Una semana después de casarse a escondidas, mi nuera me llamó: “Necesitamos los 22.000 pesos del alquiler antes del viernes”. Le respondí: “La casa es mía”. Ella se rio: “Ya no. Ahora es de tu hijo”. No sabía que yo ya tenía delante la escritura falsificada… y que el banco acababa de congelar su préstamo de 3,4 millones.