Quince minutos después, una elegante Bentley negra se detuvo frente a la terminal.
Capítulo 2
Quince minutos después, una elegante Bentley negra se detuvo frente a la terminal.
El conductor bajó primero. Era un hombre mayor, impecablemente vestido, con un uniforme oscuro perfectamente planchado.
—¿Señora Hayes? Soy Samuel. El doctor Wells me pidió que la ayudara.
Antes de que pudiera responder, la puerta trasera del auto se abrió.
Harrison salió.
Alto, distinguido, con el cabello plateado y una chaqueta casual que seguramente costaba más que mi pensión de un mes.
Caminó directamente hacia mí.
—Pamela.
Tomó mi mano entre las suyas.
—He estado preocupado por ti. ¿Cómo salió la cirugía?
Después de la frialdad de mi propia familia, escuchar verdadera preocupación casi me hizo llorar.
—Salió tan bien como podía esperarse —contesté—. Sigo aquí, ¿no?
Harrison me observó durante unos segundos.
—Sí. Y me alegra muchísimo que sigas aquí.
Samuel tomó mi maleta y Harrison me ofreció el brazo.
—No quiero ser una carga —murmuré.
Su expresión cambió.
—Pamela, tú nunca podrías ser una carga.
Me ayudó a
subir al auto.
—Ahora vamos a llevarte a casa y me vas a contar por qué tu familia no estaba aquí para recibirte.
Durante el camino intenté justificar a Phillip y Diana.
Les expliqué que ambos tenían carreras exigentes, que Diana trabajaba en Meridian Pharmaceuticals y Phillip era socio de un despacho de abogados.
Harrison no pareció convencido.
—¿Y ninguno pudo apartar treinta minutos para recoger a su madre después de una cirugía cardiaca?
—Ellos no sabían que era algo tan serio.
—Porque tú se los ocultaste.
Bajé la mirada.
—No quería preocuparlos.
—Pamela, lo que te hicieron en Cleveland no fue un procedimiento menor.
Su tono no era duro, pero sí firme.
—Una cirugía cardiaca experimental no es una molestia familiar. Es una emergencia.
Sus palabras me incomodaron porque eran ciertas.
Había pasado años buscando razones para justificar la ausencia de mi familia.
Harrison no estaba dispuesto a ayudarme
a seguir haciéndolo.
Después me preguntó algo inesperado.
—¿Tu familia sabe quién soy?
—Sí. Les mencioné que me habías atendido. Diana mostró bastante interés.
—¿Interés médico?
Sonreí con cierta incomodidad.
—Profesional. Tu respaldo significaría mucho para Meridian.
Vi un cambio casi imperceptible en su rostro.
—¿Te pidió que nos presentaras?
—Lo insinuó, pero jamás haría algo así.
Harrison sonrió.
—Nuestra relación ya no es únicamente de médico y paciente, Pamela. Yo te considero una amiga.
La palabra me sorprendió.
Amiga.
Hacía mucho tiempo que nadie nuevo entraba en mi vida simplemente porque disfrutaba hablar conmigo.
—Yo también te considero un amigo —admití.
Cuando llegamos a mi casa, Harrison y Samuel insistieron en acompañarme hasta adentro.
Samuel salió a comprar alimentos mientras Harrison inspeccionaba mi refrigerador.
—¿Esto es lo que pensabas comer durante tu recuperación?
—Tengo sopa.
La miró con desaprobación.
—Tienes sodio en forma líquida.
No pude evitar reírme.
Él
preparó té en mi propia cocina como si hubiera estado ahí cien veces.
Por primera vez desde que salí del hospital me sentí cuidada.
Entonces mi teléfono comenzó a vibrar sobre la barra.
Una vez.
Otra.
Y otra.
Lo ignoré hasta que finalmente miré la pantalla.
Me quedé helada.
**48 llamadas perdidas.**
**32 mensajes.**
Todos de Phillip y Diana.
—¿Pasó algo? —preguntó Harrison.
—No lo sé. De repente mi familia parece muy interesada en hablar conmigo.
Desbloqueé el teléfono.
Entonces vi una notificación en redes sociales.
Harrison había publicado una fotografía nuestra junto al Bentley.
En ella, él sostenía mi brazo mientras yo, todavía pálida y cansada, intentaba mantenerme de pie.
El texto decía que se sentía honrado de ayudar a su amiga Pamela Hayes a regresar a casa después de una valiente cirugía cardiaca experimental.
La publicación ya tenía miles de reacciones.
Pero hubo un comentario que me dejó sin palabras.
Era de Diana.
**Doctor Wells, ella es mi suegra, llevamos meses intentando comunicarnos con usted por el proyecto Cardio Restore de Meridian.**
Levanté lentamente la mirada hacia Harrison.
—¿Tú sabías que Diana estaba tratando de contactarte?
Colocó una taza de té frente a mí.
—Digamos que tu nuera tiene cierta reputación en mi industria.
Se sentó frente a mí con una leve sonrisa.
—Y parece que acaba de descubrir una conexión que jamás imaginó tener.
Miré nuevamente mi teléfono.
Las llamadas seguían entrando.
Pero había algo aún más doloroso que el número.
Entre todos esos mensajes no había uno solo preguntando cómo me sentía.
Ni uno.
No querían saber si estaba bien.
Querían saber cómo conocía a Harrison Wells.
Y por primera vez entendí que aquellas 48 llamadas no eran por mí.
Eran por lo que ahora creían que podían conseguir a través de mí.
Capítulo completado
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