Nos escondimos en el cuarto de servicio.
Capítulo 2
Nos escondimos en el cuarto de servicio.
Yo apenas podía respirar.
—¿Desde cuándo sabes?
—No sabía todo.
Teresa tenía lágrimas en los ojos.
—Pero desde hace semanas están sacando papeles. Su suegra viene cuando usted no está. El señor Santiago se mete al despacho con ese abogado.
—¿Qué abogado?
—El licenciado Cárdenas.
Conocía el nombre.
Arturo Cárdenas.
Abogado corporativo de la familia Altamirano.
Un hombre gris que llevaba veinte años arreglando problemas.
—¿Y la mujer?
Teresa bajó la mirada.
—Se llama Mariana.
—¿La conocías?
Asintió.
—La señora Renata la trae desde hace meses cuando usted viaja.
Me dolió más de lo que esperaba.
—¿Es hijo de Santiago?
Teresa tardó.
—Eso dicen.
—¿Cómo que “eso dicen”?
—La señora Renata sí lo cree.
—¿Y usted no?
Teresa me miró de una forma extraña.
—Hay cosas que escuché.
—Dímelas.
—No aquí.
Del pasillo llegó una voz.
—¿Teresa?
Santiago.
Nos quedamos inmóviles.
—¿Dónde estás?
Teresa señaló una puerta lateral.
—Salga por
el área de lavado.
—¿Y tú?
—Si me voy ahora, van a saber que usted estuvo aquí.
—No te voy a dejar.
—Señora, si la encuentran, no sé qué van a hacer.
La miré.
Esa mujer llevaba doce años trabajando en esa casa.
Había cuidado a Renata después de una operación.
Conocía todos los secretos.
Y estaba arriesgándose por mí.
Guardé los papeles dentro de mi chamarra.
—Ven conmigo.
Negó.
—Todavía no.
Se acercó.
—Primero vaya con alguien que no sea de esta familia.
Pensé.
No amigos.
No colegas de Santiago.
No mis suegros.
Entonces apareció un nombre.
**Lucía Serrano.**
Mi mejor amiga desde la universidad.
Abogada penalista.
La última persona a la que Santiago habría querido cerca.
---
Llegué a casa de Lucía a las nueve y cuarto.
Cuando abrió la puerta y me vio con maleta, mojada y pálida, dejó de hacer preguntas.
—Pasa.
Le enseñé el certificado.
La nota.
Las fotos que alcancé a tomar desde el jardín.
Lucía las revisó en silencio.
—¿Estos documentos estaban en tu casa?
—Sí.
—¿Y ellos creen que estás en Italia?
—Sí.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
Levantó el certificado.
—Porque ahorita nuestra mayor ventaja es que creen que no sabes nada.
Me senté.
—Lucía, hay un certificado de defunción con mi nombre.
—Lo sé.
—Con fecha de mañana.
—También lo sé.
—¿Por qué no estás entrando en pánico?
Me miró.
—Porque tú ya estás haciendo suficiente por las dos.
Tomó el celular.
—Vamos a documentar todo.
—¿Policía?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque un certificado falso no prueba por sí solo un intento de homicidio.
—¿Y la nota?
—Es grave. Pero quiero saber cuál es el plan completo antes de que ellos sepan que lo descubriste.
La miré.
—¿Quieres que finja que tomé el vuelo?
—Exactamente.
—¿Y si mañana de verdad intentan matarme?
Lucía señaló mi maleta.
—Para eso no vas a volver a esa casa.
Respiré.
—¿Y Teresa?
—La sacamos en cuanto podamos.
Lucía hizo una pausa.
—Ahora dime algo.
—¿Qué?
—¿De quién es legalmente la casa?
—De Santiago y mía.
—¿Mitad y mitad?
—No.
—¿Entonces?
Tragué saliva.
—La compró mi papá antes de morir.
Lucía levantó la vista.
—¿Tu papá?
—Me la dejó en un fideicomiso.
Se hizo un silencio largo.
—Valeria…
—¿Qué?
—¿Santiago sabe eso?
—Sí.
—¿Renata?
—También.
La expresión de Lucía cambió.
—Entonces no están intentando quitarte una casa matrimonial.
—¿Qué están intentando?
—Quitarle una propiedad heredada a la única persona que puede impedirlo.
Sentí frío.
—Yo.
—Tú.
---
A la mañana siguiente empezamos a revisar todo.
El fideicomiso.
Mis escrituras.
Los estatutos de la empresa Altamirano.
Las pólizas de seguro.
Fue en esas pólizas donde encontramos algo.
Una cobertura de vida por ocho millones de dólares.
A mi nombre.
Beneficiario:
**Santiago Altamirano.**
—Yo no contraté eso —dije.
Lucía revisó la fecha.
—Hace dieciocho meses.
—Imposible.
—Firma electrónica.
—Falsa.
—Seguro.
Había otra póliza.
Menor.
Dos millones.
Beneficiaria:
**Renata Altamirano.**
Se me helaron las manos.
—¿Por qué mi suegra?
Lucía siguió leyendo.
—Hay una estructura de protección empresarial.
—Explícame.
—Si tú mueres, tus acciones pasan temporalmente a Santiago. Y ciertos derechos patrimoniales quedan bajo administración de Renata.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para controlar la empresa.
Me quedé en silencio.
Ya no era sólo la casa.
Ni siquiera la amante.
**Era un golpe patrimonial completo.**
Y mi muerte lo resolvía todo.
Lucía cerró la carpeta.
—Necesitamos saber qué accidente planean.
Recordé la nota.
*La segunda llave del Mercedes.*
Mi coche.
Un Mercedes negro que Santiago me había regalado en nuestro cuarto aniversario.
Lucía llamó a un perito mecánico de confianza.
Le expliqué dónde estaba el coche.
—¿Podemos revisarlo sin entrar a la casa?
—Si está en el garaje, complicado.
Entonces Teresa llamó.
Contesté.
—¿Está bien?
—Sí.
Su voz era apenas un susurro.
—Van a sacar el coche en una hora.
Lucía y yo nos miramos.
—¿Quién?
—El chofer.
—¿Para qué?
—El señor dijo que necesita llevarlo al taller.
—Teresa, sal de ahí.
—Todavía no.
—Por favor.
—Escuche.
Se quedó callada un momento.
Luego dijo:
—Anoche escuché al licenciado.
Mi corazón aceleró.
—¿Qué dijo?
—Que el coche tenía que quedar “listo” antes de mañana en la noche.
—¿Listo para qué?
—No sé.
Después añadió:
—También dijo que el certificado no se registra hasta confirmar “la caída”.
Lucía cerró los ojos.
Caída.
No choque.
Caída.
—¿Dónde manejas normalmente con ese coche? —preguntó.
Pensé.
—Desierto de los Leones.
—¿Algo más?
—La carretera a Toluca.
Lucía se quedó quieta.
—Barrancas.
Entendí.
---
Seguimos el coche.
Un investigador privado contratado por Lucía lo siguió hasta un taller en Naucalpan.
No era concesionario.
No era un taller conocido.
Era una nave industrial pequeña.
El Mercedes entró.
Salió dos horas después.
El investigador tomó fotografías.
También obtuvo el nombre del dueño.
Héctor Salgado.
Buscamos.
Había trabajado años como mecánico de vehículos de competición.
Después desapareció de registros empresariales.
—No me gusta nada —dijo Lucía.
Al día siguiente conseguimos orden para revisar el coche, con apoyo de fiscalía, sin revelar todavía toda la operación.
Lo que encontraron fue simple.
Y aterrador.
Una modificación en la línea hidráulica de frenos.
No suficiente para que fallaran de inmediato.
Suficiente para que, después de varios frenados fuertes, la presión cayera.
—¿Eso puede parecer accidente?
El perito asintió.
—Perfectamente.
Lucía me miró.
—Ya tenemos intento.
La fiscalía actuó.
Pero yo pedí algo.
—Todavía no los detengan.
Lucía frunció el ceño.
—Valeria.
—Necesito saber quién más está metido.
—Ya tenemos suficiente.
—No.
Pensé en Teresa.
En la embarazada.
En Renata brindando.
En Santiago sonriendo.
—No quiero sólo atraparlos haciendo una parte.
—¿Qué quieres?
—Quiero que digan en voz alta por qué.
Capítulo completado
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