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Me llevó a su amante a la jubilación de su padre y me pidió que recordara quién había pagado mi vida
Capítulo 2 / 5

Capítulo 2

EL HOMBRE DEL BANCO

1080 palabras

Al otro lado del salón, una silla se arrastró contra el suelo.

Un hombre de traje oscuro acababa de ponerse en pie.

Reconocí a Santiago Leiva, presidente de Banco Meridional, antes de que empezara a caminar hacia nosotros.

Javier también lo reconoció.

Lo supe porque se levantó inmediatamente.

Su cuerpo cambió de postura.

Espalda recta.

Sonrisa profesional.

La misma sonrisa que había ensayado durante meses para la operación financiera que debía refinanciar buena parte de la deuda de Valdés Proyectos.

—Santiago —dijo—. Qué alegría verte.

Pero Santiago pasó junto a él.

Directamente.

Se detuvo frente a mí.

—Señora Aranda.

Varias voces cercanas se apagaron.

No utilizó mi apellido de casada.

Nunca lo hacía.

—No sabía que asistiría esta noche.

Javier dejó de sonreír.

Santiago continuó:

—El comité está esperando su posición antes de cerrar la estructura de financiación. Pensábamos que tendríamos respuesta mañana.

Noté cómo Carmen miraba a su hijo.

Claudia retiró la mano completamente de la mesa.

Yo mantuve los ojos

en Santiago.

—La tendrán.

—Perfecto. No quería molestarla en una celebración familiar.

—No molesta.

Santiago asintió.

Entonces miró brevemente a Javier.

Solo brevemente.

—Buenas noches.

Se alejó.

Nadie habló durante unos segundos.

Javier fue el primero.

—¿Qué demonios significa eso?

Miré la vieja pluma sobre la mesa.

Después lo miré a él.

—Significa que esta conversación quizá debería haberla preparado mejor.

CAPÍTULO 2 — TODO LO QUE NO LLEVABA SU APELLIDO

Javier me siguió hasta un pequeño distribuidor junto al salón.

—Lucía.

No me detuve.

—Lucía, te estoy hablando.

Giré.

Seguía mirando hacia la puerta del comedor, preocupado por quién podía estar observándonos.

Aquello resumía bastante bien nuestra relación de los últimos años.

—¿Qué relación tienes con Leiva?

—Profesional.

—No me tomes el pelo.

—No lo hago.

—Ha dicho que un comité espera tu decisión.

—Eso he oído.

Se pasó una mano por el pelo.

—Estamos hablando de la financiación

de mi empresa.

—De la financiación de Valdés Proyectos.

—Mi empresa.

No discutí esa palabra.

Todavía no.

Javier interpretó mi silencio como siempre lo había interpretado: como una retirada.

—Mira, sé que esta noche es complicada. Podemos hablar de Claudia mañana.

—¿Mañana?

—Sí. Con calma.

—Tú has elegido hoy.

—Porque no quería seguir mintiendo.

Casi sonreí.

—Qué consideración.

—No hagas esto más desagradable de lo que ya es.

Allí estaba otra vez.

La versión de los acontecimientos en la que él provocaba el daño y yo era responsable de su intensidad.

Carmen apareció detrás de él.

—¿Podéis dejarlo para otro día?

No preguntó cómo estaba yo.

—Tu padre está a punto de dar su discurso —continuó—. Hay gente importante y Javier lleva semanas cuidando cada detalle de esta cena.

—Excepto dónde sentar a su esposa.

—Lucía...

—Mamá, déjalo —interrumpió Javier.

No quería protegerme.

Quería administrar la crisis.

Carmen me observó

con abierta irritación.

—No sé qué esperas conseguir poniéndote así. Javier ha cometido errores, de acuerdo. Pero también ha cargado con todo durante años. Esta familia te ha dado estabilidad, contactos, una vida cómoda...

—Mamá.

—No, Javier. Alguien tiene que decirlo.

A veces la crueldad no entra en una habitación gritando.

A veces llega convencida de estar aclarando hechos.

—Lucía siempre ha tenido mucha suerte contigo —continuó—. Nunca ha tenido que preocuparse realmente por nada.

La miré durante varios segundos.

Pensé en el invierno en que Javier dejó de cobrar durante cinco meses para pagar a tres empleados.

En mis ahorros desapareciendo factura a factura.

En las clases particulares de análisis financiero que daba por las tardes a dos alumnos de máster porque necesitábamos efectivo.

En las noches en las que corregía presentaciones comerciales de Javier hasta las tres de la mañana y al día siguiente llegaba a mi propio trabajo a las ocho.

En la oferta de Londres que rechacé cuando Valdés Proyectos estaba a semanas de cerrar.

Una gestora internacional quería contratarme.

El puesto significaba más salario, más responsabilidad y un salto profesional que quizá no volvería.

Yo dije que no.

No porque Javier me lo pidiera.

Esa era una verdad que durante mucho tiempo me había costado admitir.

Lo hice porque quise.

Porque estaba enamorada.

Porque pensé que construir una vida juntos también significaba decidir qué oportunidades podían esperar.

Mi error no fue sacrificarme por él.

Mi error fue permitir que, con los años, aquellos sacrificios desaparecieran del relato hasta convertirse en una supuesta falta de ambición.

—Tienes razón, Carmen —dije—. He tenido suerte en algunas cosas.

Ella pareció satisfecha.

—Pues entonces no olvides...

—Pero no exactamente en las que tú crees.

Javier dio un paso hacia mí.

—¿Qué está pasando con el banco?

—Vuelve con Claudia.

—Te estoy preguntando algo serio.

—Yo también te he preguntado desde cuándo estás con ella.

Calló.

—¿Ves? —dije—. Parece que esta noche los dos tendremos preguntas sin responder.

Volví al salón.

Ricardo estaba ya junto a un pequeño atril.

Tomé la silla vacía al fondo de la mesa principal.

No me fui.

No porque quisiera ver sufrir a Javier.

Me quedé por Ricardo.

Mi suegro tenía muchos defectos, pero durante diecisiete años nunca me había tratado con la condescendencia de Carmen. Había sido reservado, quizá demasiado cómodo ante algunas actitudes de su mujer y de su hijo, pero también había estado en mi casa cuando murió mi abuelo y había pasado una tarde entera ayudándome a ordenar sus papeles sin preguntar por cifras.

Cuando comenzó a hablar, su voz tembló ligeramente.

Recordó su primer trabajo, cuando aún utilizaban planos en papel vegetal. Dio las gracias a antiguos compañeros. Habló de Carmen.

Luego de sus hijos.

Y después dijo mi nombre.

—Y a Lucía, que ha tenido paciencia suficiente para aguantar a esta familia más años de los que probablemente merecemos.

Hubo algunas risas.

Yo sonreí.

Carmen no.

Ricardo me miró desde el atril como si quisiera añadir algo más, pero finalmente bajó la vista hacia sus notas.

Durante la cena, Claudia apenas habló conmigo.

Javier, en cambio, se esforzó por actuar como si nada extraño hubiera ocurrido.

Comentó proyectos con dos empresarios.

Bromeó con un primo.

Incluso levantó la copa durante el brindis.

La transformación me resultó fascinante.

Quince minutos antes me había anunciado que nuestra vida juntos se había terminado.

Ahora cortaba un trozo de merluza mientras explicaba previsiones de crecimiento.

Así había conseguido llegar tan lejos.

Javier sabía compartimentar.

El problema era que, últimamente, había comenzado a creer que también podía compartimentar a las personas.

Esposa.

Amante.

Familia.

Negocio.

Cada cosa en su sitio.

Cada persona con la información justa.

Hasta que las líneas se cruzaban.

Capítulo completado

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