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EL DÍA QUE MI NUERA REGALÓ EL COMEDOR DE MIS PADRES, DESCUBRÍ QUE QUERÍA QUITARME MUCHO MÁS
Capítulo 6 / 7

Capítulo 6

El documento que llevaba el nombre de Luis

1826 palabras

## PARTE 6 — El documento que llevaba el nombre de Luis

Luis no durmió aquella noche.

Teresa tampoco.

A las ocho de la mañana ya estaban sentados frente a Adriana.

Mariana había insistido en acompañarlos.

Luis no quería.

Teresa permitió que fuera.

—Si su familia metió a mi hijo en esto, quiero que escuche todo.

Adriana colocó una copia del expediente sobre la mesa.

—Antes que nada, Luis no aparece como responsable de haber presentado este trámite.

Luis respiró.

—Entonces ¿por qué está mi nombre?

—Porque alguien intentó crear un documento que aparentara otorgarte facultades sobre la casa.

Teresa tomó las hojas.

—¿Yo supuestamente le daba poder a Luis?

—Sí.

—¿Para venderla?

—Entre otras facultades.

Luis golpeó suavemente la mesa.

—Yo jamás pedí esto.

—Lo sabemos.

Mariana preguntó:

—¿Quién lo hizo?

—Eso es lo que estamos intentando establecer.

Adriana señaló varias inconsistencias.

Fechas.

Firmas.

Copias de identificaciones.

Información correcta mezclada con datos incompletos.

—El trámite no se concluyó correctamente —explicó—. Por eso no aparece un cambio

en la propiedad. Pero alguien estaba preparando el terreno.

Teresa miró a Mariana.

—¿Patricia?

—Probablemente participó, pero necesitamos pruebas.

Luis tomó una hoja.

—¿Y para qué usarían mi nombre?

Teresa comprendió antes de que Adriana respondiera.

—Porque algún día la casa podría ser tuya.

Adriana asintió.

—Y porque presentar la operación como un asunto entre madre e hijo podía levantar menos sospechas.

Luis dejó el papel.

—Usaron mi nombre para intentar robarle la casa a mi mamá.

Mariana comenzó a llorar.

Luis ni siquiera la miró.

Durante esa semana aparecieron más pruebas.

Elena aceptó declarar sobre el dinero.

Arturo entregó sus conversaciones.

Esteban, después de consultar con su abogado, entregó copias de los mensajes con Patricia y Mariana.

Y la notaría proporcionó registros del intento de trámite.

La verdad comenzó a reconstruirse.

Patricia había descubierto la magnitud de las deudas de Mariana casi un año antes.

Al principio realmente intentó

ayudarla.

Después vio una oportunidad.

Teresa tenía dos propiedades sin deudas importantes.

Luis era hijo único.

Y Mariana estaba desesperada.

Patricia empezó a convencer a su hermana de que utilizar temporalmente parte del patrimonio de Teresa no era realmente quitarle nada.

**Algún día será de Luis**, repetía.

Mariana aceptó vender objetos.

Aceptó sacar documentos.

Aceptó entregar información.

Pero cuando Patricia propuso buscar el testamento y avanzar con operaciones sobre las propiedades, Mariana se asustó.

Para entonces era demasiado tarde.

Patricia ya tenía copias de todo.

Y decidió continuar sola.

Eso no convertía a Mariana en inocente.

Teresa lo sabía.

Luis también.

Una noche, después de reunirse con Adriana, Teresa encontró a su hijo sentado frente al comedor recuperado.

Había una taza de café intacta delante de él.

—¿Puedo sentarme?

Luis asintió.

Teresa ocupó la silla de enfrente.

Durante un rato ninguno habló.

Finalmente Luis dijo:

—Voy a separarme de Mariana.

Teresa no mostró sorpresa.

—Es tu decisión.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que te diga?

—No sé.

—No voy a decidir tu matrimonio.

Luis bajó la mirada.

—La amo.

—Lo sé.

—Pero no sé quién es.

Teresa observó las vetas de la madera.

—Probablemente sigue siendo la mujer que conociste.

Luis la miró.

—¿Después de todo esto?

—Las personas no se convierten de repente en otra persona. A veces simplemente descubrimos partes que no queríamos ver.

Luis guardó silencio.

—¿Podrías perdonarla?

Teresa tardó en responder.

—Algún día quizá deje de sentir rabia.

—No es lo mismo.

—No.

—Entonces no.

—Perdonar no significa devolverle las llaves de mi casa.

Luis sonrió tristemente.

—Papá habría explotado.

Teresa también sonrió.

—Tu padre habría cambiado las cerraduras antes de terminar la primera discusión.

Ambos rieron por primera vez en días.

Después Teresa se puso seria.

—Luis, no te quedes con Mariana por mí ni la dejes por mí.

—No lo haré.

—Lo que pasó conmigo se resolverá legalmente. Lo que pasó entre ustedes es otra cosa.

Luis asintió.

Dos días después, Mariana se fue de la casa.

No hizo una escena.

Bajó dos maletas.

Se detuvo frente al comedor.

Teresa estaba en la cocina.

—Teresa.

Ella se acercó.

Mariana tenía los ojos hinchados.

—Encontré esto entre mis cosas.

Le entregó una pequeña caja.

Dentro estaba el reloj de sobremesa que Teresa había creído vendido.

—¿Por qué lo tenías?

—Pensaba llevarlo a la tienda. Nunca lo hice.

Teresa tomó la caja.

—Gracias por devolverlo.

Mariana pareció esperar algo más.

No llegó.

—Sé que pedirte perdón no arregla nada.

—No.

—Pero lo siento.

Teresa la miró.

—¿Por qué lo sientes?

Mariana pareció confundida.

—Por todo.

—Eso es demasiado fácil.

Mariana bajó la cabeza.

Teresa continuó:

—¿Lamentas haber vendido el comedor porque te descubrieron o porque ahora entiendes lo que significaba?

Las lágrimas aparecieron.

—Porque ahora entiendo.

—¿Lamentas haber usado mis documentos porque salió mal o porque entiendes que no tenías derecho?

—Porque no tenía derecho.

—¿Y lamentas las apuestas?

Mariana respiró profundamente.

—Lamento haber creído que podía solucionar una mentira con otra.

Teresa asintió.

Aquello era, al menos, una respuesta.

—Busca ayuda.

—Ya tengo una cita.

—Bien.

Mariana tomó sus maletas.

Antes de salir se volvió.

—Nunca quise quitarte tu casa.

Teresa sostuvo su mirada.

—Pero estuviste dispuesta a arriesgarla.

Mariana no pudo responder.

Se marchó.

Las semanas siguientes fueron lentas.

La promesa de compraventa del departamento quedó impugnada y Arturo inició acciones para recuperar su dinero.

Las autoridades investigaron las firmas y documentos.

Patricia dejó de negar que había participado, aunque intentó responsabilizar a Mariana de gran parte del plan.

Esteban entregó las escrituras originales por medio de sus abogados.

Cuando Teresa volvió a tenerlas entre las manos, sintió un alivio que no esperaba.

Las guardó en una nueva caja de seguridad fuera de casa.

También reorganizó sus documentos patrimoniales con Adriana.

Pero tomó una decisión adicional.

Actualizó su testamento.

No para castigar a Luis.

Todo lo contrario.

Quería que no quedara ninguna duda sobre qué ocurriría con sus bienes.

Una tarde, Luis fue a visitarla.

Ya vivía en un departamento rentado.

—¿Mariana te ha llamado? —preguntó Teresa.

—Sí.

—¿Cómo está?

—En terapia. También entró a un programa para personas con problemas de juego.

Teresa asintió.

—Eso es bueno.

—Me pidió que fuéramos a terapia de pareja.

—¿Vas a ir?

—Todavía no sé.

Teresa no opinó.

Luis sonrió.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no decirme qué hacer.

—Ya eres bastante grande para equivocarte solo.

Luis soltó una carcajada.

En ese momento sonó el timbre.

Era Adriana.

No solía presentarse sin avisar.

Teresa supo inmediatamente que algo había ocurrido.

—¿Qué pasó?

Adriana entró con una carpeta.

—Encontraron a la mujer de la videollamada.

Teresa se quedó quieta.

—¿Quién era?

—Una conocida de Patricia. Dice que Patricia le pagó cinco mil pesos para hacerse pasar por ti.

Luis negó con incredulidad.

—Cinco mil.

—Sí.

—¿Y aceptó?

—Le dijeron que era una representación para convencer a un comprador mientras Teresa estaba enferma.

Teresa suspiró.

—Siempre hay una explicación.

Adriana se sentó.

—Pero no vine solo por eso.

Abrió la carpeta.

—Revisando las transferencias de Patricia apareció otro movimiento.

Teresa sintió el cansancio de las últimas semanas caerle encima.

—¿Ahora qué?

—Una transferencia por trescientos mil pesos.

—¿A quién?

—A Mariana.

Luis levantó la cabeza.

—¿Cuándo?

Adriana le mostró la fecha.

Tres días después de que Patricia recibiera el anticipo de Arturo.

Luis se quedó inmóvil.

—Mariana dijo que no sabía nada de esa venta.

Teresa miró la fecha.

Recordó aquellos días.

Mariana había seguido viviendo en su casa.

Había seguido mirándola a los ojos.

Había seguido fingiendo que todo era normal.

—¿Qué concepto tenía la transferencia? —preguntó Teresa.

Adriana respondió:

—Préstamo.

Luis sacó su teléfono.

—Voy a llamarla.

Teresa lo detuvo.

—Pon el altavoz.

Mariana contestó al tercer tono.

—Luis.

—Necesito preguntarte algo.

—¿Qué pasó?

—Patricia te transfirió trescientos mil pesos.

Silencio.

Teresa cerró los ojos.

Otra vez ese silencio.

—Sí —respondió Mariana finalmente.

Luis apretó el teléfono.

—¿De dónde creías que venía ese dinero?

—Patricia dijo que había conseguido un préstamo.

—Fue tres días después de recibir el dinero por el departamento de mi mamá.

Mariana empezó a respirar más rápido.

—Yo no sabía eso.

—¿Por qué nunca mencionaste esos trescientos mil?

—Porque...

—¿Porque qué?

—Porque los usé para pagar una parte de mis deudas.

—Nos dijiste que Patricia te había ayudado meses antes.

—También me ayudó esa vez.

—Mariana, te preguntamos cuánto dinero habías recibido de ella.

Silencio.

—Lo sé.

Luis cerró los ojos.

—Volviste a mentir.

—Tenía miedo de que pareciera que yo participé en la venta.

Teresa tomó el teléfono.

—Mariana.

—Teresa...

—Escúchame bien. Si no sabías de dónde salió ese dinero, eso se investigará. Pero esconderlo después de que descubrimos el fraude fue otra decisión tuya.

Mariana comenzó a llorar.

—Lo sé.

—No, todavía no lo entiendes.

Teresa miró a Luis.

—Cada vez que tienes oportunidad de decir toda la verdad, eliges contar solo la parte que ya sabemos.

Mariana no respondió.

Teresa devolvió el teléfono a su hijo.

Luis habló con voz baja.

—No puedo seguir haciendo esto.

—Luis...

—Necesito terminar.

Mariana comenzó a suplicarle.

Pero Luis colgó.

Se quedó sentado mirando el teléfono.

Teresa no dijo nada.

Su hijo necesitaba vivir ese momento sin que ella lo llenara con palabras.

Adriana cerró la carpeta.

—Hay una última cosa.

Teresa casi sonrió por lo absurdo que sonaba.

—Por supuesto que la hay.

Adriana deslizó una hoja sobre la mesa.

—Patricia hizo una declaración adicional esta mañana.

—¿Qué dijo?

—Que la idea de vender el comedor no fue de Mariana.

Teresa levantó la mirada.

—¿Entonces de quién?

—De Patricia.

Luis frunció el ceño.

—¿Por qué le importaba una mesa?

Adriana señaló una fotografía del comedor.

—Porque Patricia había estado en esta casa meses antes.

Teresa recordó una comida familiar.

Patricia había recorrido el comedor observando los muebles.

—¿Y?

—Según su declaración, vio algo dentro del aparador que estaba junto a la mesa.

Teresa sintió un escalofrío.

—¿Qué cosa?

Adriana abrió otra fotografía.

Era una imagen antigua de Teresa y su esposo.

Detrás de ellos aparecía el comedor.

Y junto a la pared, el pequeño aparador que también había desaparecido.

—Patricia asegura que encontró dentro un sobre con documentos bancarios de tu esposo.

Teresa quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

Teresa se levantó.

Caminó hasta el lugar donde antes estaba el aparador.

Cuando recuperaron el comedor de Antigüedades San Gabriel, Teresa había preguntado por él.

Ernesto aseguró que Mariana no se lo había vendido.

Todos habían supuesto que había terminado con otra persona.

Teresa miró a Luis.

—El aparador nunca volvió.

Adriana asintió.

—Y Patricia dice que no quería el comedor.

—Quería el aparador.

—Exactamente.

Teresa sintió que una memoria antigua regresaba.

Su esposo, pocos meses antes de morir, le había dicho una noche:

**Si algún día necesitas revisar las cuentas viejas, guardé todo junto al comedor.**

Teresa había olvidado aquella frase.

Hasta ahora.

Miró a Adriana.

—Tenemos que encontrar ese aparador.

Porque por primera vez, aquello ya no tenía que ver con lo que Mariana había perdido.

Tenía que ver con algo que el esposo de Teresa había dejado escondido años atrás.

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