Como si fuera tan sencillo.
Capítulo 2
Como si fuera tan sencillo.
Para él quizá lo era.
Para los adultos éramos nosotros los que complicábamos el amor.
Cuando cerré su puerta, tenía once llamadas perdidas.
Los primeros audios de mi mamá eran furiosos.
—Qué vergüenza me hiciste pasar, Lucía. Todo por unas papas.
Otro:
—Siempre has querido llamar la atención.
Otro:
—Renata terminó llorando por tu culpa.
Me reí.
Claro.
Renata.
La víctima universal.
Pero después el tono cambió.
—¿Qué pastilla le toca a tu papá en la noche?
Otro mensaje.
—No encuentro el número de rehabilitación.
Otro.
—¿Cuándo es la consulta con el neurólogo?
Yo sabía todo.
Porque durante ocho meses yo había llevado a mi padre a terapias.
Comprado medicamentos.
Pagado estudios.
Organizado horarios.
Hablado con médicos.
Contestado llamadas a las tres de la mañana.
Renata subía una foto desde el hospital cada dos semanas:
“Todo por mi papito hermoso.”
Ciento ochenta likes.
Corazones.
Comentarios diciéndole qué gran hija era.
Yo estacionaba el coche.
Cargaba la silla.
Llenaba formularios.
Pagaba.
Ella cobraba los aplausos.
Escuché el último audio.
—Mañana vienes temprano y arreglas esto, como siempre.
Miré el pastillero semanal de mi papá sobre mi mesa.
Siete compartimentos azules.
Siete blancos.
Mi letra en las etiquetas.
Respondí una palabra:
“Recuerda.”
Su respuesta llegó de inmediato.
“No olvides quién paga la casa donde vive tu padre.”
Me quedé observando la pantalla.
Entonces comprendí algo que llevaba años evitando.
Para mi madre yo no era hija.
Era servicio.
Chofer.
Enfermera.
Cajero automático cuando faltaba dinero.
Persona disponible.
Renata era la hija para presumir.
Carter, el nieto para adorar.
Dany y yo éramos útiles mientras no pidiéramos respeto.
Apoyé el teléfono sobre la mesa.
No iba a abandonar a mi papá.
Pero tampoco iba a seguir entregándoles mi vida para que pudieran maltratar a mi hijo.
Estaba pensando cómo separar ambas cosas cuando
apareció otro mensaje.
TÍA COLLEEN.
La hermana menor de mi papá.
“Ven mañana a mi casa. Sola. Tengo una caja con documentos de Rafael que Estela no quiere que veas.”
Me quedé inmóvil.
Colleen nunca exageraba.
Nunca se metía en pleitos.
Era de esas mujeres que podían sentarse cuatro horas en una reunión familiar sin decir una palabra mala de nadie.
Luego llegó otro mensaje.
“Lucía, por favor.”
Dormí poco.
A la mañana siguiente dejé a Dany con mi amiga Sofía y manejé hasta la casa de mi tía en Atemajac.
Colleen me abrió antes de que tocara.
—Pásale.
—¿Qué pasó?
—Primero siéntate.
—Tía.
—Siéntate, hija.
Había una caja de plástico gris sobre el comedor.
No madera.
Nada elegante.
Cinta adhesiva alrededor.
Mi tía puso las manos encima.
—Tu papá me la dio dos semanas antes del derrame.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
Sentí que se me cerraba el estómago.
—¿De qué?
—De Estela.
Solté una risa nerviosa.
—Mi mamá es muchas cosas, pero…
Colleen me miró de una forma que me hizo callar.
—Rafael descubrió que ella estaba moviendo dinero.
—¿Dinero de qué?
—De sus cuentas.
Se me secó la boca.
—¿Renata sabe?
—Creo que sí.
Abrió la caja.
Había estados bancarios.
Copias notariales.
Una libreta.
Un teléfono viejo.
Y un sobre con mi nombre.
LUCÍA.
Reconocí la letra de mi papá.
—¿Por qué no me lo diste antes?
Colleen bajó la mirada.
—Porque él me pidió que esperara hasta que pudiera hablar nuevamente.
—Pero no puede.
—Lo sé.
—Entonces…
—Ayer me llamó.
—¿Papá?
—Sí.
—¿Cómo?
—Dijo una sola palabra.
Sentí que me daba un vuelco el corazón.
—¿Cuál?
Colleen me miró.
—“Lucía.”
Abrí el sobre.
Había una carta escrita meses antes.
“Hija:
Si Colleen te está dando esto, significa que ya no puedo explicarte las cosas como quisiera.
Primero necesito que sepas algo.
La casa donde vivimos no pertenece a tu madre.”
Fruncí el ceño.
Seguí.
“Pertenece a un fideicomiso que creé hace quince años.
La beneficiaria principal eres tú.”
Levanté la vista.
—¿Qué?
Colleen asintió.
—Sigue leyendo.
“No hice esto para favorecerte sobre Renata.
Lo hice porque descubrí que tu madre llevaba años usando mi firma sin permiso.
Al principio fueron cantidades pequeñas.
Luego préstamos.
Después quiso hipotecar la casa.”
Sentí náuseas.
—No.
Colleen sacó un documento.
—Aquí está el intento.
—¿Para qué necesitaba tanto dinero?
Mi tía guardó silencio.
—Dímelo.
—Para Renata.
Mi corazón se endureció.
—Claro.
—No como piensas.
Sacó otra carpeta.
Había estados de cuenta de una clínica de fertilidad.
Tratamientos.
Transferencias.
Pagos de casi seis años atrás.
Nombre de paciente:
RENATA SALGADO.
Me quedé viendo.
—¿Qué es esto?
—Renata tuvo problemas para embarazarse.
—Eso lo sé.
—Lo que no sabes es cómo pagaron los tratamientos.
Revisé las cifras.
Eran enormes.
Cientos de miles de pesos.
Algunas transferencias salían de las cuentas de mi padre.
Otras de créditos que él jamás habría autorizado.
—Mi mamá robó para pagarle tratamientos.
—Sí.
—¿Papá lo sabía?
—Lo descubrió después.
—¿Y por qué nunca dijo nada?
—Por Carter.
La palabra cayó rara.
—¿Qué tiene que ver Carter?
Colleen deslizó otro sobre.
—Esto fue lo que cambió todo.
Era un reporte genético.
No entendí al principio.
Luego vi los nombres.
Rafael Salgado.
Carter Morales Salgado.
Probabilidad de parentesco abuelo-nieto biológico:
0.04%.
Me quedé helada.
—No.
Capítulo completado
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