primero que preguntó fue:
—¿La casa tenía hipoteca?
Me separé un poco.
—No.
—Vaya.
Sonrió.
—Entonces tu abuelo realmente te dejó algo importante.
Algo en su forma de decirlo me incomodó.
No dije nada.
Dos días después, salí temprano del trabajo porque cancelaron una reunión.
Eran poco más de las dos de la tarde cuando llegué a casa.
Abrí la puerta con cuidado, dejé las llaves sobre el mueble del recibidor y escuché la voz de Elliot, el mejor amigo de Glenn, saliendo del altavoz de la cocina.
Iba a llamar a Glenn cuando escuché mi nombre.
—Llevas once años con Lucy —decía Elliot—, y ahora que heredó una casa de repente estás hablando de matrimonio.
Me quedé inmóvil.
Glenn soltó una risa baja.
—Las cosas cambiaron.
—¿Qué cambió?
Hubo un breve silencio.
—Yo ya estaba pensando que quizá lo mejor era terminar.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
Elliot tardó en responder.
—Entonces termina con ella.
—No tiene sentido hacerlo ahora.
—¿Por la casa?
Glenn suspiró, como si Elliot estuviera siendo ingenuo.
—Esa propiedad está pagada. Está junto al lago. Si se administra bien, puede generar mucho dinero.
Me tapé la boca con una mano.
Elliot habló más bajo.
—¿Estás diciendo que te vas a casar con ella por eso?
—Estoy diciendo que después de once años también tengo derecho a pensar en mi futuro.
—La casa es de Lucy.
—Ahora sí.
Esas dos palabras me helaron.
Ahora sí.
Elliot también las entendió.
—Glenn, no hagas una estupidez.
—Después de casarnos será mucho más fácil hablar de poner los dos nombres en la escritura.
—¿Y si ella no quiere?
Glenn soltó otra risa.
No fue una carcajada cruel.
Fue peor.
Sonó completamente seguro de mí.
—Lucy lleva once años esperando que le proponga matrimonio.
Sentí los ojos arder.
—Cuando por fin tenga el anillo, lo último que va a querer es empezar una pelea por un papel.
Elliot guardó silencio.
Luego dijo:
—No sé si te estás escuchando.
Glenn bajó la voz.
—Solo estoy siendo práctico.
Yo retrocedí.
No entré a la cocina.
No grité.
No pregunté cómo podía hablar de once años de mi vida como si fueran una inversión.
Abrí la puerta principal con tanto cuidado como pude y salí.
Me metí al carro y cerré los seguros.
Mis manos temblaban sobre el volante.
Durante once años había creído que el problema era que Glenn no quería casarse.
Aquella tarde entendí algo mucho peor.
Glenn sí quería casarse.
Solo que no conmigo.
Quería casarse con la casa que acababa de heredar.
Capítulo completado
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