Llamé a Camila de inmediato.
Capítulo 3
Llamé a Camila de inmediato.
Contestó casi en un susurro.
—Abuela.
—¿Dónde estás?
—En la universidad.
—¿Qué sabes de tu papá?
Hubo una pausa larga.
—Mucho más de lo que quería saber.
Me senté en la orilla de la cama de Jacob.
Camila respiró profundamente.
—Hace dos meses escuché a mi papá hablando con alguien por teléfono. Pensé que discutía por dinero. Luego escuché tu nombre.
—¿Qué dijo?
—Que necesitaba que “todo estuviera listo antes de que tú cambiaras de opinión”.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Listo para qué?
—Para llevarte a un lugar donde pudieran cuidarte.
Cerré los ojos.
Residencia Santa Lucía.
—Camila, tu papá pagó un depósito.
—Lo sé.
Aquellas dos palabras me dolieron.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace semanas.
No sonaba como si estuviera defendiéndolo.
Sonaba asustada.
—Encontré una carpeta en su camioneta —continuó—. Había papeles sobre tu casa, tus cuentas y algo de una tutela.
—Yo también los encontré.
Camila se
quedó en silencio.
—Entonces ya sabes.
—Sé una parte.
—Abuela… él decía que cuando estuvieras en la residencia podría vender la casa.
Apreté el teléfono.
—¿Para qué quería el dinero?
—No me quiso decir.
—Camila.
—Te juro que no sé todo.
Le creí.
Entonces recordó algo.
—Hay una mujer.
—¿Qué mujer?
—Se llama Brenda. La conoció hace como un año. Yo pensé que era su novia, pero siempre discutían por dinero. Una vez ella le dijo que si no conseguía “lo de la casa”, se acababa todo.
No conocía a ninguna Brenda.
—¿Tienes su apellido?
—No.
—¿Alguna fotografía?
—Creo que sí.
Cinco minutos después recibí una imagen.
La abrí.
Una mujer de unos treinta y tantos años estaba sentada junto a Jacob en un restaurante.
Nunca la había visto.
Pero Patrick sí reconocería otra cosa cuando le envié los documentos.
Me llamó esa misma tarde.
—La petición de tutela todavía
no ha sido presentada formalmente —me explicó—, pero alguien la preparó. Y hay un problema grave con esta supuesta carta médica.
—¿Cuál?
—El médico que aparece aquí es el doctor Samuel Ortega.
—¿Lo conoces?
—Murió hace ocho meses.
Me quedé helada.
Jacob estaba usando una carta firmada por un hombre muerto.
—Entonces todo es falso.
—Eso parece.
Patrick hizo otra pausa.
—Necesito preguntarte algo. ¿Daniel alguna vez te habló de modificar el fideicomiso de la casa?
—No que yo recuerde.
—Mañana ven a mi oficina.
—¿Por qué?
—Porque hay algo en los documentos originales que Jacob probablemente no sabe.
A la mañana siguiente llevé la carpeta completa.
Patrick sacó una copia antigua de los documentos que Daniel y yo habíamos firmado diecisiete años atrás.
Recordaba aquella reunión.
Daniel insistió en organizar todo.
Yo me había reído de él.
—Todavía nos faltan muchos años —le dije entonces.
—Precisamente por eso se
hace ahora —respondió.
Nunca volví a pensar demasiado en aquellos papeles.
Patrick señaló una sección.
La casa no estaba simplemente a mi nombre.
Formaba parte de un fideicomiso familiar.
Mientras yo viviera, tenía control completo sobre la propiedad.
Pero cualquier préstamo que usara la casa como garantía requería mi firma presencial ante el fiduciario independiente.
Jacob no podía hipotecarla.
Ni siquiera con un poder.
—Entonces el préstamo nunca iba a funcionar.
—No de manera legal.
Sentí alivio por primera vez desde la bofetada.
Duró poco.
Patrick pasó a la siguiente página.
—Pero la tutela sí es peligrosa.
—¿Por qué?
—Si lograra que un juez te declarara incapaz, podría pedir control sobre tus decisiones financieras.
—¿Solo porque dice que pierdo la memoria?
—No basta con decirlo. Tendría que probarlo.
—Y no puede.
—Eso vamos a demostrar.
Entonces Patrick sacó otro documento.
—Hay algo más.
Era una notificación judicial.
La fecha estaba fijada para ocho días después.
Jacob ya había iniciado el proceso.
Me había ocultado la notificación.
Probablemente esperaba que yo no apareciera.
—¿Qué pasaría si yo faltara?
—Podría pedir una resolución temporal sin tu presencia.
Me quedé mirando el papel.
De pronto todo encajó.
Los retiros.
La residencia.
El préstamo.
Mis documentos desaparecidos.
Jacob no estaba improvisando.
**Llevaba meses preparando mi desaparición legal.**
Esa noche regresé a casa acompañada de Camila.
No quería que estuviera sola.
Mientras preparábamos café, ella me miró la mejilla.
La marca ya se había oscurecido un poco.
—¿Él hizo eso?
No respondí.
No hacía falta.
Camila bajó la mirada.
—Perdón.
—Tú no hiciste nada.
—Pero es mi papá.
Tomé su mano.
—Y sigue siendo mi hijo. Eso no convierte sus decisiones en nuestras.
A las nueve y cuarto escuchamos una camioneta detenerse afuera.
Camila se puso rígida.
Jacob abrió la puerta.
Entró como si nada hubiera ocurrido.
Al ver a su hija conmigo, se quedó inmóvil.
—¿Qué haces aquí?
Camila se levantó.
—Abuela ya sabe.
Jacob me miró.
Después vio la carpeta sobre la mesa.
Su cara cambió.
—Camila, vete.
—No.
—Te dije que te fueras.
Me puse de pie.
—No vuelvas a hablarle así.
Jacob soltó una risa seca.
—Qué rápido armaste tu equipo.
—No necesito un equipo, Jacob.
Saqué la notificación judicial.
—Solo necesito estar en esa sala dentro de ocho días.
Por primera vez desde que era niño, vi verdadero pánico en sus ojos.
Y entonces dijo algo que confirmó que todavía no entendía lo que había hecho.
—Si vas a ese juicio, vas a perder a tu único hijo.
Lo miré durante varios segundos.
—Jacob, yo empecé a perder a mi hijo mucho antes de esta mañana.
Me acerqué un paso.
—Pero terminé de perderlo cuando levantaste la mano contra mí.
Capítulo completado
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