Sofía doblaba con calma las camisas de Javier sobre la cama cuando él apareció en la puerta de la recámara con el pecho inflado, como si estuviera a punto de anunciar una gran noticia.
Capítulo 1
Sofía doblaba con calma las camisas de Javier sobre la cama cuando él apareció en la puerta de la recámara con el pecho inflado, como si estuviera a punto de anunciar una gran noticia.
Se recargó en el marco y soltó la frase que, según él, iba a resolverlo todo.
—Ya lo decidí, gorda. Karina está embarazada y necesita estabilidad. Así que vas a tener que mudarte.
Sofía ni siquiera levantó la mirada.
Siguió doblando sus jeans, camisetas y calcetines, mezclados con aquellas viejas carnadas de pesca que siempre dejaban un ligero olor a lago. Después fue acomodando todo dentro de unas enormes bolsas de lona a cuadros azules y rojos, de esas que sirven para llevar ropa a la lavandería o para empacar media vida.
Javier frunció el ceño al ver que ella no lloraba, no gritaba y ni siquiera discutía.
—¿De verdad crees que voy a dejar que te quedes aquí mientras Karina anda batallando con el embarazo? —insistió, entrando a la recámara—. Llevamos cinco años viviendo aquí. Yo puse el papel tapiz de la sala, cambié el fregadero… Esto también es
mío.
Sofía apenas sonrió.
El famoso papel tapiz.
Javier lo había colocado una madrugada de verano usando tanto pegamento que al día siguiente las paredes estaban llenas de burbujas y el rodapié tenía manchas por todos lados. Después de su “gran esfuerzo”, se había ido tres días de pesca para descansar.
Sofía terminó pagando a dos trabajadores para que arreglaran el desastre.
Y el fregadero que Javier tanto presumía seguía goteando desde el día en que lo instaló.
—Está bien, Javier —respondió por fin mientras cerraba la tercera bolsa—. Tus cosas ya están listas.
Él parpadeó.
No era la reacción que esperaba.
Había imaginado lágrimas, súplicas, reclamos, tal vez hasta algún plato estrellándose contra la pared. La tranquilidad de Sofía parecía incomodarlo mucho más que cualquier escándalo.
—Qué bueno que lo estás tomando con madurez y sin tanto drama de mujer —murmuró mientras se rascaba la nuca—. Voy a recostarme
un rato. Hoy estuvo pesado el día y Karina no deja de marcarme.
—Claro —respondió Sofía—. Descansa. La noche va a estar larga.
Javier salió hacia la sala.
Un par de minutos después, Sofía escuchó el televisor.
Entonces tomó su celular y marcó un número.
—¿Doña Mercedes? Hola, soy Sofía.
—Ay, mija, ¿ahora qué pasó? —contestó la mujer con voz áspera mientras una telenovela sonaba de fondo—. Traigo la presión por las nubes, así que no me vengas con disgustos.
—Solo quería avisarle que Javier se va a mudar hoy con usted. Prepárele un espacio.
Del otro lado hubo un silencio absoluto.
Hasta el sonido de la televisión desapareció.
—¿Cómo que se va a mudar conmigo? —chilló Doña Mercedes—. ¡Mañana iba a sembrar mis cempasúchiles! Además, el sofá cama está descompuesto.
—Javier no es delicado. Puede ponerle una cobija en el piso. Usted siempre decía que yo alimentaba mal a
su hijo. Ahora va a tener la oportunidad de demostrarme cómo se cuida correctamente.
—¡Sofía! ¿De qué estás hablando? ¿Quién es Karina? ¡No me cuelgues!
Pero Sofía ya había terminado la llamada.
Durante cinco años, Doña Mercedes no había perdido oportunidad de decir que Sofía era una mala esposa, que no atendía bien a Javier y que su pobre hijo merecía algo mejor.
Perfecto.
Ahora podría encargarse de él personalmente.
Sofía arrastró las tres enormes bolsas hasta la entrada del departamento y las dejó junto a la puerta.
Después regresó a la recámara, se miró rápidamente en el espejo y se acomodó el cabello.
—¡Javier!
Él salió de la sala bostezando, todavía con el control remoto en la mano. La camiseta gris se le había subido un poco sobre la panza.
Al ver las tres bolsas junto a la puerta, sonrió satisfecho.
—Ah, ya te vas. Bien. Deja las llaves en la consola.
—Ya están ahí —respondió Sofía señalando el llavero sobre el mueble.
Javier bajó la mirada hacia las bolsas y arqueó una ceja.
—¿Y todo eso? ¿Tres bolsas para ti? Estás loca. Vas a necesitar un taxi de carga porque yo no pienso lastimarme la espalda ayudándote.
Sofía lo miró fijamente.
Luego empujó con el pie la primera bolsa hasta dejarla frente a él.
—No son para mí, Javier.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Sofía sostuvo su mirada y añadió:
—Son para ti.
Capítulo completado
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