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EL DÍA QUE MI NUERA REGALÓ EL COMEDOR DE MIS PADRES, DESCUBRÍ QUE QUERÍA QUITARME MUCHO MÁS
Capítulo 2 / 7

Capítulo 2

La mentira detrás del comedor

1594 palabras

## PARTE 2 — La mentira detrás del comedor

Mariana tardó apenas un segundo en reaccionar.

—Eso no prueba nada.

Teresa seguía sosteniendo entre los dedos el pedazo de papel con el nombre de la tienda de antigüedades.

—Entonces explícame qué hace esto aquí.

—No sé.

—Claro que sabes.

—Teresa, por favor, estás armando toda una historia por un papel que encontraste en el piso.

Luis se acercó a su madre y tomó la etiqueta.

Leyó el nombre.

**Antigüedades San Gabriel.**

Conocía el lugar. Estaba en una zona comercial antigua, a unos cuantos kilómetros de ahí.

Luis miró a Mariana.

—¿Fuiste a esta tienda?

—No.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Entonces vamos a llamar.

Mariana se movió inmediatamente.

—¿Para qué?

Fue una reacción demasiado rápida.

Luis ya estaba sacando su teléfono.

—Para preguntar si tienen el comedor.

—Luis, esto es ridículo.

—Si no lo tienen, se acaba el problema.

—No tenemos que molestar a gente desconocida solo porque tu mamá encontró un papel.

Teresa permaneció en silencio.

La

forma en que Mariana intentaba detener la llamada confirmaba cada vez más sus sospechas.

Luis buscó el negocio.

Encontró el número y marcó.

Mariana se alejó unos pasos.

—Buenas tardes —dijo Luis cuando alguien respondió—. Quisiera preguntar por un comedor antiguo que quizá recibieron hoy.

Teresa observaba el rostro de su hijo.

—Sí... madera oscura... mesa rectangular... ocho sillas...

Hubo una pausa.

Luis miró a Teresa.

—Sí, exactamente, las sillas tienen un diseño tallado en el respaldo.

Teresa sintió un golpe en el pecho.

Mariana bajó la mirada.

—Entiendo —continuó Luis—. ¿Todavía lo tienen?

Otra pausa.

—¿Lo vendieron?

Teresa se acercó.

Luis activó el altavoz.

La voz de un hombre mayor llenó la habitación.

—No, joven, nosotros se lo compramos a una señora esta mañana. Todavía está aquí. Apenas lo estamos revisando.

Teresa cerró los ojos.

Luis preguntó:

—¿A qué señora?

Mariana levantó la cabeza.

—Luis, cuelga.

Él la ignoró.

—¿Recuerda su nombre?

—Mariana —respondió el hombre—. No recuerdo el apellido, pero tengo el recibo.

El silencio cayó sobre la habitación.

Luis terminó la llamada después de decirle al hombre que irían en unos minutos.

Mariana comenzó a caminar hacia la cocina.

—¿A dónde vas? —preguntó Luis.

—Necesito agua.

—Necesitamos hablar.

—No pienso discutir mientras tu mamá me trata como una delincuente.

Teresa soltó una risa breve, sin humor.

—Yo no te estoy tratando de ninguna manera. Tú acabas de mentirme en mi propia cara.

—Pensaba darte el dinero.

—¿Cuánto te dieron?

Mariana guardó silencio.

—¿Cuánto?

—Doce mil pesos.

Teresa sintió otra punzada.

No por el dinero.

Sabía que un comedor de ese tipo podía valer mucho más, pero no era eso lo que le importaba.

—¿Dónde están?

—¿Qué?

—Los doce mil pesos.

—En mi cuenta.

—Entonces no pensabas dármelos.

—¡Claro que sí!

—¿Cuándo?

Mariana no respondió.

Luis se pasó

una mano por el rostro.

—No puedo creer esto.

—No exageres —dijo Mariana—. Era una mesa vieja.

Teresa la miró con una calma que pareció incomodarla más que cualquier grito.

—Era mía.

—Y tú te vas a mudar.

—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

Mariana suspiró.

—Esta casa necesita cambios, Teresa. Si Luis y yo vamos a vivir aquí, no podemos conservar cada mueble de hace cuarenta años.

Teresa tardó unos segundos en responder.

—¿Quién dijo que ustedes iban a vivir aquí?

Mariana se quedó inmóvil.

Luis miró a su esposa.

—Mariana...

—Tú mismo dijiste que quizá tu mamá se quedaría en el departamento.

—Dije que quizá.

—Exacto.

—Eso no significa que la casa sea nuestra.

—No dije que fuera nuestra.

Teresa recordó entonces varias conversaciones de las últimas semanas.

Comentarios que en su momento había ignorado.

Mariana preguntándole cuánto pagaba de predial.

Mariana queriendo saber si todavía debía algo de la hipoteca.

Mariana sugiriendo que la recámara principal necesitaba un vestidor más grande.

Incluso había llevado muestras de pintura una tarde.

Teresa había pensado que estaba entusiasmada con ayudar.

Ahora todo se veía distinto.

—Luis —dijo Teresa—, vamos por mi comedor.

—Voy con ustedes —dijo Mariana.

—No.

—Yo hice el trato. Necesitan que vaya.

Teresa la miró.

—Precisamente por eso no quiero que vengas.

Quince minutos después, Teresa y Luis iban rumbo a la tienda.

Ninguno habló durante los primeros minutos.

Finalmente, Luis rompió el silencio.

—Mamá, perdóname.

—Tú no vendiste el comedor.

—Pero la traje a tu casa.

—Porque necesitaban dónde quedarse.

—Debí darme cuenta.

Teresa miró por la ventana.

—Yo también.

—Mariana ha estado rara desde que mencionaste lo del departamento.

Teresa giró hacia él.

—¿Rara cómo?

Luis dudó.

—Ha estado haciendo planes.

—¿Qué clase de planes?

—Nada concreto. Cambiar la cocina, arreglar el patio, convertir tu cuarto de costura en oficina...

Teresa sintió frío.

—¿Mi cuarto de costura?

—Le dije que dejara de adelantarse.

—¿Y por qué está haciendo planes para una casa que no le pertenece?

Luis no tuvo respuesta.

Llegaron a Antigüedades San Gabriel poco después.

El propietario, un hombre llamado Ernesto, los recibió personalmente.

El comedor estaba al fondo.

Cuando Teresa lo vio, tuvo que contener las lágrimas.

Ahí estaba.

La mesa tenía una pequeña raspadura en una esquina que su hermano había hecho cuando eran adolescentes. Una de las sillas conservaba una diminuta mancha debajo del asiento.

Teresa pasó los dedos por la madera.

—Es este.

Ernesto pareció incómodo.

—La señora me aseguró que era suyo.

—No lo era.

—Lo siento mucho.

—Quiero recuperarlo.

El hombre suspiró.

—Yo pagué por él.

Luis preguntó:

—¿Cuánto?

—Veintiocho mil pesos.

Teresa levantó la cabeza.

—¿Veintiocho?

Mariana les había dicho doce mil.

Ernesto buscó una carpeta y sacó un recibo.

—Aquí está.

Luis fotografió el documento.

La firma de Mariana aparecía al final.

Veintiocho mil pesos.

Teresa sintió cómo la indignación sustituía poco a poco a la tristeza.

No había sido una decisión impulsiva.

Mariana había negociado el precio.

Había llevado el comedor hasta ahí.

Había cobrado.

Y después había regresado a casa dispuesta a decir que lo había regalado.

—Me lo llevo hoy —dijo Teresa.

Ernesto aceptó devolverlo si recuperaba su dinero.

Teresa pagó los veintiocho mil pesos con su tarjeta.

Luis protestó, pero ella lo detuvo.

—Después resolveremos esto.

Mientras unos empleados preparaban el comedor para transportarlo, Ernesto se acercó nuevamente.

—Señora Teresa...

—¿Sí?

—Hay algo más que debería saber.

Teresa lo miró.

—La señora que vino esta mañana no trajo solamente este comedor.

Luis frunció el ceño.

—¿Qué más trajo?

Ernesto caminó hasta un pequeño almacén.

Regresó cargando una caja.

La colocó sobre un mostrador.

Dentro había dos lámparas antiguas, un reloj de sobremesa y un juego de cubiertos de plata.

Teresa reconoció cada objeto.

Todos eran suyos.

—También quería vender esto —explicó Ernesto—. Pero no llegamos a un acuerdo.

Luis se quedó mirando la caja.

—¿Cuánto tiempo lleva viniendo Mariana aquí?

Ernesto vaciló.

—Hoy no fue la primera vez.

Teresa sintió que se le helaba la sangre.

—¿Cuántas veces?

—Tres, quizá cuatro.

—¿Qué le compró antes?

El hombre parecía cada vez más incómodo.

—Tendría que revisar mis registros.

—Revise.

Ernesto fue hacia su oficina.

Luis tomó a Teresa del brazo.

—Mamá...

—Quiero saber.

—Sea lo que sea, lo vamos a arreglar.

Teresa no respondió.

Minutos después, Ernesto regresó con varias hojas.

—Aquí están las operaciones.

Teresa empezó a leer.

Un juego de porcelana.

Dos candelabros.

Una pequeña cómoda de nogal.

Una caja con monedas antiguas que había pertenecido a su esposo.

Teresa tuvo que apoyarse en el mostrador.

—Esas monedas eran de tu padre.

Luis apretó los puños.

—Voy a llamar a Mariana.

—No.

—Mamá...

—Todavía no.

Teresa fotografió cada recibo.

Había aprendido algo durante los años que administró junto a su marido un pequeño negocio familiar: cuando alguien te miente, no sirve de nada confrontarlo antes de saber hasta dónde llega la mentira.

—¿Hay algo más? —preguntó.

Ernesto negó con la cabeza.

—Esto es todo lo que yo compré.

Teresa agradeció la información.

De regreso a casa, Luis estaba furioso.

—Esto es robo.

—Sí.

—Tenemos que denunciarla.

—Primero quiero saber si solamente tomó objetos.

Luis volteó hacia ella.

—¿Qué quieres decir?

Teresa recordó las preguntas sobre el predial.

La hipoteca.

Los documentos de la casa.

—Quiero revisar mis papeles.

Cuando llegaron, Mariana estaba sentada en la sala.

Al ver que detrás de ellos entraban los trabajadores cargando el comedor, se levantó de golpe.

—¿Pagaron para recuperarlo?

Teresa la observó.

—Sí.

—Te dije que iba a darte el dinero.

—Doce mil, ¿verdad?

Mariana se quedó inmóvil.

Luis dejó una copia del recibo sobre la mesa.

—Te dieron veintiocho.

El rostro de Mariana cambió.

—Puedo explicarlo.

—Después —dijo Teresa.

Caminó directamente hacia las escaleras.

—¿A dónde vas? —preguntó Mariana.

Teresa no respondió.

Subió hasta su habitación y abrió el clóset.

En la parte superior guardaba una caja metálica con documentos importantes.

La bajó.

La cerradura estaba intacta.

Teresa respiró aliviada.

Introdujo la llave.

Abrió la caja.

Su alivio desapareció.

Las escrituras de la casa no estaban.

Tampoco estaba la carpeta que contenía los documentos de otro inmueble que Teresa jamás había mencionado delante de Mariana.

Revisó una vez.

Luego otra.

Luis llegó detrás de ella.

—¿Qué pasa?

Teresa levantó la vista.

—Faltan documentos.

—¿Cuáles?

—Las escrituras de esta casa.

Luis palideció.

—¿Qué más?

Teresa miró nuevamente el espacio vacío dentro de la caja.

Y entonces comprendió que el comedor nunca había sido el verdadero problema.

—Los documentos del departamento también desaparecieron.

Desde el pasillo llegó un pequeño ruido.

Ambos voltearon.

Mariana estaba parada en la puerta.

Y por la expresión de su rostro, Teresa supo que había escuchado cada palabra.

***Haz clic en el “PARTE 3” azul de abajo para leer la siguiente parte: 👉 PARTE 3 👈***

Capítulo completado

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