Miré a Mauricio durante un largo rato.
Capítulo 3
Miré a Mauricio durante un largo rato.
Seguía teniendo el mismo hoyuelo en la mejilla derecha.
La misma cicatriz sobre la ceja por aquella caída de bicicleta cuando tenía nueve años.
La misma manera de cerrar los ojos cuando estaba nervioso.
La sangre podía decir una cosa.
Treinta años de vida decían otra.
—Sigues siendo mi hijo —le dije.
Levantó la mirada.
—¿De verdad?
—No confundas las cosas. Que tu padre me haya mentido no borra todo lo que hice por ti.
—Mamá…
—Pero tampoco te da derecho a robarme.
—Yo no quería robarte.
—¿Entonces qué querías? ¿Vender la casa? ¿Hipotecarla? ¿Mandarme a un departamento y pagar tus deudas con mi patrimonio?
—Te lo iba a devolver.
Me reí con amargura.
—¿Con qué? ¿Con el bebé?
Camila se llevó una mano al vientre.
Y algo me llamó la atención.
Usaba una blusa holgada, pero no parecía una mujer embarazada de siete meses, como había dicho en una
fotografía que mandó al grupo familiar.
—¿De cuántos meses estás?
Camila no respondió.
Mauricio volteó hacia ella.
—Camila.
Ella cerró los ojos.
—No estoy embarazada.
Mauricio se quedó helado.
—¿Qué?
—No estoy embarazada.
—Pero tú me dijiste…
—Fui a una clínica. Me hicieron estudios. No puedo tener hijos.
Mauricio parecía no entender.
—¿Entonces por qué inventaste todo eso?
Camila dejó el celular sobre la mesa.
—Porque tú necesitabas una excusa para sacar a tu mamá de esta casa sin que sospechara.
—¡Tú dijiste que era la única manera!
—Porque estabas desesperado.
La miré.
—¿Desesperado por qué?
Camila respiró hondo.
Después dijo la frase que terminó de romperlo todo.
—Mauricio apostó la casa.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Qué acabas de decir?
—Hace un año empezó a jugar póker en línea. Al principio apostaba cantidades pequeñas. Después empezó a pedir préstamos. Cuando se quedó sin dinero, utilizó documentos de la propiedad
para conseguir crédito.
Mauricio palideció.
—Cállate.
Camila lo miró.
—No. Ya no voy a callarme.
Parecía otra mujer.
Más cansada.
Más vieja.
Como si por fin hubiera dejado caer una máscara que llevaba meses sosteniendo.
—Los acreedores vienen el lunes —continuó—. Si no paga, lo van a demandar. Pensó que podía convencerte de vender la casa. Cuando vio que no ibas a aceptar, encontró los papeles del fideicomiso y quiso falsificar tu firma.
Volteé hacia Mauricio.
—¿Querías falsificar mi firma?
—No llegué a hacerlo.
—Qué alivio.
Camila siguió hablando.
—Yo encontré la carta de Alejandro hace dos meses. Le dije que no hiciera nada. Le propuse que nos fuéramos, que empezáramos de cero.
—¿Y él?
—Dijo que esta casa era la única forma de pagar.
Mauricio explotó:
—¡Porque lo era!
Lo miré.
—No. Era la única forma de no enfrentar las consecuencias.
Se acercó al escritorio.
—Mamá, cometí errores, pero
nunca quise lastimarte.
Le mostré la fotografía rota.
—Sacaste mis recuerdos de mi recámara y terminaron rompiendo una foto de tu padre.
—Fue un accidente.
—Claro.
Camila caminó hacia la puerta.
—Yo me voy.
Mauricio la sujetó del brazo.
—No puedes dejarme así.
Ella se soltó.
—Te dije que no iba a seguir mintiendo.
—Eres mi esposa.
—Y tú convertiste nuestro matrimonio en una operación financiera.
—¡Todo esto lo hice por ti!
Camila negó con la cabeza.
—No. Lo hiciste por miedo.
Aquella discusión me resultó dolorosamente familiar.
Alejandro y yo habíamos tenido una conversación parecida treinta años atrás.
Sólo que entonces yo no sabía todo lo que él escondía.
—Camila —le dije—, ¿qué quieres hacer ahora?
Me miró con los ojos rojos.
—Entregarle todo lo que tengo.
Metió la mano en su bolsa y sacó una memoria USB.
—Grabé conversaciones. Audios de Mauricio hablando con el notario. Correos del banco. Transferencias. Todo.
Mauricio se quedó inmóvil.
—¿Me grabaste?
—Porque sabía que cuando esto explotara ibas a echarme toda la culpa.
—Eres una traidora.
—No. Soy la única que todavía intenta evitar que acabes en la cárcel.
Tomé la memoria.
—¿Por qué me ayudas?
Camila tragó saliva.
—Porque cuando llegué a esta familia usted me trató como a una hija. Usted pagó mi operación de la vesícula. Usted estuvo conmigo cuando murió mi mamá. Y yo permití que Mauricio le hiciera esto.
Noté inmediatamente el cambio.
Toda la tarde me había hablado de tú.
Ahora me hablaba de usted.
Ese simple cambio marcó exactamente el momento en que dejó de proteger a Mauricio y decidió ponerse de mi lado.
—¿Dónde está el contrato falso?
Camila miró hacia el estudio.
—Ahí.
Mauricio se atravesó.
—No vas a entrar.
—La casa es mía.
—No sabes qué hay ahí.
—Por eso mismo voy a entrar.
—Mamá, por favor.
—No me pidas por favor ahorita. Debiste hacerlo antes de sacar mis libros.
Lo hice a un lado.
El estudio olía a polvo y pintura.
Los libreros estaban medio vacíos.
El escritorio de Alejandro había sido movido junto a la ventana.
Detrás había una caja fuerte abierta.
—¿Ya la revisaron?
Mauricio guardó silencio.
Camila respondió:
—Buscaba la escritura original.
—¿La encontraron?
—No.
Recordé una frase de la carta.
“La verdad está en el estudio”.
Miré el escritorio.
La lámpara de Alejandro seguía conectada.
Toqué su base de bronce.
Una pieza se movió.
La giré.
Se abrió un pequeño compartimento.
Dentro había un sobre sellado con mi nombre.
Mis manos empezaron a temblar.
—No lo abras —dijo Mauricio.
Lo miré.
—Ahora sí lo voy a abrir.
Adentro encontré un acta de nacimiento, un reporte médico y una segunda carta.
El acta decía que el hijo de Elena Salazar se llamaba Mauricio Salazar.
El reporte médico era sobre mi propio embarazo.
Abrí la carta.
Y comprendí que todavía faltaba lo peor.
Capítulo completado
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