Me quedé de pie junto a la entrada del salón.
Capítulo 4
Me quedé de pie junto a la entrada del salón.
—¿Dónde está la cena?
Marta sonrió.
—Ahora cenamos.
—Pensaba que celebrábamos el ascenso de Álvaro.
—Y lo celebramos.
Fernando señaló una silla.
—Pero antes nos gustaría dejar resuelto un asunto.
Miré a Álvaro.
Estaba sentado en el extremo de la mesa.
No levantó la cabeza.
Sentí una tristeza tan intensa que casi me faltó el aire.
—¿Tú sabías esto?
—Abuela…
—¿Lo sabías?
Marta respondió por él.
—Todos sabíamos que teníamos que hablar.
—No te he preguntado a ti.
Álvaro respiró hondo.
—Sí.
Aquella palabra dolió más de lo que esperaba.
Me senté.
No porque pretendiera firmar.
Quería escuchar hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Fernando abrió la carpeta.
—Carmen, todos estamos muy preocupados por el deterioro de las relaciones familiares.
—Curiosa forma de empezar una celebración.
Ignoró el comentario.
—He preparado una propuesta que puede satisfacer a todo el mundo.
—¿Quién te la pidió?
Marta resopló.
—Por favor, Carmen.
Fernando
deslizó varias hojas.
—La primera opción consiste en que, cuando sea legalmente posible y respetando la situación arrendaticia existente, cedas el piso de Torrejón a Pilar.
Lo miré fijamente.
—¿Lo ceda?
—Podría articularse mediante una donación o mediante otra fórmula que estudiaríamos.
Pilar intervino.
—Yo no necesito ser propietaria.
—Qué alivio.
—Solo necesito un techo.
—Como mis inquilinos.
Marta apretó los labios.
Fernando sacó otro documento.
—Por eso hay una segunda opción. Una aportación mensual.
Miré la cifra.
1.200 euros.
—¿Queréis que pague el alquiler de Pilar?
—Una parte —dijo Marta.
—Mil doscientos euros no son “una parte” para mucha gente.
—Tú puedes permitírtelo.
—Eso no significa que deba hacerlo.
Marta se levantó.
—Siempre igual.
—¿Cómo?
—Haciendo cuentas.
—Estamos hablando de mi dinero. ¿Qué esperabas que hiciera?
Pilar empezó a llorar.
O a intentarlo.
—Nunca imaginé que a mi edad tendría que suplicar un lugar donde vivir.
—Pilar, tienes sesenta
años.
Dejó de llorar durante una fracción de segundo.
—¿Y?
—Hablas como si tu vida hubiera terminado.
Marta golpeó la mesa.
—¡Mi madre no tiene tus privilegios!
Sentí que me hervía la sangre.
—¿Privilegios?
—Dos viviendas.
—Trabajé desde los diecinueve años.
—¡Todos trabajamos!
—Entonces todos sabemos lo que cuesta ahorrar.
Fernando levantó una mano.
—No vamos a llegar a ninguna parte discutiendo.
Lo miré.
—Por una vez estamos de acuerdo.
Empujé los documentos hacia él.
—No.
Marta se quedó quieta.
—¿Ni siquiera vas a leerlo?
—Ya he leído suficiente.
—Eres increíble.
—Puede.
—Álvaro, dile algo.
Mi nieto me miró.
Tenía ojeras.
—Abuela, quizá podrías hacer un esfuerzo.
Fue como recibir una bofetada.
—¿Un esfuerzo?
—Solo para que esto termine.
—¿Y qué tiene que terminar exactamente?
No respondió.
Me incliné hacia él.
—¿Tu mujer enfadada?
Silencio.
—¿Tu suegra quejándose?
Silencio.
—¿O la incomodidad de tener que decirles que mi patrimonio no
es suyo?
Marta se metió entre nosotros.
—No vuelvas a ponerlo en medio.
Solté una risa amarga.
—Llevas cuatro meses poniéndolo en medio.
—Porque eres incapaz de pensar en alguien que no seas tú.
Me levanté.
—Se acabó.
Fernando también se levantó.
—Carmen, siéntate.
Lo miré.
—No vuelvas a darme una orden.
—No era una orden.
—Ha sonado exactamente como una.
Cogí mi bolso.
Marta se interpuso.
—No te vas.
—Apártate.
—Hasta que solucionemos esto.
—Ya está solucionado.
—¡No!
Pilar se acercó.
—Carmen, por favor. Solo piensa qué harías tú si estuvieras en mi situación.
Me volví hacia ella.
—Buscaría un piso que pudiera pagar.
Se le endureció el rostro.
Por fin.
Sin lágrimas.
Sin voz temblorosa.
—Qué fácil es hablar cuando una tiene dinero.
—También es fácil repartir el dinero de los demás.
Marta se puso roja.
—¿Sabes qué? Mamá tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Eres una egoísta.
Álvaro murmuró:
—Marta, basta.
Ella se volvió contra él.
—¡No! Llevo meses tragándome esto. Tu abuela tiene propiedades, dinero ahorrado y una pensión decente, pero prefiere ver a mi madre buscando casa antes que ayudar.
—Marta…
—¡Y tú siempre con miedo de molestarla!
Aquello me reveló algo.
No era solo el piso.
Era una guerra dentro de su matrimonio.
Y yo llevaba meses siendo el campo de batalla.
—Álvaro —dije—, ven conmigo un momento.
—No —dijo Marta.
La miré.
—He hablado con mi nieto durante treinta años sin pedirte permiso.
—Ahora está casado conmigo.
—No comprado por ti.
La habitación quedó en silencio.
Marta me miró con una furia que no había visto nunca.
—Siempre me has despreciado.
—No.
—Sí.
—He empezado a desconfiar de ti desde que intentaste conseguir un poder sobre mis bienes.
Fernando intervino.
—Eso es una interpretación jurídicamente incorrecta.
Me volví.
—¿Quieres que hablemos de interpretaciones jurídicas?
Su expresión se tensó.
—¿Qué quieres decir?
—Que mi abogada ya tiene copia de todo.
Marta parpadeó.
Pilar miró a Fernando.
—¿Qué abogada?
—Isabel Vega.
Fernando la conocía.
Lo vi.
—También fui a una notaría.
—¿Para qué? —preguntó Álvaro.
—Para revocar el poder que te concedí hace años.
Su cara perdió el color.
—¿Me has quitado el poder?
—Sí.
—Yo nunca lo habría utilizado.
—Entonces no has perdido nada.
Marta dio un paso hacia mí.
—¿Has hecho todo eso a nuestras espaldas?
La miré incrédula.
—¿A vuestras espaldas? Son mis asuntos.
—Somos tu familia.
—Eso no os convierte en propietarios de mi vida.
Fernando empezó a guardar papeles.
—Creo que debemos dejarlo por hoy.
Marta se volvió contra su padre.
—¡No!
Él habló en voz baja.
—Marta.
Aquello sí era una advertencia.
Ella lo ignoró.
—Todo esto es culpa tuya —me dijo.
—No.
—Álvaro lleva meses fatal.
—Porque le obligas a elegir.
—¡Porque tú nunca cedes!
Se acercó a la mesa.
Yo vi su mano.
Vi cómo agarraba el plato que habían preparado para la cena.
Vi el movimiento.
Pero no pensé que fuera a lanzarlo.
Nadie piensa que alguien de su familia vaya a lanzarle un plato a la cabeza.
Hasta que ocurre.
—¡Cómo te atreves a decirle que no a mi madre!
Después llegó el golpe.
El zumbido.
La sangre.
Y el silencio.
Cuando pude enfocar de nuevo, Marta seguía frente a mí.
—Mira lo que me obligas a hacer.
Álvaro susurró:
—Marta…
—¡Cállate!
Me llevé los dedos a la frente.
Rojo.
Pilar dijo:
—Ha sido un accidente.
La miré.
—¿También vas a intentar convencerme de eso?
Entonces sonreí.
No porque no doliera.
Sino porque en aquel momento entendí algo.
Habían pasado cuatro meses intentando demostrar que yo era una anciana confundida.
Y acababan de hacerlo todo delante de testigos.
Miré a Fernando.
—Habéis llegado tarde.
—¿Qué?
—Hace tres semanas fui a una notaría.
Y entonces sonó el timbre.
Capítulo completado
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